Estando un día de pastorcita en Bartrès, recibió la visita de su padre. Este encontró que la niña estaba un poco triste.
—¿Qué te ha disgustado, Bernardita?
—Mire, padre; mis corderos llevan una marca verde en el lomo.
Su padre quiso gastarle una broma. Y con toda seriedad le dijo:
—Si tienen el lomo verde, es que han comido demasiada hierba.
En realidad se trataba de la marca de un ganadero que, sin saberlo la pastorcilla, había pasado por el aprisco.
—Entonces, ¿pueden morirse?.
—Es muy posible.
Bernardita se echó a llorar, y su padre, secándole las lágrimas, le aclaró la verdad.
Días después, ella contaba esta historia a una compañera suya.
—Pues ¡ya hace falta ser tonta para creer una cosa así!
—¡Qué quieres! Yo no he mentido jamás y por eso no podía suponer que lo que me decía mi padre no fuese la verdad.
«Yo no he mentido jamás». Esto decía la niña, y esto hubo de repetir muchísimas veces a lo largo de su vida. Y esto, sobre todo, quedó bien claro a través de los detalles más insignificantes de esa misma vida suya. Mil ojos escrutadores, mil oídos atentos estuvieron pendientes de ella, para tratar de sorprenderla en una contradicción, en una exageración, simplemente en una vacilación. Y no lo lograron. Todos, prevenidos a favor o en contra, amigos o enemigos, creyentes o incrédulos, se sintieron subyugados por la transparente sinceridad, por el absoluto candor de la niña.
Coinciden todos, y piense el lector que son centenares los relatos que poseemos, en que su presencia era más bien vulgar. De estatura menuda, de movimientos concertados, pero nunca elegantes; de rostro sin ninguna característica especial, había, sin embargo, algo en ella que sobrecogía, y era su mirada. Todos a una proclaman que la Santísima Virgen parecía haber dejado en aquellos ojos un reflejo de su hermosura celestial. Porque Bernardita Soubirous, la pobre aldeana de un insignificante pueblecillo de los Pirineos…, había visto a la Virgen.
En verdad que nadie se lo hubiera sospechado. ¿Quién de los que intervinieron en aquel modestísimo bautizo de la hija mayor de un pobre molinero hubiera podido pensar que iba a llegar un día en que transformados ellos en personajes se buscarían con afán hasta los más mínimos detalles de sus propias vidas? Y, sin embargo, ha sido así. Al terminar el centenario de las apariciones de Lourdes nos encontramos con que este acontecimiento ha sido estudiado como acaso ningún otro a lo largo de la historia. Una masa ingente de documentos, de declaraciones, de fotografías, ha sido dada a conocer a todo el mundo. Compañeros, amigas, parientes o confidentes de Bernardita, el guardia campestre, los gendarmes, las mujercitas de Lourdes, los sabios y los doctos, los hermanos de la escuela, los curas… todos han dicho su palabra. Y del conjunto impresionante de testimonios de primera mano surge siempre, con sobrenatural pureza y transparencia, la figura de Santa Bernardita, llena de sinceridad, poseedora de un perfecto equilibrio moral y psicológico sin sombra alguna de amor propio, sin vanidad ninguna, con su buen sentido y su atrayente buen humor. Ni sombra de una iluminada, de una maniática o de una novelera. Simplemente: la auténtica santidad de un alma humilde y entregada a Dios.
Pero todo esto lo vemos después. Lo que las buenas gentes que se encontraban en la plaza de Lourdes vieron en 9 de enero de 1844 fue sencillamente un insignificante cortejo que salía de la iglesia parroquial llevando a una niña que acababa de ser bautizada. Curiosa coincidencia: aquel día se cumplía exactamente el año de la boda de sus padres. Hoy ya no existe la vieja parroquia románica, que ha cedido su lugar a la amplia plaza y al monumento a los muertos. Pero la pila bautismal subsiste aún en el baptisterio de la nueva parroquia.
Todavía los tiempos son relativamente propicios a la familia Soubirous. Sin que se pueda decir que vive en la prosperidad, se va defendiendo. Rápidamente el cuadro cambiará muchísimo. La miseria se irá haciendo creciente y han de abandonar el molino de Boly por el de Laborde, y después por el de Arcizac. Las cosas van de mal en peor y en casa de los Soubirous se llega a pasar hambre auténtica. Sobre todo cuando, agotadas ya las últimas posibilidades, el padre tiene que abandonar el oficio de molinero y la pobre familia ha de acogerse a una vieja mazmorra, que da a un patio convertido en estercolero, llena de humedad, y que ha de ser la única habitación de la que se dispone para todo. Para colmo, Bernardita es perseguida desde el primer momento de su existencia por un mal implacable: el asma.
Todavía hoy los peregrinos visitan en Lourdes, sobrecogidos, la mazmorra en que la Santa pasó sus primeros años. Y viéndola, con lágrimas en los ojos, recuerda necesariamente que Dios Nuestro Señor eligió las cosas que el mundo desprecia, como dice San Pablo, para confundir a los que son o se tienen por algo.
No toda su niñez pasó allí. Primero siendo muy pequeñita, y, después ya algo mayor, Bernardita marchó a pasar una temporada al vecino pueblecito de Bartrès. Así como Lourdes ha cambiado casi totalmente de su fisonomía, y a duras penas podemos recordar lo que era en tiempos de Santa Bernardita, Bartrès presenta hoy el mismo aspecto sedante, placentero y bucólico que en sus tiempos. Es una aldea sosegada y sencilla a la que Bernardita va para servir como humilde criadita, mas frecuentemente como pastora, en casa de unos parientes. Allí inicia su durísimo aprendizaje catequístico. Incapaz de aprender con las demás niñas en la parroquia, pues no sabe leer ni escribir, ha de buscar una persona amiga, la señora Lagües, que le dé lecciones de catecismo. «Muchas veces la lección duraba de siete a nueve, sin lograr que la niña recordase ni una sola letra del libro. Bernardita lloraba muchas veces al ver que daba tanto trabajo», nos dirá el padre Ader en su declaración en el proceso apostólico. Juana María Garros, una de sus más fieles amigas, recordará con qué desesperación la pobre catequista tiraba a veces el catecismo diciendo: «¡Nunca sabrás nada!». Y con qué pena la niña se le echaba al cuello llorando, pidiéndole que la perdonase.
Bernardita quería hacer la primera comunión. Aquella situación era insostenible. Y por eso, aunque le costara dejar el aire puro de Bartrès, y cambiarlo por la sórdida mazmorra de Lourdes, un jueves, el 28 de enero de 1858, dejaba el pueblecito para volver a Lourdes.
«A los catorce años, nos dice uno de los testigos que declaró en el proceso apostólico de Nevers, no sabía leer ni escribir, ni conocía la lengua francesa; ignoraba el catecismo, y ella misma se consideraba como la última entre las niñas de su edad». Y, sin embargo, contra todo lo que humanamente se podía esperar, ella había sido la designada para ser objeto de una gracia excepcional.
Habían pasado quince días exactamente. Amaneció el jueves 11 de febrero de 1858. La niña, que había iniciado en estos días su preparación para la primera comunión, acudiendo a la escuela de las hermanas, disponía aquel día de su tiempo, pues, por ser jueves, tenía vacación.
Y ocurrió el acontecimiento que el mundo entero conoce ya. Pocos minutos antes de las once, la madre se disponía a salir. Al ir a cerrar la puerta observó que por un pasadizo cercano aparecía Juana Abadie, una niña de doce años, que estudiaba en la misma clase que Toneta, la hermana de Bernardita, ligeramente más joven que ella. Juana propuso a la madre de las dos niñas que les permitiera ir con ella a coger leña al bosque, Pero Bernardita estaba un poco resfriada, lo que no era de extrañar con tiempo tan frío y en una casa tan destartalada. Con todo, la madre accedió. Y las niñas salieron en dirección al bosque.
No había llegado a él y una mujercita que estaba lavando les aconsejó cambiar de dirección. Era muy fácil que, dirigiéndose hacia Massabielle, encontraran lo que deseaban con mayor facilidad y abundancia. Dicho y hecho. Las niñas se desviaron y se acercaron a lo que hoy es la explanada de la gruta, Pero para llegar a la gruta misma era necesario atravesar, entre dos bancos de arena, el lecho del canal. Toneta y Juana tiraron los zuecos, se metieron en el agua helada y pasaron a la otra orilla. Al poco tiempo perdían de vista a Bernardita. En el campanario de la iglesia sonaron las doce campanadas del mediodía, e inmediatamente después el «angelus» puso en oración a todo el pueblo. Bernardita, que se ha quedado sola, se decide a descalzarse. Y en ese momento se abre la serie de maravillas. Oigamos su relato, tal cual salió de aquellos labios que jamás quisieron mentir:
«Casi no había llegado a quitarme una media cuando oí un rumor de viento, como cuando se acerca una tempestad. Me volví para mirar por todas partes de la pradera y vi que los árboles casi no se movían. Vislumbré, pero sin detener la vista, una agitación en las ramas y en las zarzas de la parte de la gruta.
Seguí descalzándome y, cuando me disponía a meter un pie en el agua, oí el mismo ruido ante mí. Levanté los ojos y vi un montón de ramas y zarzas que iban y venían, agitadas, por debajo de la boca más alta de la gruta, mientras nada se movía alrededor.
Detrás de las ramas, dentro de la abertura, vi enseguida a una joven toda blanca, no más alta que yo, que me saludó con una ligera inclinación de cabeza, al tiempo que apartaba un poco del cuerpo los brazos extendidos, abriendo las manos como las Santas Vírgenes. De su brazo derecho colgaba un rosario.
