¡Vive Pentecostés! Inspírate para la venida del Espíritu Santo

¡Vive Pentecostés! Inspírate para la venida del Espíritu Santo

El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos guía por el justo camino, a través de las situaciones de la vida. Él nos enseña el camino, el sendero. En los primeros tiempos de la Iglesia, al cristianismo se le llamaba «el camino» (cf. Hch 9, 2), y Jesús mismo es el camino. El Espíritu Santo nos enseña a seguirlo, a caminar siguiendo sus huellas. Más que un maestro de doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de vida. Y de la vida forma parte ciertamente también el saber, el conocer, pero dentro del horizonte más amplio y armónico de la existencia cristiana.

Santo Padre Francisco

Homilía del domingo, 8 de junio de 2014

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Ven, Espíritu Santo,

Llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos

el fuego de tu amor.

Envía, Señor, tu Espíritu.

Que renueve la faz de la Tierra.


Oh Dios,

que llenaste los corazones de tus

fieles con la luz del Espíritu

Santo; concédenos que,

guiados por el mismo Espíritu,

sintamos con rectitud y

gocemos siempre de tu consuelo.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

Amén.

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Pentecostés (vídeo inspiracional)

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Ven Espíritu – Pentecostés (canción)

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Ven Espíritu – Pentecostés es nuestro (canción)

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Eu navegare – Pentecostés (canción en portugués)

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Vem Espíritu Santo (canción en portugués)

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Ven Espíritu – Pentecostés (canción)

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Veni Creator Spíritus

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Invocación al Espíritu Santo (del álbum Pentecostés es nuestro)

Invocación al Espíritu Santo (del álbum Pentecostés es nuestro)

[…] los discípulos «regresaron a Jerusalén llenos de alegría. El don que Jesús les había dado —explicó el Papa— no era una cierta nostalgia», sino «alegría», que llena desde dentro, que es «como una unción del Espíritu», que «se encuentra en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre». La alegría es una virtud de los grandes, «de aquellos grandes que —precisó el Santo Padre— están por encima de las mezquindades, de las pequeñeces humanas, que no se involucran en las pequeñas cosas internas de la comunidad, de la Iglesia; miran siempre hacia el horizonte». Y la alegría es una virtud del camino. «San Agustín decía: ¡Canta y camina!», recordó el Papa. «El cristiano canta con alegría y camina, y lleva esta alegría», aunque «se encuentra también algunas veces escondida en la cruz»; «pero canta y camina», «sabe alabar a Dios como los apóstoles después de la Ascensión de Jesús».

Santo Padre Francisco: Canta y camina

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Invocación al Espíritu Santo – Audiovisual en Youtube

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Invocación al Espíritu Santo – Letra

Ven Espíritu a nuestras almas

infúndenos tu don

Ven Espíritu ven pronto

sana con tu fuego y tu verdad

ven a derramar tus dones

santifícanos

ven a liberar del sueño

guíanos en nuestra oscuridad

Pentecostés es nuestro

Pentecostés es hoy

es tiempo de anunciar, tu vida

Ven Espíritu a nuestras almas

infúndenos tu don

ven Espíritu ven pronto

que necesitamos tu calor

Pentecostés es nuestro

Pentecostés es hoy

es tiempo de anunciar, tu vida

Pentecostés es hoy

es tiempo de anunciar tu vida

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Invocación al Espíritu Santo – Acordes

Puedes ver los acordes de la canción (y puedes comprar la partitura a un precio muy razonable) en el portal web chordify.net.

Invocación al Espíritu Santo - Acordes

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Un corazón convertido en nido (cuento para Pentecostés)

Un corazón convertido en nido (cuento para Pentecostés)

Anoche soñé que estaba en el campo, jugando con mis primos a elevar volantines y a trepar por todos lados. Agotados de tanto correr y brincar, nos tendimos sobre el pasto verde y nos pusimos a observar los pájaros que volaban sobre nuestras cabezas. De repente sentí que mi corazón que latía muy rápido se transformaba en un nido, en un nido tibio, suave y mullido. «Mi corazón se quedó quieto, muy quieto» exclamaba yo sorprendido. «Mi corazón se quedó quieto, paró de latir y se convirtió en un nido; tiene forma de nido, tiene color de nido, tiene tamaño de nido y está esperando a que un pajarito venga a vivir en él».