Tuve miedo y retrocedí. Quise llamar a mis compañeros, pero no me sentí capaz. Me froté los ojos varias veces, creía engañarme.
Al levantar los ojos, vi a una jovencita que me sonreía con muchísima gracia y que parecía invitarme a que me acercase a ella. Pero yo aún sentía miedo. Sin embargo, no era un miedo como el que había sentido otras veces, porque me hubiese quedado mirando siempre aquella (aquéro), y cuando se siente miedo una huye enseguida.
Entonces me vino la idea de rezar. Metí la mano en el bolsillo, tomé el rosario que llevo habitualmente, me arrodillé e intenté santiguarme. Pero no pude llevarme la mano a la frente: se me cayó.
Mientras, la joven se puso de lado y se volvió hacia mí. Esta vez tenía el gran rosario en la mano. Se santiguó como para empezar a rezar. A mí la mano me temblaba. Intenté santiguarme otra vez y pude hacerlo. Desde aquel momento no tuve más miedo.
Yo rezaba con mi rosario. La joven deslizaba las cuentas del suyo, pero sin mover los labios. Mientras rezaba el rosario, yo miraba cuanto podía.
Ella llevaba un vestido blanco que le bajaba hasta los pies, de los cuales sólo se veía la punta. El vestido quedaba cerrado muy arriba alrededor del cuello por una jareta de la que colgaba un cordón blanco. Un velo blanco, que le cubría la cabeza, descendía por los hombros y los brazos hasta llegar al suelo. Sobre cada pie vi que tenía una rosa amarilla. La faja del vestido era azul y le caía hasta un poco mis abajo de las rodillas. La cadena del rosario era amarilla, las cuentas blancas, gruesas y muy apartadas unas de otras. La joven estaba llena de vida, era muy joven y se hallaba rodeada de luz.
Cuando hube terminado el rosario, me saludó sonriendo. Se retiró dentro del hueco y desapareció súbitamente.»
Hacia el fin de su éxtasis Toneta y Juana vislumbraron a Bernardita. Ella de momento guardó secreto. Pero la emoción no le cabía en el cuerpo y pocos minutos después se abría a su hermana. Su vida iba a cambiar por completo.
Comienza la serie de las apariciones. Y comienza a hacerse la niña piedra de contradicción. Habrá un día, el 18 de febrero, también jueves, en que la Santísima Virgen, la niña aún no sabe de quién se trata, le dirá: «No te prometo hacerte feliz aquí en la tierra, sino en el cielo». Será este día precisamente el que en muchas diócesis del mundo se elegirá para celebrar la fiesta de Santa Bernardita.
Días inolvidables los de las apariciones. Unas veces la Santísima Virgen quiere penitencia. En otra ocasión muestra el lugar de una fuente milagrosa. Más tarde pide la erección de una capilla. Y que se vaya allí en procesión. Por fin un día inolvidable, el día de la Anunciación, la aparición declara su nombre. En patoislurdés declara que es la Inmaculada Concepción. Bernardita nunca había oído esa expresión, e incluso las primeras veces pronuncia mal la palabra Concepción. Pero no importa. Ahora ya se sabe de quién se trata y por más que el demonio recurra a las peores artes la aparición terminará por abrirse camino y triunfar por completo.
Bernardita por fin, recibe la ansiada primera comunión. Fue el jueves 3 de junio, fiesta del Corpus. En la capilla del hospicio, donde ella se había preparado. Después, pese a un complot para tratar de recluirla, consigue volver a su vida normal. Así hasta el 16 de julio en que, por última vez en su vida mortal, tiene lugar la aparición. Era la decimoctava vez que la Señora se manifestaba. Después terminó todo. Intervinieron los hombres. Se examinaron las causas. Y al final el señor obispo dio su dictamen: Bernardita no mentía; la aparición habla sido verdadera; el culto a la Virgen de Lourdes quedaba autorizado.
Mientras todo aquello se estudiaba, Bernardita había estado viviendo como pensionista en el hospicio. Y allí había brotado la flor preciosa de su vocación. Hay serios indicios para suponer que la Santísima Virgen le aconsejó que se abrazara con la vida religiosa. Parece ser que éste fue uno de los secretos que ella guardó siempre tan celosamente. Lo cierto es que, después de una dura lucha con su timidez, se decidió por fin a pedir el ingreso en la congregación. Y tras algunas vacilaciones, éste le fue concedido.
El martes 3 de julio de 1886 Bernardita, acompañada de algunas hermanas, se dirigió a la gruta. Traspuso la reja y se arrodilló. En oración y con los ojos fijos en la imagen de la Inmaculada suspiró y entre sollozos repitió: «Madre mía, Madre mía, ¿cómo podré dejarte?». Se puso de pie, besó la roca y después el rosal. Al fin se arrancó de aquel lugar que tenía para ella recuerdos inolvidables. «La gruta era mi cielo», habrá de decir en alguna ocasión.
La última noche la pasó con su familia en el molino Lacadé. Dejaba a los suyos casi en la miseria. Al día siguiente la acompañaron al hospicio y allí le dieron el último adiós. Fue una escena emocionante. Todos lloraban, a excepción de Bernardita. Por fin se separaron y de allí partió para Nevers.
Había comenzado para ella una nueva vida. Una sola vez, como excepción, se le permitió hablar de Lourdes y contar sencillamente a la comunidad lo que habían sido las apariciones. Después se le impuso el silencio, que ella guardó siempre rigurosamente, evitando con extraordinaria habilidad cualquier sorpresa que le preparaban para conseguir de ella alguna palabra sobre el asunto. Fue una religiosa más, Obediente, puntual, amante de la pobreza, trabajadora, caritativa. Pero sin ninguna distinción especial.
La Santísima Virgen le había dicho que no la haría feliz en la tierra sino en el cielo. Por eso a ella no le extrañó tener que sufrir tanto.
Y sufrió en el cuerpo. La enfermedad le acompañó constantemente. Ya a los tres meses de noviciado tuvo que hacer su profesión religiosa «in articulo mortis», pues no se pensó que pudiera sobrevivir. Después, todos los años el invierno, o el más mínimo accidente, le traían tremendos sufrimientos. Se ahogaba constantemente. Y su vida era un continuo sufrir.
Sufrió también en su espíritu. Con algo que muy difícilmente podemos valorar quienes no hemos vivido la vida religiosa, y sobre todo quienes apenas podemos hacernos cargo de la sensibilidad a flor de piel que llega a producirse en una mujer joven, delicada de salud, viviendo la vida común. Pero la verdad es que también por este lado sufrió enormemente. La madre maestra de novicias, a la que prácticamente estuvo sometida toda su vida religiosa, aun después de su profesión, sintió hacia ella un despego y hasta una positiva aversión. Esto se traducía en mil pequeños incidentes, dolorosísimos para la Santa. En continuas humillaciones, e incomprensión y hasta, justo es decirlo, no pocas veces también en desconfianza.
Por si esto fuera poco, tuvo la Santa un tercer sufrimiento. El más terrible. Apenas nos lo podemos imaginar, pues se trató de una prueba mística, de esas que el Señor envía y que sólo quien las sufre puede llegar a comprender. Se había ofrecido la Santa para sufrir. Y el Señor aceptó sus sufrimientos. En su diario íntimo y en algunas expresiones que se le escaparon podemos percibir algo de lo que fue la desolación y el abandono, la purificación misteriosa, el dolor penetrante y profundo que empaparon por completo su alma. Prueba heroica cuyas dimensiones escapan por completo a toda ponderación humana.
Y así año tras año, a lo largo de su ejemplar y santa vida religiosa. Fue santa porque con tan edificante perfección supo vivir su oculta vida de inmolación. Esto fue lo que la santificó. Las apariciones fueron tan sólo la ocasión de que el Señor se sirvió para prepararla.
Un día en que ella se encontraba en la cama, recibió la visita del señor obispo de Nevers. Venía a pedirle que escribiese una carta para el Papa, porque él iba a ir a Roma a visitarle y quería llevársela. En una carpeta, que sostenía una hermana que nos describió la escena en el proceso apostólico, la religiosa escribió la carta cuyo original conservamos aún. Es realmente emocionante el tono y la expresión de esta carta llena de ingenuidad, de humilde devoción de auténtico perfume de santidad. Sentimos no poder reproducir más que un párrafo:
«Santísimo Padre, jamás hubiera osado tomar la pluma para escribir a Vuestra Santidad, yo, pobre hermanita, si nuestro digno obispo, monseñor de Ladoue, no me hubiese animado diciéndome que el medio seguro de alcanzar una bendición del Santo Padre era escribiros y que él tendría la amabilidad de llevar mi carta. Se establece una lucha entre el temor y la confianza. Yo, pobre ignorante, hermanita enferma, osar escribir al Santísimo Padre ¡jamás!»
Y continúa expresándole el amor que siente hacia el Papa y la alegría que le dio pensar, que la Santísima Virgen se había dignado, en cierta manera, confirmar la palabra del mismo Pontífice al aparecerse en Lourdes.
El Papa correspondió con una bendición, juntamente con un precioso crucifijo de plata. Era como la preparación para el episodio final. Bernardita estaba ya lista para la muerte.
Y la muerte llegó. Antes, sin embargo, le precedió un cierto alivio. Se nombró una nueva superiora general, Mucho más comprensiva para con ella. Por otra parte tuvo el consuelo también de recibir la visita de Toneta, su hermana queridísima, y la de uno de los sacerdotes de Lourdes que había sido su confesor en la época de las apariciones. A nadie más pudo ver, ni se pudo jamás arreglar un viaje a Lourdes para volver a visitar su gruta querida.