¿Era yo un árbol acaso? ¿Era yo un niño? ¿Por qué en vez de corazón tenía yo un nido? En ese momento me asusté mucho porque yo quería seguir siendo niño, no árbol. Estaba a punto de llorar cuando de repente sentí que a mi nido llegaba una palomita blanca, blanca como la nieve y muy linda.

«¿De dónde vienes tú?»  le pregunté todavía un poco asustado. Y curiosamente la paloma me respondió con una voz muy suave y amable:

«Vengo del cielo a vivir contigo, siempre que tú me invites a quedarme en tu corazón». Y yo, muy afligido y confundido le contesté:

«Es que ahora en vez de corazón, tengo un nido». Pareció que no le importaba mucho lo que le dije.

Y continué:  «En realidad, pensándolo bien para ti que eres un pájaro resulta mejor un nido que un corazón ¿verdad?».

«La verdad es que para mí resulta bien un corazón o un nido. La cosa es que aceptes que yo me instale a vivir contigo», me contestó la paloma.

«Por supuesto que me gustaría que te quedaras conmigo para siempre, serías mi amiga y mi compañera, irías conmigo a todas partes, podríamos conversar en cualquier momento. Como vienes del cielo me aconsejarías cómo hacer las cosas bien y yo me podría convertir en un niño alegre, servicial, cariñoso, obediente, solidario y amableMis papás y mis profes estarían contentos conmigo y yo más contento con ellos».

«A todo esto no te he dicho mi nombre. Me llamo Felipe y tú ¿tienes nombre?» le pregunté curioso.

«Yo soy el Espíritu Santo, enviado por el Padre y tu amigo Jesús para que viviendo conmigo no te olvides jamás de ellos».

En ese mismo momento desperté bruscamente y recordé la clase de ese día en que la tía nos había hablado de Pentecostés. No lo puedo explicar pero luego de despertar sentí una alegría inmensa y una paz increíble en mi corazón. Me sentía un niño bueno, bueno y feliz

¿Será que el Espíritu Santo nos transforma por dentro y nos hace ser buenas personas?

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Artículo original en iglesia.cl. Todos los derechos pertenecen a su autora y al portal web iglesia.cl.

Pentecostés (dinámica completa para niños)

Pentecostés (dinámica completa para niños)

¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.

Que sepa, con el don del Entendimiento, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.

Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.

Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.

Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.

Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.

Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.

Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor. Amén.

Oración al Espíritu Santo para pedir sus dones

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Jesús nos invita a recibir al Espíritu Santo


Objetivo específico de la dinámica

Comprender que el amor de Dios no tiene límites, nos envió al Espíritu Santo para que sea nuestra fuerza y ayuda constante.


Ambientación

Con una cartulina, crear un cartel con el siguiente dibujo (al que podéis acceder para su impresión pulsando sobre el enlace o sobre la imagen):

Dones del Espíritu Santo

1.- Saludo

Queridos niños: Jesús nos regala su paz que produce siempre alegría y nos promete su ayuda con la presencia del Espíritu Santo. Verdaderamente, el amor de Jesús no tiene comparación.


2.- Oración

(Catequista) Vamos a repetir todos, dos estrofas de un Himno muy antiguo de la Iglesia:

Ven, Espíritu divino,

manda tu luz desde el cielo,

Padre amoroso del pobre,

don, en tus dones espléndido,

luz que penetra las almas,

fuente del mayor consuelo.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito,

salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Amén.


3.- Revisión de compromiso

El catequista revisa con los niños el compromiso que hayan adoptado en catequesis anteriores y realiza breves comentarios y algunas preguntas sobre el tema.


4.- Actividad

A cada niño se le entrega una lámina con uno de los dones del Espíritu Santo: SABIDURÍA, ENTENDIMIENTO, CONSEJO, CIENCIA, PIEDAD, TEMOR DE DIOS, FORTALEZA. Cada niño deberá colorear la lámina como guste y cuando termine, entregará el dibujo al catequista.

Podéis acceder a las láminas para imprimir pulsando sobre los títulos o sobre las imágenes. 

Sabiduría Entendimiento Consejo Ciencia
Don de la Sabiduría Don del Entendimiento Don del Consejo Don de la Ciencia


Piedad Temor de Dios Fortaleza
Don de la Piedad Don del Temor de Dios Don de la Fortaleza



5.- Vamos a escuchar a Jesús

Se invita a los niños a escuchar el mensaje de la Palabra de Dios en Juan 20, 19-23.