La enfermedad se fue agravando. Los sufrimientos se hacían más insoportables. El domingo de Pascua, 13 de abril, parecía estar ya inminente el desenlace. Pero su auténtica noche de Getsemaní fue la del lunes al martes de Pascua. Sufrió terriblemente y sin descanso. Un sudor helado cubría su frente. Temblaba por su propia salvación. Y así continuó también sufriendo en la mañana del 16 de abril. A eso de las once de la mañana la colocaron en un sillón con los pies en un escabel. A eso de la una acudió la comunidad. Ella miró a la imagen de la Virgen y con intensidad exclamó: «¡La vi, la vi! ¡Qué hermosa era! ¡Cuánto ansío volver a verla!» Minutos después quedó con los ojos fijos en un punto de la pared, lanzó una exclamación de sorpresa y con la mano derecha crispada en el sillón intentó levantarse. Volvió a quedar tranquila. Así pasó el tiempo, entre sufrimientos tremendos, hasta que por fin, musitando dulcemente «ruega por mí, pobre pecadora, pobre pecadora», y apretando el crucifijo contra su corazón, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, expiró dulcemente. Tenía treinta y cinco años de edad y llevaba doce en la casa religiosa en la que había ingresado.
Su muerte fue un auténtico triunfo. La ciudad entera se conmovió. Los funerales, solemnísimos, atrajeron muchedumbres inmensas. Pronto empezó a pensarse en su beatificación.
Fue un cardenal español, Vives y Tutó, el que animó por medio del obispo de Nevers, a la superiora general a acometer la empresa. La antigua maestra de novicias pedía que se retrasara el comienzo del proceso hasta que ella muriera. Así se hizo. Y por fin el 20 de agosto de 1909 se iniciaba el ansiado proceso. Se procedió con rapidez, y el 18 de noviembre de 1923 se declaraba la heroicidad de sus virtudes. Por fin, el 14 de junio de 1927 era declarada Beata. Y en 1933, el 8 de diciembre, canonizada solemnísimamente.
En su homilía Su Santidad Pío XI ponderó la humildad de esta «ignorante hija de unos pobres molineros, que por toda riqueza poseía solamente el candor de su alma exquisita».
Y en el Lourdes de hoy sigue presente. Bajo las arcadas está su altar. Al llegar a la estación, sale al encuentro, en una deliciosa estatua que la presenta como pastorcita, al peregrino que acude a la ciudad santa; las muchedumbres visitan la mazmorra en que ella vivió. Mientras en Nevers, encerrada en una preciosa urna, se muestra como dormida a sus devotos visitantes.
Nació en Lourdes (Francia) en 1844. Hija de padres supremamente pobres. En el bautismo le pusieron por nombre María Bernarda (nombre que ella empleará después cuando sea religiosa) pero todos la llamaban Bernardita.
Era la mayor de varios hermanos. Sus padres vivían en un sótano húmedo y miserable, y el papá tenía por oficio botar la basura del hospital. La niña tuvo siempre muy débil salud a causa de la falta de alimentación suficiente, y del estado lamentablemente pobre de la habitación donde moraba. En los primeros años sufrió la enfermedad de cólera que la dejó sumamente debilitada. A causa también del clima terriblemente frío en invierno, en aquella región, Bernardita adquirió desde los diez años la enfermedad del asma, que al comprimir los bronquios produce continuos ahogos y falta de respiración.
Esta enfermedad la acompañará y la atormentará toda su vida. Al final de su existencia sufrirá también de tuberculosis. En ella se cumplieron aquellas palabras de Jesús:
«Mi Padre, el árbol que más quiere, más lo poda (con sufrimientos) para que produzca más frutos» (Jn 15).
En Bernardita se cumplió aquello que dijo San Pablo: «Dios escoge a lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir las vanidades del mundo».
Bernardita a los 14 años no sabía leer ni escribir ni había hecho la Primera Comunión porque no había logrado aprenderse el catecismo. Pero tenía unas grandes cualidades: rezaba mucho a la Virgen y jamás decía una mentira. Un día ve unas ovejas con una mancha verde sobre la lana y pregunta al papá:
—¿Por qué tienen esa mancha verde?
El papá queriendo chancearse, le responde:
—Es que se indigestaron por comer demasiado pasto.
La muchachita se pone a llorar y exclama:
—Pobres ovejas, se van a reventar.
Y entonces el señor Soubirous le dice que era una mentirilla. Una compañera le dice:
—Es necesario ser muy tonta para creer que eso que le dijo su padre era verdad.
Y Bernardita le responde:
—¡Es que como yo jamás he dicho una mentira, me imaginé que los demás tampoco las decían nunca!
Desde el 11 de febrero de 1859 hasta el 16 de julio del mismo año, la Sma. Virgen se le aparece 18 veces a Bernardita. Las apariciones las podemos leer en detalle en el día 11 de febrero. Nuestra Señora le dijo:
—No te voy a hacer feliz en esta vida, pero sí en la otra.
Y así sucedió. La vida de la jovencita, después de las apariciones estuvo llena de enfermedades, penalidades y humillaciones, pero con todo esto fue adquiriendo un grado de santidad tan grande que se ganó enorme premio para el cielo.
Las gentes le llevaban dinero, después de que supieron que la Virgen Santísima se le había aparecido, pero ella jamás quiso recibir nada. Nuestra Señora le había contado tres secretos, que ella jamás quiso contar a nadie. Probablemente uno de estos secretos era que no debería recibir dineros ni regalos de nadie y el otro, que no hiciera nunca nada que atrajera hacia ella las miradas. Por eso se conservó siempre muy pobre y apartada de toda exhibición. Ella no era hermosa, pero después de las apariciones, sus ojos tenían un brillo que admiraba a todos.
Le costaba mucho salir a recibir visitas porque todos le preguntaban siempre lo mismo y hasta algunos declaraban que no creían en lo que ella había visto. Cuando la mamá la llamaba a atender alguna visita, ella se estremecía y a veces se echaba a llorar.
—Vaya, le decía la señora, ¡tenga valor!
Y la jovencita se secaba las lágrimas y salía a atender a los visitantes demostrando alegría y mucha paciencia, como si aquello no le costara ningún sacrificio.
Para burlarse de ella porque la Virgen le había dicho que masticara unas hierbas amargas, como sacrificio, el sr. alcalde le dijo:
—¿Es que la confundieron con una ternera?
Y la niña le respondió:
—¿Señor alcalde, a usted si le sirven lechugas en el almuerzo?
—Claro que sí.
—¿Y es que lo confunden con un ternero?
Todos rieron y se dieron cuenta de que era humilde pero no era tonta.
Bernardita pidió ser admitida en la Comunidad de Hijas de la Caridad de Nevers. Demoraron en admitirla porque su salud era muy débil. Pero al fin la admitieron. A los 4 meses de estar en la comunidad estuvo a punto de morir por un ataque de asma, y le recibieron sus votos religiosos, pero enseguida curó.
En la comunidad hizo de enfermera y de sacristana, y después por nueve años estuvo sufriendo una muy dolorosa enfermedad. Cuando le llegaban los más terribles ataques exclamaba:
«Lo que le pido a Nuestro Señor no es que me conceda la salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad. Para cumplir lo que recomendó la Sma. Virgen, ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores».
Uno de los medios que Dios tiene para que las personas santas lleguen a un altísimo grado de perfección, consiste en permitir que les llegue la incomprensión, y muchas veces de parte de personas que están en altos puestos y que al hacerles la persecución piensan que con esto están haciendo una obra buena.
Bernardita tuvo por superiora durante los primeros años de religiosa a una mujer que le tenía una antipatía total y casi todo lo que ella hacía lo juzgaba negativamente. Así, por ejemplo, a causa de un fuerte y continuo dolor que la joven sufría en una rodilla, tenía que cojear un poco. Pues bien, la superiora decía que Bernardita cojeaba para que la gente al ver las religiosas pudiera distinguir desde lejos cuál era la que había visto a la Virgen. Y así en un sinnúmero de detalles desagradables la hacía sufrir. Y ella jamás se quejaba ni se disgustaba por todo esto. Recordaba muy bien la noticia que le había dado la Madre de Dios: «No te haré feliz en esta vida, pero sí en la otra».
Duró quince años de religiosa. Los primeros 6 años estuvo trabajando, pero fue tratada con mucha indiferencia por las superioras. Después los otros 9 años padeció noche y día de dos terribles enfermedades: el asma y la tuberculosis. Cuando llegaba el invierno, con un frío de varios grados bajo cero, se ahogaba continuamente y su vida era un continuo sufrir.
Deseaba mucho volver a Lourdes, pero desde el día en que fue a visitar la Gruta por última vez para irse de religiosa, jamás volvió por allí. Ella repetía:
«Ah quién pudiera ir hasta allá, sin ser vista. Cuando se ha visto una vez a la Santísima Virgen, se estaría dispuesto a cualquier sacrificio con tal de volverla a ver. Tan bella es».
Al llegar a la Comunidad reunieron a las religiosas y le pidieron que les contara cómo habían sido las apariciones de la Virgen. Luego le prohibieron volver a hablar de esto, y en los 15 años de religiosa ya no se le permitió tratar este tema. Son sacrificios que a los santos les preparan altísimo puesto en el cielo.
Cuando ya le faltaba poco para morir, llegó un obispo a visitarla y le dijo que iba camino de Roma, que le escribiera una carta al Santo Padre para que le enviara una bendición, y que él la llevaría personalmente. Bernardita, con mano temblorosa, escribe:
«Santo Padre, qué atrevimiento, que yo una pobre hermanita le escriba al Sumo Pontífice. Pero el Sr. Obispo me ha mandado que lo haga. Le pido una bendición especial para esta pobre enferma».
A vuelta del viaje el Sr. Obispo le trajo una bendición especialísima del Papa y un crucifijo de plata que le enviaba de regalo el Santo Padre.
El 16 de abril de 1879, exclamó emocionada:
«Yo vi la Virgen. Sí, la vi, la vi ¡Que hermosa era!
Y después de unos momentos de silencio exclamó emocionada:
«Ruega Señora por esta pobre pecadora»,
y apretando el crucifijo sobre su corazón se quedó muerta. Tenía apenas 35 años.
A los funerales de Bernardita asistió una muchedumbre inmensa. Y ella empezó a conseguir milagros de Dios en favor de los que le pedían su ayuda. Y el 8 de diciembre de 1933, el Santo Padre Pío Once la declaró santa. Bernardita: tú que tuviste la dicha de ver a la Santísima Virgen aquí en la tierra, haz que nosotros tengamos la dicha de verla y acompañarla para siempre en el cielo.
Fue la suya una vida en la que se manifestó la fuerza de la gracia de Dios en medio de enormes dificultades. El terror a que se vio sometida cuando todavía era una niña llegó a hacerle olvidar su procedencia y hasta su propio nombre. Se sabe que nació en el Sudán, en el África Nororiental, hacia 1869-1872. Sus padres eran oficialmente musulmanes, pero, de hecho, practicaban la religión animista. Cuando tenía unos seis o siete años de edad fue capturada por comerciantes de esclavos, como lo había sido tiempo antes una hermana, mayor que ella. Metida entre la multitud de esclavos no pudo recordar cómo se llamaba; por ironía o sarcasmo la llamaron Bakhita, que en el dialecto de sus raptores significabaAfortunada o Dichosa.
Fue horriblemente vejada y obligada a emprender con los demás prisioneros un larguísimo camino hacia los mercados del Norte; pero, en compañía de otra niña, pudo huir en busca de libertad; vagaron por selvas y desiertos donde poco faltó para que las devoraran las fieras. Finalmente, fueron capturadas y entregadas a otros mercaderes. Bakhita fue vendida a un oficial del ejército turco; la mujer y la madre de éste se encargaron de someterla a un trato tiránico. Con frecuencia la golpeaban sin piedad, hasta el punto de dejarla incontables cicatrices que le duraron toda la vida. Ella, sin embargo, sufrió con fuerte ánimo todos aquellos tormentos y nunca se quejó de ellos. Se mostró humilde y sumisa durante el año que pasó con la familia turca.
En 1884 la pusieron en venta en la ciudad de Jartum y la adquirió el cónsul italiano en aquellas tierras, Calixto Legnani; la retuvo como criada y trató con blandura y humanidad. Dos años después se volvió el cónsul Legnani a Italia y se la llevó consigo. La entregó a su amigo Augusto Michieli, que tenía muchos negocios en África. Estuvo en la población de Mirano Véneto, y allí se dispuso para recibir la fe cristiana. En Venecia fue recibida en un pío instituto de catecúmenos, que dirigían las Hijas de la Caridad llamadas vulgarmente Canosianas, por su fundadora Magdalena de Canossa. Atraída por el amor de la religión cristiana, quiso morar entre aquellas hermanas más que retornar a África. Superadas enormes dificultades fue dejada en libertad en 1889.
El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Le impusieron los nombres de Josefina, Margarita, Fortunata Bakhita. Hasta su contacto con el cristianismo no había dado su nombre a religión alguna, pero se dejaba llevar por el testimonio de su alma «naturalmente cristiana», como diría su coterráneo Tertuliano. Cuando contemplaba las estrellas, la luna o el sol consideraba todo aquello como obra de las manos de un Artífice supremo. Su acercamiento a la vida cristiana lo atribuyó a una peculiar gracia de la divina providencia, y a la intercesión de la Santísima Virgen María. Pero su llamada a la vida cristiana, como había sucedido siglos antes a San Agustín, también africano, iba acompañada de la vocación al estado religioso. Pidió insistentemente y obtuvo ingresar en el mencionado Instituto de Hermanas Canosianas. Finalizado el noviciado, profesó el 8 de diciembre de 1896.
Fue enviada a la casa que tenían en Schio, en la diócesis de Vicenza, y allí se ejercitó en los oficios de cocinera, portera, sacristana y enfermera de soldados. En todas estas ocupaciones se ponía de manifiesto su virtud egregia, particularmente su limpieza de espíritu, plena renuncia a la propia voluntad, humildad y caridad ferviente para con Dios y el prójimo.
Durante dos años (1933-1935), por obediencia, prestó su ayuda a las misiones del propio instituto recorriendo las casas de la congregación en Italia, no sin incomodidad que soportó con espíritu ecuánime. Volvió a la casa de Schio, donde permaneció hasta el fin de su vida.
Como consecuencia de los malos tratos que había recibido, soportó muchas enfermedades, pero tales dolencias le ayudaban a revelar sus virtudes. Llevó siempre una vida humilde y completamente rendida a la voluntad de Dios y a la regla que había profesado. Pobre de espíritu, misericordiosa, limpia de corazón, pacífica, amante de la oración, devota de la Santísima Virgen. Para todos los que la conocieron fue un fúlgido ejemplo de fidelidad al Evangelio y a la Iglesia de Cristo.
Murió el 8 de febrero de 1947, dejando tras de sí no pequeña fama de santidad. Los primeros pasos del proceso de beatificación y canonización se dieron entre 1955 y 1958. Juan Pablo I mandó publicar el decreto de virtudes el 22 de septiembre de 1978. Fue beatificada por Juan Pablo II el 17 de mayo de 1992, y canonizada el 1 de octubre de 2000.
Lucas 4, 1-13. Primer Domingo del Tiempo de Cuaresma.Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará.
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: «El hombre no vive solamente de pan»». Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: «Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto»». Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden». Y también: «Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra»». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios»». Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.
Primera lectura: Libro del Deuteronomio, Dt 26, 4-10
Salmo: 91(90), 1-2.10-15
Segunda lectura: Carta de san Pablo a los Romanos, Rom 10, 8-13
Oración introductoria
Padre Santo, si en tu plan de salvación permitiste que Jesús fuera tentado, no puedo pedir que yo no lo sea, pero humilde y confiadamente te suplico que esas posibles tentaciones se conviertan en medios para acercarme más a Ti, porque creo en Ti, confío en tu misericordia y te amo.
Petición
Señor, que esta oración me ilumine y me fortalezca para saber vencer, por amor a Ti, la tentación.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio del primer domingo de Cuaresma presenta cada año el episodio de las tentaciones de Jesús, cuando el Espíritu Santo, que descendió sobre Él después del bautismo en el Jordán, lo llevó a afrontar abiertamente a Satanás en el desierto, durante cuarenta días, antes de iniciar su misión pública.
El tentador busca apartar a Jesús del proyecto del Padre, o sea, de la senda del sacrificio, del amor que se ofrece a sí mismo en expiación, para hacerle seguir un camino fácil, de éxito y de poder. El duelo entre Jesús y Satanás tiene lugar a golpes de citas de la Sagrada Escritura. El diablo, en efecto, para apartar a Jesús del camino de la cruz, le hace presente las falsas esperanzas mesiánicas: el bienestar económico, indicado por la posibilidad de convertir las piedras en pan; el estilo espectacular y milagrero, con la idea de tirarse desde el punto más alto del templo de Jerusalén y hacer que los ángeles le salven; y, por último, el atajo del poder y del dominio, a cambio de un acto de adoración a Satanás. Son los tres grupos de tentaciones: también nosotros los conocemos bien.
Jesús rechaza decididamente todas estas tentaciones y ratifica la firme voluntad de seguir la senda establecida por el Padre, sin compromiso alguno con el pecado y con la lógica del mundo. Mirad bien cómo responde Jesús. Él no dialoga con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, porque es muy astuto. Por ello, Jesús, en lugar de dialogar como había hecho Eva, elige refugiarse en la Palabra de Dios y responde con la fuerza de esta Palabra. Acordémonos de esto: en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones, nada de diálogo con Satanás, sino siempre defendidos por la Palabra de Dios. Y esto nos salvará. En sus respuestas a Satanás, el Señor, usando la Palabra de Dios, nos recuerda, ante todo, que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4; cf. Dt 8, 3); y esto nos da fuerza, nos sostiene en la lucha contra la mentalidad mundana que abaja al hombre al nivel de las necesidades primarias, haciéndole perder el hambre de lo que es verdadero, bueno y bello, el hambre de Dios y de su amor. Recuerda, además, que «está escrito también: «No tentarás al Señor, tu Dios»» (v. 7), porque el camino de la fe pasa también a través de la oscuridad, la duda, y se alimenta de paciencia y de espera perseverante. Jesús recuerda, por último, que «está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él sólo darás culto»» (v. 10); o sea, debemos deshacernos de los ídolos, de las cosas vanas, y construir nuestra vida sobre lo esencial.
Estas palabras de Jesús encontrarán luego confirmación concreta en sus acciones. Su fidelidad absoluta al designio de amor del Padre lo conducirá, después de casi tres años, a la rendición final de cuentas con el «príncipe de este mundo» (Jn 16, 11), en la hora de la pasión y de la cruz, y allí Jesús reconducirá su victoria definitiva, la victoria del amor.