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar».

Jn 20, 19-23


6.- Diálogo con el catequista

– ¿Cuál es el saludo de Jesús resucitado?

– Jesús, después de saludar, ¿a quién dice que recibamos?

– ¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?


7.- Reflexión del catequista

Jesús dice a los discípulos que reciban al Espíritu Santo, después de saludarlos deseándoles la paz. El Espíritu Santo es una nueva presencia de Jesús en medio de su Iglesia, en medio de nosotros. Él es quien nos da ánimos y fortaleza ante las dificultades, ante las tentaciones. Él nos ayuda a buscar a Dios como lo más importante en nuestras vidas. Él nos une en comunidad haciéndonos superar las enemistades, las envidias, las categorías entre unos y otros. Él nos ilumina para entender la Palabra de Dios y comprender los porqués de los acontecimientos en nuestra vida y en la de los demás. Él nos da sus dones y nos regala sus frutos: paz, alegría, amor, paciencia, bondad, comprensión, castidad, fidelidad, mansedumbre…


8.- Celebración

Colocados de pie y formando un círculo, el catequista explica que el Espíritu Santo nos enseña también a compartir y que, por eso, entregará a cada niño un don que no es el suyo (se les da a los niños una lámina diferente a la que pintaron); así nos daremos cuenta que hemos recibido un don, el don que el Espíritu Santo ha querido. Teniendo cada niña la lámina en sus manos, daremos las gracias por el DON recibido.


9.- Compromiso

– Colocar «mi DON» en lugar visible de mi habitación.

– Dar las gracias al Espíritu Santo por todo su amor en la oración antes de acostarme.

– Hacer alguna tarjeta o algunas tarjetas en que se diga, (por ejemplo: El Espíritu Santo te ayuda) para dársela a algún compañero que está triste o a otra persona a quien creemos le puede hacer bien nuestro mensaje.

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Hemos realizado una adaptación de la dinámica original que crearon sus autores de Infancia Misionera. Podéis ver la dinámica original en el portal web de Mercaba: Pentecostés para niños.


Pentecostés – Catequesis del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Pentecostés – Catequesis del Santo Padre emérito Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra celebrar con vosotros esta santa misa, animada hoy también por el coro de la Academia de Santa Cecilia y por la orquesta juvenil —a la que doy las gracias— en la solemnidad de Pentecostés. Este misterio constituye el bautismo de la Iglesia; es un acontecimiento que le dio, por decirlo así, la forma inicial y el impulso para su misión. Y esta «forma» y este «impulso» siempre son válidos, siempre son actuales, y se renuevan de modo especial mediante las acciones litúrgicas. Esta mañana quiero reflexionar sobre un aspecto esencial del misterio de Pentecostés, que en nuestros días conserva toda su importancia. Pentecostés es la fiesta de la unión, de la comprensión y de la comunión humana. Todos podemos constatar cómo en nuestro mundo, aunque estemos cada vez más cercanos los unos a los otros gracias al desarrollo de los medios de comunicación, y las distancias geográficas parecen desaparecer, la comprensión y la comunión entre las personas a menudo es superficial y difícil. Persisten desequilibrios que con frecuencia llevan a conflictos; el diálogo entre las generaciones es cada vez más complicado y a veces prevalece la contraposición; asistimos a sucesos diarios en los que nos parece que los hombres se están volviendo más agresivos y huraños; comprenderse parece demasiado arduo y se prefiere buscar el propio yo, los propios intereses. En esta situación, ¿podemos verdaderamente encontrar y vivir la unidad que tanto necesitamos?

La narración de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles, que hemos escuchado en la primera lectura (cf. Hch 2, 1-11), contiene en el fondo uno de los grandes cuadros que encontramos al inicio del Antiguo Testamento: la antigua historia de la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11, 1-9). Pero, ¿qué es Babel? Es la descripción de un reino en el que los hombres alcanzaron tanto poder que pensaron que ya no necesitaban hacer referencia a un Dios lejano, y que eran tan fuertes que podían construir por sí mismos un camino que llevara al cielo para abrir sus puertas y ocupar el lugar de Dios. Pero precisamente en esta situación sucede algo extraño y singular. Mientras los hombres estaban trabajando juntos para construir la torre, improvisamente se dieron cuenta de que estaban construyendo unos contra otros. Mientras intentaban ser como Dios, corrían el peligro de ya no ser ni siquiera hombres, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas: la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos.