Queridos hermanos, el tiempo de Cuaresma es ocasión propicia para todos nosotros de realizar un camino de conversión, confrontándonos sinceramente con esta página del Evangelio. Renovemos las promesas de nuestro Bautismo: renunciemos a Satanás y a todas su obras y seducciones —porque él es un seductor—, para caminar por las sendas de Dios y llegar a la Pascua en la alegría del Espíritu (cf. Oración colecta del IV Domingo de Cuaresma, Año A).
Las tentaciones de Jesús y la conversión por el Reino de los Cielos
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, miércoles de Ceniza, empezamos el tiempo litúrgico de Cuaresma, cuarenta días que nos preparan a la celebración de la Santa Pascua; es un tiempo de particular empeño en nuestro camino espiritual. El número cuarenta se repite varias veces en la Sagrada Escritura. En especial, como sabemos, recuerda los cuarenta años que el pueblo de Israel peregrinó en el desierto: un largo período de formación para convertirse en el pueblo de Dios, pero también un largo período en el que la tentación de ser infieles a la alianza con el Señor estaba siempre presente. Cuarenta fueron también los días de camino del profeta Elías para llegar al Monte de Dios, el Horeb; así como el periodo que Jesús pasó en el desierto antes de iniciar su vida pública y donde fue tentado por el diablo. En la catequesis de hoy desearía detenerme precisamente en este momento de la vida terrena del Señor, que leeremos en el Evangelio del próximo domingo.
Ante todo el desierto, donde Jesús se retira, es el lugar del silencio, de la pobreza, donde el hombre está privado de los apoyos materiales y se halla frente a las preguntas fundamentales de la existencia, es impulsado a ir a lo esencial y precisamente por esto le es más fácil encontrar a Dios. Pero el desierto es también el lugar de la muerte, porque donde no hay agua no hay siquiera vida, y es el lugar de la soledad, donde el hombre siente más intensa la tentación. Jesús va al desierto y allí sufre la tentación de dejar el camino indicado por el Padre para seguir otros senderos más fáciles y mundanos (cf. Lc 4, 1-13). Así Él carga nuestras tentaciones, lleva nuestra miseria para vencer al maligno y abrirnos el camino hacia Dios, el camino de la conversión.
Reflexionar sobre las tentaciones a las que es sometido Jesús en el desierto es una invitación a cada uno de nosotros para responder a una pregunta fundamental: ¿qué cuenta de verdad en mi vida? En la primera tentación el diablo propone a Jesús que cambie una piedra en pan para satisfacer el hambre. Jesús rebate que el hombre vive también de pan, pero no sólo de pan: sin una respuesta al hambre de verdad, al hambre de Dios, el hombre no se puede salvar (cf. vv. 3-4). En la segunda tentación, el diablo propone a Jesús el camino del poder: le conduce a lo alto y le ofrece el dominio del mundo; pero no es éste el camino de Dios: Jesús tiene bien claro que no es el poder mundano lo que salva al mundo, sino el poder de la cruz, de la humildad, del amor (cf. vv. 5-8). En la tercera tentación, el diablo propone a Jesús que se arroje del alero del templo de Jerusalén y que haga que le salve Dios mediante sus ángeles, o sea, que realice algo sensacional para poner a prueba a Dios mismo; pero la respuesta es que Dios no es un objeto al que imponer nuestras condiciones: es el Señor de todo (cf. vv. 9-12). ¿Cuál es el núcleo de las tres tentaciones que sufre Jesús? Es la propuesta de instrumentalizar a Dios, de utilizarle para los propios intereses, para la propia gloria y el propio éxito. Y por lo tanto, en sustancia, de ponerse uno mismo en el lugar de Dios, suprimiéndole de la propia existencia y haciéndole parecer superfluo. Cada uno debería preguntarse: ¿qué puesto tiene Dios en mi vida? ¿Es Él el Señor o lo soy yo?
Superar la tentación de someter a Dios a uno mismo y a los propios intereses, o de ponerle en un rincón, y convertirse al orden justo de prioridades, dar a Dios el primer lugar, es un camino que cada cristiano debe recorrer siempre de nuevo. «Convertirse», una invitación que escucharemos muchas veces en Cuaresma, significa seguir a Jesús de manera que su Evangelio sea guía concreta de la vida; significa dejar que Dios nos transforme, dejar de pensar que somos nosotros los únicos constructores de nuestra existencia; significa reconocer que somos creaturas, que dependemos de Dios, de su amor, y sólo «perdiendo» nuestra vida en Él podemos ganarla. Esto exige tomar nuestras decisiones a la luz de la Palabra de Dios. Actualmente ya no se puede ser cristiano como simple consecuencia del hecho de vivir en una sociedad que tiene raíces cristianas: también quien nace en una familia cristiana y es formado religiosamente debe, cada día, renovar la opción de ser cristiano, dar a Dios el primer lugar, frente a las tentaciones que una cultura secularizada le propone continuamente, frente al juicio crítico de muchos contemporáneos.
Las pruebas a las que la sociedad actual somete al cristiano, en efecto, son muchas y tocan la vida personal y social. No es fácil ser fieles al matrimonio cristiano, practicar la misericordia en la vida cotidiana, dejar espacio a la oración y al silencio interior; no es fácil oponerse públicamente a opciones que muchos consideran obvias, como el aborto en caso de embarazo indeseado, la eutanasia en caso de enfermedades graves, o la selección de embriones para prevenir enfermedades hereditarias. La tentación de dejar de lado la propia fe está siempre presente y la conversión es una respuesta a Dios que debe ser confirmada varias veces en la vida.
Sirven de ejemplo y de estímulo las grandes conversiones, como la de san Pablo en el camino de Damasco, o san Agustín; pero también en nuestra época de eclipse del sentido de lo sagrado, la gracia de Dios actúa y obra maravillas en la vida de muchas personas. El Señor no se cansa de llamar a la puerta del hombre en contextos sociales y culturales que parecen engullidos por la secularización, como ocurrió con el ruso ortodoxo Pavel Florenskij. Después de una educación completamente agnóstica, hasta el punto de experimentar auténtica hostilidad hacia las enseñanzas religiosas impartidas en la escuela, el científico Florenskij llega a exclamar: «¡No, no se puede vivir sin Dios!», y cambió completamente su vida: tanto que se hace monje.
Pienso también en la figura de Etty Hillesum, una joven holandesa de origen judío que morirá en Auschwitz. Inicialmente lejos de Dios, le descubre mirando profundamente dentro de ella misma y escribe: «Un pozo muy profundo hay dentro de mí. Y Dios está en ese pozo. A veces me sucede alcanzarle, más a menudo piedra y arena le cubren: entonces Dios está sepultado. Es necesario que lo vuelva a desenterrar» (Diario, 97). En su vida dispersa e inquieta, encuentra a Dios precisamente en medio de la gran tragedia del siglo XX, la Shoah. Esta joven frágil e insatisfecha, transfigurada por la fe, se convierte en una mujer llena de amor y de paz interior, capaz de afirmar: «Vivo constantemente en intimidad con Dios».
La capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe está testimoniada por otra mujer de nuestro tiempo: la estadounidense Dorothy Day. En su autobiografía, confiesa abiertamente haber caído en la tentación de resolver todo con la política, adhiriéndose a la propuesta marxista: «Quería ir con los manifestantes, ir a prisión, escribir, influir en los demás y dejar mi sueño al mundo. ¡Cuánta ambición y cuánta búsqueda de mí misma había en todo esto!». El camino hacia la fe en un ambiente tan secularizado era particularmente difícil, pero la Gracia actúa igual, como ella misma subrayara: «Es cierto que sentí más a menudo la necesidad de ir a la iglesia, de arrodillarme, de inclinar la cabeza en oración. Un instinto ciego, se podría decir, porque no era consciente de orar. Pero iba, me introducía en la atmósfera de oración…». Dios la condujo a una adhesión consciente a la Iglesia, a una vida dedicada a los desheredados.
En nuestra época no son pocas las conversiones entendidas como el regreso de quien, después de una educación cristiana, tal vez superficial, se ha alejado durante años de la fe y después redescubre a Cristo y su Evangelio. En el Libro del Apocalipsis leemos: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (3, 20). Nuestro hombre interior debe prepararse para ser visitado por Dios, y precisamente por esto no debe dejarse invadir por los espejismos, las apariencias, las cosas materiales.
En este tiempo de Cuaresma, en el Año de la fe, renovemos nuestro empeño en el camino de conversión para superar la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos y para, en cambio, hacer espacio a Dios, mirando con sus ojos la realidad cotidiana. La alternativa entre el cierre en nuestro egoísmo y la apertura al amor de Dios y de los demás podríamos decir que se corresponde con la alternativa de las tentaciones de Jesús: o sea, alternativa entre poder humano y amor a la Cruz, entre una redención vista en el bienestar material sólo y una redención como obra de Dios, a quien damos la primacía en la existencia. Convertirse significa no encerrarse en la búsqueda del propio éxito, del propio prestigio, de la propia posición, sino hacer que cada día, en las pequeñas cosas, la verdad, la fe en Dios y el amor se transformen en la cosa más importante.
Aprendamos hoy la lección de Cristo y no le sigamos al juego a ese mentiroso y estafador. El demonio siempre nos pinta las cosas de «color de rosa» y nos engaña, como las sirenas a los navegantes. Nos vamos de bruces contra los acantilados y nos destroza. Ojalá aprendamos de nuestro Señor a afrontar la tentación como Él: con la oración, la vigilancia, el sacrificio -eso es el ayuno-, y la lucha tajante contra la tentación. No juguemos ni dialoguemos con Satanás. No permitamos las dudas ni las insinuaciones. Cortemos enseguida, como Cristo, poniendo por delante la obediencia pronta a la Palabra de Dios y al cumplimiento amoroso de su Voluntad en las pequeñas circunstancias de nuestra vida de todos los días. ¡Éste puede ser un buen propósito para iniciar la Cuaresma!