Este relato bíblico contiene una verdad perenne; lo podemos ver a lo largo de la historia, y también en nuestro mundo. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de manipular los elementos, de fabricar seres vivos, llegando casi al ser humano mismo. En esta situación, orar a Dios parece algo superado, inútil, porque nosotros mismos podemos construir y realizar todo lo que queremos. Pero no caemos en la cuenta de que estamos reviviendo la misma experiencia de Babel. Es verdad que hemos multiplicado las posibilidades de comunicar, de tener informaciones, de transmitir noticias, pero ¿podemos decir que ha crecido la capacidad de entendernos o quizá, paradójicamente, cada vez nos entendemos menos? ¿No parece insinuarse entre los hombres un sentido de desconfianza, de sospecha, de temor recíproco, hasta llegar a ser peligrosos los unos para los otros? Volvemos, por tanto, a la pregunta inicial: ¿puede haber verdaderamente unidad, concordia? Y ¿cómo?

Encontramos la respuesta en la Sagrada Escritura: sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar. Esto es lo que sucedió en Pentecostés. Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión.

Pero veamos el Evangelio de hoy, en el que Jesús afirma: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena» (Jn 16, 13). Aquí Jesús, hablando del Espíritu Santo, nos explica qué es la Iglesia y cómo debe vivir para ser lo que debe ser, para ser el lugar de la unidad y de la comunión en la Verdad; nos dice que actuar como cristianos significa no estar encerrados en el propio «yo», sino orientarse hacia el todo; significa acoger en nosotros mismos a toda la Iglesia o, mejor dicho, dejar interiormente que ella nos acoja. Entonces, cuando yo hablo, pienso y actúo como cristiano, no lo hago encerrándome en mi yo, sino que lo hago siempre en el todo y a partir del todo: así el Espíritu Santo, Espíritu de unidad y de verdad, puede seguir resonando en el corazón y en la mente de los hombres, impulsándolos a encontrarse y a aceptarse mutuamente. El Espíritu, precisamente por el hecho de que actúa así, nos introduce en toda la verdad, que es Jesús; nos guía a profundizar en ella, a comprenderla: nosotros no crecemos en el conocimiento encerrándonos en nuestro yo, sino sólo volviéndonos capaces de escuchar y de compartir, sólo en el «nosotros» de la Iglesia, con una actitud de profunda humildad interior. Así resulta más claro por qué Babel es Babel y Pentecostés es Pentecostés. Donde los hombres quieren ocupar el lugar de Dios, sólo pueden ponerse los unos contra los otros. En cambio, donde se sitúan en la verdad del Señor, se abren a la acción de su Espíritu, que los sostiene y los une.

La contraposición entre Babel y Pentecostés aparece también en la segunda lectura, donde el Apóstol dice: «Caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne» (Ga 5, 16). San Pablo nos explica que nuestra vida personal está marcada por un conflicto interior, por una división, entre los impulsos que provienen de la carne y los que proceden del Espíritu; y nosotros no podemos seguirlos todos. Efectivamente, no podemos ser al mismo tiempo egoístas y generosos, seguir la tendencia a dominar sobre los demás y experimentar la alegría del servicio desinteresado. Siempre debemos elegir cuál impulso seguir y sólo lo podemos hacer de modo auténtico con la ayuda del Espíritu de Cristo. San Pablo —como hemos escuchado— enumera las obras de la carne: son los pecados de egoísmo y de violencia, como enemistad, discordia, celos, disensiones; son pensamientos y acciones que no permiten vivir de modo verdaderamente humano y cristiano, en el amor. Es una dirección que lleva a perder la propia vida. En cambio, el Espíritu Santo nos guía hacia las alturas de Dios, para que podamos vivir ya en esta tierra el germen de una vida divina que está en nosotros. De hecho, san Pablo afirma: «El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz» (Ga 5, 22). Notemos cómo el Apóstol usa el plural para describir las obras de la carne, que provocan la dispersión del ser humano, mientras que usa el singular para definir la acción del Espíritu; habla de «fruto», precisamente como a la dispersión de Babel se opone la unidad de Pentecostés.

Queridos amigos, debemos vivir según el Espíritu de unidad y de verdad, y por esto debemos pedir al Espíritu que nos ilumine y nos guíe a vencer la fascinación de seguir nuestras verdades, y a acoger la verdad de Cristo transmitida en la Iglesia. El relato de Pentecostés en el Evangelio de san Lucas nos dice que Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!». Amén.

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Santo Padre emérito Benedicto XVI

Solemnidad de Pentecostés

Homilía el día del domingo, 27 de mayo de 2012


Colorea Pentecostés

Colorea Pentecostés

Con motivo de la solemnidad de Pentecostés, os ofrecemos las siguientes láminas para que los niños de la familia se diviertan coloreando la venida del Espíritu Santo.

Podéis acceder a las láminas en tamaño real pulsando sobre los títulos de cada imagen.


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Colorea Pentecostés

Pentecostés – Lámina 1

Pentecostés Lámina 2

Pentecostés - Lámina 1 Pentecostés - Lámina 2

Pentecostés – Lámina 3

Pentecostés – Lámina 4

Pentecostés - Lámina 3 Pentecostés - Lámina 4

Pentecostés – Lámina 5

Pentecostés – Lámina 6

Pentecostés - Lámina 5 Pentecostés - Lámina 6

Pentecostés – Lámina 7

Pentecostés – Lámina 8

Pentecostés - Lámina 7 Pentecostés - Lámina 8


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Sobre la Fiesta de Pentecostés

Sobre la Fiesta de Pentecostés

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerta ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse».

Hechos de los Apóstoles. Hch 2, 1-3

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Oración al Espíritu Santo

Ven Espíritu Santo,

llena los corazones de tus fieles

y enciende en ellos el fuego de tu amor;

envía Señor tu Espíritu Creador

y se renovará la faz de la tierra.

Oh Dios,

que quisiste ilustrar los corazones de tus fieles

con la luz del Espíritu Santo,

concédenos que, guiados por este mismo Espíritu,

obremos rectamente

y gocemos de tu consuelo.

Por Jesucristo, nuestro Señor

Amén.


Origen de la fiesta

Los judíos celebraban una fiesta para dar gracias por las cosechas, 50 días después de la pascua. De ahí viene el nombre de «Pentecostés». Luego, el sentido de la celebración cambió por el dar gracias por la Ley entregada a Moisés.

En esta fiesta recordaban el día en que Moisés subió al Monte Sinaí y recibió las tablas de la Ley y le enseñó al pueblo de Israel lo que Dios quería de ellos. Celebraban así, la alianza del Antiguo Testamento que el pueblo estableció con Dios: ellos se comprometieron a vivir según sus mandamientos y Dios se comprometió a estar con ellos siempre.

La gente venía de muchos lugares al Templo de Jerusalén, a celebrar la fiesta de Pentecostés.

En el marco de esta fiesta judía es donde surge nuestra fiesta cristiana de Pentecostés.

La Promesa del Espíritu Santo

Durante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: «Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad» (Jn 14, 16-17).

Más adelante les dice: «Les he dicho estas cosas mientras estoy con ustedes; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése les enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho» (Jn 14, 25-26).

Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: «Les conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado,… muchas cosas tengo todavía que decirles, pero no se las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa,… y os comunicará las cosas que están por venir» (Jn 16, 7-14).

En el calendario del Año Litúrgico, después de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la fiesta de Pentecostés.


Explicación de la fiesta

Después de la Ascensión de Jesús, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos.

Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas.

En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban.

Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Es este día cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.


¿Quién es el Espírtu Santo?

El Espíritu Santo es Dios, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es el amor que existe entre el Padre y el Hijo. Este amor es tan grande y tan perfecto que forma una tercera persona. El Espíritu Santo llena nuestras almas en el Bautismo y después, de manera perfecta, en la Confirmación. Con el amor divino de Dios dentro de nosotros, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús.


Señales del Espíritu Santo: El viento, el fuego, la paloma

Estos símbolos nos revelan los poderes que el Espíritu Santo nos da: El viento es una fuerza invisible pero real. Así es el Espíritu Santo. El fuego es un elemento que limpia. Por ejemplo, se prende fuego al terreno para quitarle las malas hierbas y poder sembrar buenas semillas. En los laboratorios médicos para purificar a los instrumentos se les prende fuego.