Diálogo con Cristo
Señor, ayúdame a ver todos los sucesos de mi vida en la perspectiva de la eternidad. Ver todo con tu mirada, para saber qué es lo que realmente tiene valor. Sólo al final de mi vida podré confirmar que todo tiene sentido y que la lucha por vivir el Evangelio vale la pena, pero ahora sé que nunca me voy arrepentir de lo que haya hecho por amor a Ti, ¡gracias por darme la certeza de mi fe!
La Iglesia Universal conmemora el día 3 de febreroa un santo muy popular cual es San Blas, mártir, obispo de Sebaste.
La existencia de este santo armenio, su episcopado en Sebaste, su glorioso martirio, su culto antiguo extendido en la iglesia oriental y occidental, su fama de taumaturgo, la popularidad de su devoción son hechos plenamente históricos que la tradición cristiana ha encuadrado en la leyenda de San Blas, no del todo segura en cuanto a todos los detalles, por proceder de fuentes históricas que no remontan más allá del siglo IX aunque derivan de tradición y culto muy antiguos.
Cuatro son las Actas de San Blas que traen los bolandistas. De ellas extraemos la semblanza del Santo, que presentamos a continuación, modernizada y aumentada con notas históricas referentes a su vida, devoción y culto.
Nació San Blas en Armenia, en la ciudad de Sebaste, la actual Sivas, en la segunda mitad del siglo III. Según quieren algunos, fue médico. El ejercicio de la medicina de los cuerpos lo preparó y le dio a la vez ocasión para ejercer la medicina de las almas, exigida por su fervoroso proselitismo cristiano. Ponderan las Actas las virtudes de este ejemplar cristiano: su humildad. Mansedumbre. paciencia, devoción, castidad, inocencia; en una palabra, su santidad.
Estas virtudes contribuyeron a que, vacante el obispado de Sebaste, fuera propuesto por voz unánime del clero y pueblo para ocupar la sede.
Terribles eran las circunstancias. La persecución desencadenada por Diocleciano a principios del siglo IV y continuada por sus sucesores Galeno, Máximo y Daia y Licinio, se ensañó particularmente en la iglesia de Sebaste, e hizo allí ilustres mártires: San Eustracio y compañeros. San Carcerio y consortes, San Blas, los famosos cuarenta soldados mártires. Los cristianos vivían perseguidos y escondidos, como si fueran alimañas. San Blas fue el pastor prudente, celoso e intrépido elegido por la Providencia para presidir aquellas trágicas cuanto gloriosas circunstancias.
Escasas son las noticias que nos dan las Actas acerca de su gobierno pastoral. San Blas, oculto por la persecución, sostenía, alentaba y edificaba ocultamente a los cristianos con su palabra y con el ejemplo de su santa Vida.
Las Actas nos han conservado, sin embargo, un episodio que revela el temple apostólico del Santo. San Eustracio se encuentra en la cárcel condenado a próxima muerte. Sale su obispo del escondrijo; obtiene por amero el acceso a la prisión; besa emocionado las cadenas del confesor de Cristo; lo conforta; pasan toda la noche en celestiales coloquios; le administra la santa Eucaristía. Eustracio entrega a San Blas su testamento, confiándole la ejecución del mismo. Al rayar el alba se despiden dándose el ósculo de paz. San Blas vuelve a su escondite y Eustracio al día siguiente rubrica su fe con glorioso martirio.
Arreciando más la persecución bajo el prefecto Agrícola, comisionado por Licinio para exterminar el cristianismo, San Blas, siguiendo el consejo de Cristo, huye a las montañas (Armenia es país muy montañoso), y se refugia en una gruta del monte Argeo. Allí hace vida eremítica, entregado a la penitencia y a la contemplación, privado de todo consuelo humano, pero abundando en consuelos celestiales. Cual otro Moisés, ora San Blas en el monte por su dispersa y desolada grey.
La leyenda, al relatar la estancia de San Blas en las soledades del Argeo, nos describe escenas paradisiacas. Al perseguido por los hombres le hacen compañía las fieras, que se agrupan en tropel a la entrada de la gruta, esperando respetuosas a que el santo anacoreta termine su oración, para recibir de él su bendición y obtener también la curación de sus dolencias. Así lo encontraron los satélites del prefecto Agrícola en una cacería organizada por aquellos montes, quedando estupefactos ante el nunca visto espectáculo. Comunican el caso al prefecto y ordena éste que le traigan al obispo solitario.
En la noche precedente a la prisión se le aparece por tres veces el Salvador instándole para que le ofrezca el sacrificio, entendiendo San Blas que el Señor lo llamaba para ofrecer el cáliz del martirio. Se levanta, ofrece los sagrados misterios y se presentan los ministros del prefecto. «Salte de tu gruta. le dicen: el prefecto te flama». Responde el Santo a la citación con rostro sonriente y palabras cariñosas. «Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo».
El traslado de San Blas a Sebaste constituyó una apoteosis popular. Las gentes, incluso los mismos paganos, acudían en tropel para presenciar el paso del santo obispo, implorando su bendición, el remedio de los males, la curación de las dolencias. San Blas, olvidado de su extrema necesidad propia, atendía a las súplicas, repartía bendiciones, encomendaba al Señor las necesidades.
De pronto. una madre le presenta a su hijo moribundo, a causa de una espina atravesaba en la garganta, clamando: ¡Siervo de Nuestro Salvador Jesucristo, apiádate de mi hijo; es mi único hijo! Compadecido San Blas, impone la mano sobre el agonizante, signa su garganta con la señal de la cruz, ora por Él…, y devuelve el niño, sano y salvo, a la desolada madre. Y dilatando su caridad a través del tiempo y del espacio, pide que cuantos recurran a su intercesión en trances semejantes obtengan la protección del cielo.
Presentado San Blas al prefecto, éste le propone con blandas palabras la renuncia al cristianismo y la adoración de los dioses. Rechaza San Blas con santa indignación la idolátrica propuesta. En consecuencia es apaleado terriblemente. El brutal castigo no arranca de San Blas tina queja.. Los esbirros, cansados, lo encierran en la cárcel.
Otro día intentan quebrantar su fortaleza suspendiéndolo de un madero y desgarrando sus carnes con garfios de hierro… Pero el santo pastor no habla de ofrecer solo el sacrificio; lo hablan de acompañar sus ovejas y corderos. Al volver a la prisión regando el suelo con sangre, siete fervorosas cristianas recogen su sangre y se ungen con ella. Detenidas por ello, confiesan intrépidas su fe en Jesucristo sin que hagan vacilar su fortaleza los más crueles y variados tormentos y alentadas por el ejemplo de su pastor perseveran firmes, hasta ser decapitadas. Una de estas heroínas encomienda a San Blas sus dos hijitos, que querían seguirla por la senda celestial del martirio.
No tardó el pastor en consumar su sacrificio. El prefecto lo condena a la decapitación con los dos niños. Y en las afueras de Sebaste es sacrificado el pastor con los dos corderos. Ocurrió el glorioso martirio, según la opinión más probable. el año 316.
El culto de San Blas se extendió prontamente por toda la Iglesia. En el Oriente se celebra su fiesta desde muy antiguo con culto solemne el 11 de febrero. En Constantinopla había un templo dedicado a San Blas. En Armenia existió la Orden Militar de San Blas. El culto de San Blas es también muy antiguo en Occidente. Según el cardenal Schuster, en la Edad Media se erigieron en Roma no menos de 35 iglesias en honor de San Blas. Una de ellas llegó a ser contada entre las 24 abadías privilegiadas de Roma.
La república independiente de Ragusa (Yugoslavia) lo tenía por patrón principal. Lo honraba con fiesta de precepto muy solemne. Su efigie figuraba en las monedas. Uno de los principales monumentos de Ragusa es el templo de San Blas. En el calendario romano figuraba la fiesta de San Blas con rito simple, pero muchas diócesis de Europa occidental la celebran con rito doble. En muchas iglesias se conservan reliquias insignes.
Paralela al culto oficial ha sido la devoción del pueblo cristiano a San Blas, devoción popular y típica. Se le cuenta entre los 14 santos protectores,llamados así porque se les tiene por abogados eficaces en las penalidades de la vida.
Se le invoca especialmente como abogado en las enfermedades de la garganta. Como tal lo reconoce el Ritual. Es considerado como especial protector de los niños: San Blas bendito, que se ahoga este angelito. En Rusia es el patrón de los ganados. En otras naciones también se le atribuye cierto patronato sobre los mismos. Los cardadores y sombrereros lo veneraban por patrón. En el día de su fiesta se bendicen pan, vino, agua y frutos que se dan después a hombres y ganados. En muchas diócesis de Alemania, Bohemia, Suiza y también de otras naciones se da la bendición de San Blas por medio de dos velas cruzadas que se ponen sobre la cabeza de los fieles y con ellas se toca la garganta. En Roma y otras partes por unción del cuello con una candela mojada en aceite bendecido.
San Blas es el santo humano, bondadoso, accesible. Invoquémoslo en nuestras necesidades en las enfermedades de la garganta no sólo materiales, sino también espirituales: respeto humano para confesar nuestra fe, angustias de pecados mortales ocultados, intemperancias en la bebida, etc. En este sentido hay una hermosa oración indulgenciada en el Enquiridión de Indulgencias.