El Espíritu Santo es una fuerza invisible y poderosa que habita en nosotros y nos purifica de nuestro egoísmo para dejar paso al amor.


Nombres del Espíritu Santo

El Espíritu Santo ha recibido varios nombres a lo largo del nuevo Testamento: el Espíritu de verdad, el Abogado, el Paráclito, el Consolador, el Santificador.


Misión del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es santificador: Para que el Espíritu Santo logre cumplir con su función, necesitamos entregarnos totalmente a Él y dejarnos conducir dócilmente por sus inspiraciones para que pueda perfeccionarnos y crecer todos los días en la santidad.

El Espíritu Santo mora en nosotros: En Jn 14, 16, encontramos la siguiente frase: «Yo rogaré al Padre y les dará otro abogado que estará con ustedes para siempre». También, en I Co 3, 16 dice: «¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?». Es por esta razón que debemos respetar nuestro cuerpo y nuestra alma. Está en nosotros para obrar porque es «dador de vida» y es el amor. Esta aceptación está condicionada a nuestra aceptación y libre colaboración. Si nos entregamos a su acción amorosa y santificadora, hará maravillas en nosotros.

El Espíritu Santo ora en nosotros: Necesitamos de un gran silencio interior y de una profunda pobreza espiritual para pedir que ore en nosotros el Espíritu Santo. Dejar que Dios ore en nosotros siendo dóciles al Espíritu. Dios interviene para bien de los que le aman.

El Espíritu Santo nos lleva a la verdad plena, nos fortalece para que podamos ser testigos del Señor, nos muestra la maravillosa riqueza del mensaje cristiano, nos llena de amor, de paz, de gozo, de fe y de creciente esperanza.


El Espíritu Santo y la Iglesia

Desde la fundación de la Iglesia el día de Pentecostés, el Espíritu Santo es quien la construye, anima y santifica, le da vida y unidad y la enriquece con sus dones.

El Espíritu Santo sigue trabajando en la Iglesia de muchas maneras distintas, inspirando, motivando e impulsando a los cristianos, en forma individual o como Iglesia entera, al proclamar la Buena Nueva de Jesús.

Por ejemplo, puede inspirar al Papa a dar un mensaje importante a la humanidad; inspirar al obispo de una diócesis para promover un apostolado; etc.

El Espíritu Santo asiste especialmente al representante de Cristo en la Tierra, el Papa, para que guíe rectamente a la Iglesia y cumpla su labor de pastor del rebaño de Jesucristo.

El Espíritu Santo construye, santifica y da vida y unidad a la Iglesia.

El Espíritu Santo tiene el poder de animarnos y santificarnos y lograr en nosotros actos que, por nosotros, no realizaríamos. Esto lo hace a través de sus siete dones.


Los siete dones del Espíritu Santo

Estos dones son regalos de Dios y sólo con nuestro esfuerzo no podemos hacer que crezcan o se desarrollen. Necesitan de la acción directa del Espíritu Santo para poder actuar con ellos.

Sabiduría: Nos permite entender, experimentar y saborear las cosas divinas, para poder juzgarlas rectamente.

Entendimiento: Por él, nuestra inteligencia se hace apta para entender intuitivamente las verdades reveladas y las naturales de acuerdo al fin sobrenatural que tienen. Nos ayuda a entender el por qué de las cosas que nos manda Dios.

Ciencia: Hace capaz a nuestra inteligencia de juzgar rectamente las cosas creadas de acuerdo con su fin sobrenatural. Nos ayuda a pensar bien y a entender con fe las cosas del mundo.

Consejo: Permite que el alma intuya rectamente lo que debe de hacer en una circunstancia determinada. Nos ayuda a ser buenos consejeros de los demás, guiándolos por el camino del bien.

Fortaleza: Fortalece al alma para practicar toda clase de virtudes heroicas con invencible confianza en superar los mayores peligros o dificultades que puedan surgir. Nos ayuda a no caer en las tentaciones que nos ponga el demonio.

Piedad: Es un regalo que le da Dios al alma para ayudarle a amar a Dios como Padre y a los hombres como hermanos, ayudándolos y respetándolos.

Temor de Dios: Le da al alma la docilidad para apartarse del pecado por temor a disgustar a Dios que es su supremo bien. Nos ayuda a respetar a Dios, a darle su lugar como la persona más importante y buena del mundo, a nunca decir nada contra Él.

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Fuente original: rosario.org