Lucas 5, 1-11. Quinto Domingo del Tiempo Ordinario. Cuando Jesús pasa por nuestra vida nos dice una palabra que es una promesa, nos pide que nos despojemos de algo y nos encomienda una misión.
En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes». Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes». Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador». El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres». Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.
Segunda lectura: Primera carta de san Pablo a los Corintios, 1 Cor 15, 1-11
Oración introductoria
Gracias, Señor, por revelarme tu corazón misericordioso. Tu Sagrado Corazón me da la confianza de regresar a Ti cada vez que caigo en el pecado. Sé que lo que más te puede ofender es que dude de tu misericordia, por eso en esta meditación, amado y buen Jesús, ayúdame a saber escucharte y descubrir cuál es tu voluntad para este día.
Petición
Dios mío, dame la fe que me convierta en un instrumento dócil que responda con prontitud a lo que quieras pedirme.
Meditación del Santo Padre
Cuando el Señor pasa en nuestra vida nos dice siempre una palabra y nos hace una promesa. Pero nos pide también que nos despojemos de algo y nos confía una misión. Lo recordó el Papa Francisco en la misa que celebró en la mañana del jueves, 5 de septiembre, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae.
Comentando el episodio de la «pesca milagrosa» narrado por Lucas (5, 1-11) en el pasaje evangélico proclamado durante la liturgia, el Pontífice recordó a san Agustín, quien «repite una frase que siempre me ha impresionado. Dice: “Tengo miedo cuando pasa el Señor”. ¿Por qué? “Porque tengo miedo de que pase y no me dé cuenta”. Y el Señor pasa en nuestra vida como ha sucedido aquí, en la vida de Pedro, de Santiago, de Juan».
En este caso el Señor ha pasado en la vida de sus discípulos con un milagro. Pero, como puntualizó el Papa, «no siempre Jesús pasa en nuestra vida con un milagro». Aunque «se hace siempre oír. Siempre».
Estos tres aspectos del paso de Jesús en nuestra vida —nos dice «una palabra que es una promesa», nos pide «que nos despojemos de algo», nos encomienda «una misión»— están bien representados en el pasaje de Lucas. El Santo Padre recordó en particular la reacción de Pedro al milagro de Jesús: «Simón, que era tan sanguíneo, fue a Él: “Pero Señor, aléjate de mí que soy pecador”. Lo sentía verdaderamente, porque él era así. ¿Y Jesús qué le dice? “No temas”».
«Bella palabra ésta, muchas veces repetida: “No tengáis miedo, no temáis”», comentó el Pontífice, añadiendo: «Y después, y aquí está la promesa, les dice: “Te haré pescador de hombres”. Siempre el Señor, cuando llega a nuestra vida, cuando pasa en nuestro corazón, nos dice una palabra y nos hace una promesa: “Ve adelante, valor, no temas: ¡tú harás esto!”». Es «una invitación a seguirle». Y «cuando oímos esta invitación y vemos que en nuestra vida hay algo que no funciona, debemos corregirlo» y debemos estar dispuestos a dejar cualquier cosa, con generosidad. Aunque «en nuestra vida —precisó el Papa— haya algo de bueno, Jesús nos invita a dejarla para seguirle más de cerca. Es como sucedió a los apóstoles, que dejaron todo, como dice el Evangelio: “Y sacando las barcas a tierra, dejaron todo y le siguieron”».
La vida cristiana, por lo tanto, «es siempre un seguir al Señor». Pero para seguirle primero hay que «oír qué nos dice»; y después hay que «dejar lo que en ese momento debemos dejar y seguirle».
Finalmente está la misión que Jesús nos confía. Él, en efecto, «jamás dice: “¡Sígueme!”, sin después decir la misión. Dice siempre: “Deja y sígueme para esto”». Así que, si «vamos por el camino de Jesús —observó el Santo Padre— es para hacer algo. Ésta es la misión».
Es «una secuencia que se repite también cuando vamos a orar». De hecho «nuestra oración —subrayó— debe tener siempre estos tres momentos». Ante todo la escucha de la palabra de Jesús, una palabra a través de la cual Él nos da la paz y nos asegura su cercanía. Después el momento de nuestra renuncia: debemos estar dispuestos a «dejar algo: “Señor, ¿qué quieres que deje para estarte más cerca?”. Tal vez en aquel momento no lo dice. Pero nosotros hagamos la pregunta, generosamente». Finalmente, el momento de la misión: la oración nos ayuda siempre a entender lo que «debemos hacer».
He aquí entonces la síntesis de nuestro orar: «Oír al Señor, tener el valor de despojarnos de algo que nos impide ir deprisa para seguirle y finalmente tomar la misión».
No es fácil. Necesitamos una fe muy grande. Y la fe es un don de Dios. ¡Pidámosle con humildad ese grandioso don!
Diálogo con Cristo
Ojalá que también nosotros, como Pedro, creamos en Ti, Señor y obedezcamos tu palabra: «¡Rema mar adentro y echa las redes para la pesca!». Y entonces veremos otro milagro en nuestra vida.
Tras los días de fiesta y excesos que representa el carnaval, llega la Cuaresma. El mismo día que acaban las fiestas, el miércoles de ceniza, empieza un periodo de 40 días, que son los que faltan para llegar al Domingo de Pascua.
Durante esta cuarentena hay que hacer una preparación espiritual para poder llegar a entender el verdadero significado de la Semana Santa. Esto lo podemos llegar a interiorizar haciendo un poco de abstinencia, penitencia, compromiso, revisión de nuestros actos, reflexión…
Con estos objetivos presentamos a nuestro personaje: LA VIEJA CUARESMA, para los más pequeños de nuestra Familia.
Motivación y desarrollo
Los 40 días o 7 semanas de reflexión y compromiso se representan en el personaje, es una mujer viejecita y arrugada con un pañuelo en la cabeza y una característica muy peculiar: tiene 7 piernas, todas distintas, representa cada una las semanas que faltan para la Semana Santa.
Su misión es hacer pensar cada lunes un propósito que nos cueste realizar o que no hagamos bien y colgarlo en el corcho debajo de la pierna, durante toda la semana lo trabajaremos dándole la importancia que se merece.
Llegado el viernes, en asamblea, valoraremos si hemos alcanzado o conseguido el propósito elegido, una vez valorado le quitaremos la pierna correspondiente.
Si el propósito lo hemos conseguido, ella nos lo agradece con un pequeño premio como resultado a nuestro esfuerzo, si no lo hemos alcanzado no nos da nada y se enfada.
Así durante las 7 semanas, con las 7 piernas.
Ejemplos de propósitos:
Caminar derecho.
Trabajar en silencio.
Respetar el turno de palabra.
No pelearse ni pegarse en el patio ni en el parque.
Compartir los juguetes.
Ser ordenados con nuestras cosas.
Mantener limpia y recogida la clase del colegio o el aula de catequesis.
Ejemplos de premios:
Un sugus para cada uno.
Ver una película de dibujos.
Jugar con un juego nuevo del aula
Un lápiz nuevo para cada uno…
Material
Os presentamos el dibujo del personaje, se debe hacer grande para poder colgarlo en el corcho del aula.
Canción de la vieja cuaresma
Se canta con la música de la cucaracha, y lo hacemos cada vez que le quitamos una pierna.
Vieja cuaresma, vieja cuaresma ¡Ay! Que no puede caminar, Tiene muchas piernas y se tropieza, Entre todos la tenemos que ayudar. Y es que le tenemos, que quitar una, Una, una, una, una, Y es que le tenemos, que quitar una, Hasta que pueda caminar.
Tú que eres un ser humano, eres mi milagro. Y eres fuerte, capaz, inteligente y lleno de dones y talentos. Cuenta con tus dones y talentos. Entusiásmate con ellos. Reconócete. Encuéntrate. Acéptate. Anímate. Y piensa que desde este momento puedes cambiar tu vida para bien si te lo propones y te llenas de entusiasmo. Y sobre todo, si te das cuenta de toda la felicidad que puedes conseguir con solo desearlo.
Eres mi creación más grande. ¡Eres mi milagro!
No temas: comienza una nueva vida.
No te lamentes nunca. No te quejes. No te atormentes. No te deprimas. ¿Cómo puedes temer si eres mi milagro?
Estas dotado de poderes desconocidos para todas las criaturas del universo.
¡Eres ÚNICO!. Nadie es igual a ti. Solo en ti está aceptar el camino de la felicidad y enfrentarlo y seguir siempre adelante, hasta el fin, simplemente porque eres libre.
En ti esta el poder de no atarte a las cosas.
Las cosas no hacen la felicidad. Te hice perfecto para que aprovecharas tu capacidad y no para que te destruyeras con las tonterías.
Te di el poder de PENSAR. Te di el poder de IMAGINAR. Te di el poder de AMAR. Te di el poder de CURAR. Te di el poder de DETERMINAR. Te di el poder de PLANIFICAR. Te di el poder de REIR. Te di el poder de HABLAR. Te di el poder de ORAR… Y te situé por encima de los Ángeles, cuando te di el poder de elección. Te di el poder de elegir tu propio destino usando tu voluntad.
¿Qué has hecho de esas tremendas fuerzas que te di?
¡No importa! De hoy en adelante, olvida tu pasado usando sabiamente ese poder de ELECCIÓN.
Elige AMAR en lugar de ODIAR.
Elige REIR en lugar de LLORAR.
Elige CREAR en lugar de DESTRUIR.
Elige ALABAR en lugar de CRITICAR.
Elige PERSEVERAR en lugar de RENUNCIAR.
Elige ACTUAR en lugar de APLAZAR.
Elige CRECER en lugar de CONSUMIRTE.
Elige VIVIR en lugar de MORIR.
Elige BENDECIR en lugar de BLASFEMAR.
Y, aprende a sentir mi presencia en cada acto de tu vida.
Crece cada día un poco más en el optimismo y la esperanza. Deja atras los miedos y los sentimientos de derrota.
Yo estoy a tu lado siempre: LLÁMAME, BÚSCAME, ACUÉRDATE DE MI.
Vivo en ti desde siempre y siempre te estoy esperando para amarte.
Si has de venir hacia mí algún día … ¡Que sea en este momento!
Cada instante que vivas sin mí, es un instante que pierdes paz.
¡Trata de volverte niño: simple, inocente, generoso, con capacidad de asombro y capacidad para convertirte ante la maravilla de sentirte humano!
Porque puedes conocer mi amor, puedes sentir una lágrima, puedes comprender el dolor… ¡No te olvides que eres el milagro! Que te quiero feliz, con misericordia, con piedad, para que este mundo que transitas pueda acostumbrarse a reír, siempre que tú… aprendas a reír… eres mi milagro, entonces usa tus dones y cambia tu medio ambiente, contagiando esperanza y optimismo sin temor, por que… YO ESTOY A TU LADO.
Dios.
* * *
Versão em português
Que você é um ser humano, você é meu milagre. E você é forte, capaz, inteligente e cheio de dons e talentos. Ele tem seus dons e talentos. Entusiasmate com eles. Reconheça-se. Meet. Aceite-se. Anime-se. E você acha que a partir deste momento você pode mudar sua vida para melhor se você colocar sua mente e você está cheio de entusiasmo. E especialmente se você perceber toda a felicidade que você pode obter apenas por querer.
Você é a minha maior criação. Você é meu milagre!
Medo não começar uma nova vida.
Não lamentam nunca. Nâo se queixe. Mas não se estresse. Não fique deprimido. Como você pode ter medo se você é meu milagre?
Estes dotado de poderes desconhecidos a todas as criaturas no universo.
Você é único!. Ninguém é como você. É só você aceitar o caminho da felicidade e enfrentá-lo e seguir em frente até o fim, simplesmente porque eles estão livres.
Em que você é o poder não para amarrar as coisas.
As coisas não fazem a felicidade. Você fez perfeito para a sua capacidade e vai levar vantagem, não para vós para vos destruir com o absurdo.
Dei-te o poder de pensar. Dei-te o poder de imaginar. Dei-te o poder de amar. Dei-te o poder de curar. Eu dei-lhe o poder de determinar. Dei-te o poder de planejar. Dei-te o poder de rir. Dei-te o poder de falar. Eu dei-lhe o poder de rezar … E eu excedo Anjos, quando eu dei-lhe o poder de escolha. Dei-te o poder de escolher seu próprio destino usando a sua vontade.
O que você fez com essas forças tremendas que você deu?
Não importa! A partir de agora, esquecer de seu passado sabiamente usando esse poder de escolha.
Escolha AMAR, em vez de ódio.
Escolha rir em vez de lamentar.
Opte por criar, em vez de destruir.
Escolha louvor em vez de criticar.
Escolha perseverar em vez de sair.
Escolha a agir em vez de adiados.
Escolha crescer em vez de consumi-lo.
Escolha viver em vez de morrer.
ABENÇOE escolher em vez de blasfemar.
E aprender a sentir a minha presença em todos os atos de sua vida.
Cresce a cada dia um pouco mais de otimismo e esperança. Deixe para trás os medos e sentimentos de derrota.
Eu estarei sempre convosco: Chame-me, encontrar-me, lembro-me.
Eu vivo em você para sempre e sempre Eu estou esperando por amor.
Se você vir a mim um dia … É a esta hora!
Cada momento você viver sem mim, é um momento que você perde a paz.
Tente se tornar criança: simples, inocente, generoso, com sentimento de admiração e capacidade de se tornar a maravilha do sentimento humano!
Porque você pode saber meu amor, você pode sentir uma lágrima, você pode entender a dor … Não se esqueça que você é o milagre! Eu quero que você feliz, com compaixão, com piedade, por esta transitas mundo pode se acostumar a rir sempre que você … aprender a rir … você é meu milagre, em seguida, usar os seus dons e alterar seu ambiente, espalhando esperança e otimismo sem medo, porque … Eu estou ao seu lado.
Marcos 6, 7-13. Jueves de la 4.ª semana del Tiempo Ordinario. Los cristianos debemos hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, pero sin preocuparnos de tener éxito… el éxito se lo debemos dejar a Dios.
Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.
Primera lectura: Libro Primero de Reyes, 1 Re 2, 1-4.10-12
Salmo (tomado del Libro Primero de Crónicas): 1 Crón 29, 10.11-12
Oración introductoria
Señor, me presento ante Ti hambriento de las gracias que deseas darme en este momento de oración. Creo en tu bondad y quiero responder con generosidad a tu llamado de salir a predicar el arrepentimiento y tu Palabra porque te amo sobre todas las cosas.
Petición
Jesús, aumenta en mí el deseo de ser verdaderamente un apóstol de tu Evangelio.
Meditación del Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Ante todo deseo compartir con vosotros la alegría de haber estado, ayer y hoy, con una peregrinación especial del Año de la fe: la peregrinación de los seminaristas, novicios y novicias. Os pido que recéis por ellos, para que el amor por Cristo madure cada vez más en su vida y lleguen a ser auténticos misioneros del Reino de Dios.
El Evangelio de este domingo (Lc 10, 1-12.17-20) nos habla precisamente de esto: del hecho de que Jesús no es un misionero aislado, no quiere realizar solo su misión, sino que implica a sus discípulos. Y hoy vemos que, además de los Doce apóstoles, llama a otros setenta y dos, y les manda a las aldeas, de dos en dos, a anunciar que el Reino de Dios está cerca. ¡Esto es muy hermoso! Jesús no quiere obrar solo, vino a traer al mundo el amor de Dios y quiere difundirlo con el estilo de la comunión, con el estilo de la fraternidad. Por ello forma inmediatamente una comunidad de discípulos, que es una comunidad misionera. Inmediatamente los entrena para la misión, para ir.
Pero atención: el fin no es socializar, pasar el tiempo juntos, no, la finalidad es anunciar el Reino de Dios, ¡y esto es urgente! También hoy es urgente. No hay tiempo que perder en habladurías, no es necesario esperar el consenso de todos, hay que ir y anunciar. La paz de Cristo se lleva a todos, y si no la acogen, se sigue igualmente adelante. A los enfermos se lleva la curación, porque Dios quiere curar al hombre de todo mal. ¡Cuántos misioneros hacen esto! Siembran vida, salud, consuelo en la periferias del mundo. ¡Qué bello es esto! No vivir para sí mismo, no vivir para sí misma, sino vivir para ir a hacer el bien. Hay tantos jóvenes hoy en la Plaza: pensad en esto, preguntaos: ¿Jesús me llama a ir, a salir de mí para hacer el bien? A vosotros, jóvenes, a vosotros muchachos y muchachas os pregunto: vosotros, ¿sois valientes para esto, tenéis la valentía de escuchar la voz de Jesús? ¡Es hermoso ser misioneros! Ah, ¡lo hacéis bien! ¡Me gusta esto!
Estos setenta y dos discípulos, que Jesús envía delante de Él, ¿quiénes son? ¿A quién representan? Si los Doce son los Apóstoles, y por lo tanto representan también a los obispos, sus sucesores, estos setenta y dos pueden representar a los demás ministros ordenados, presbíteros y diáconos; pero en sentido más amplio podemos pensar en los demás ministerios en la Iglesia, en los catequistas, los fieles laicos que se comprometen en las misiones parroquiales, en quien trabaja con los enfermos, con las diversas formas de necesidad y de marginación; pero siempre como misioneros del Evangelio, con la urgencia del Reino que está cerca. Todos deben ser misioneros, todos pueden escuchar la llamada de Jesús y seguir adelante y anunciar el Reino.
Dice el Evangelio que estos setenta y dos regresaron de su misión llenos de alegría, porque habían experimentado el poder del Nombre de Cristo contra el mal. Jesús lo confirma: a estos discípulos Él les da la fuerza para vencer al maligno. Pero agrega: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10, 20). No debemos gloriarnos como si fuésemos nosotros los protagonistas: el protagonista es uno solo, ¡es el Señor! Protagonista es la gracia del Señor. Él es el único protagonista. Nuestra alegría es sólo esta: ser sus discípulos, sus amigos. Que la Virgen nos ayude a ser buenos obreros del Evangelio.
Queridos amigos, ¡la alegría! No tengáis miedo de ser alegres. No tengáis miedo a la alegría. La alegría que nos da el Señor cuando lo dejamos entrar en nuestra vida, dejemos que Él entre en nuestra vida y nos invite a salir de nosotros a las periferias de la vida y anunciar el Evangelio. No tengáis miedo a la alegría. ¡Alegría y valentía!
Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en misión. En efecto, el término «apóstoles» significa precisamente «enviados, mandados». Su vocación se realizará plenamente después de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés. Sin embargo, es muy importante que desde el principio Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» en vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llame a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: esto es, Él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden dar a su obra; conoce sus límites, sus debilidades, pero no los desprecia; es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados. Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios.
Recordar el salmo 23 cuando tenga problemas: «Nada temo porque Tú estás conmigo».
Diálogo con Cristo
Señor, te pedimos confiada y humildemente que nos ayudes a aceptar nuestra vocación al apostolado, porque queremos que muchas almas te conozcan, te amen y te alaben. Fortalécenos para que el egoísmo y la comodidad no nos impidan trabajar generosamente por la salvación de las almas.