por Guillermo Mirecki | 22 Abr, 2026 | Postcomunión Dinámicas
Libertad interior, testimonio público y martirio cristiano
1. Objetivo y valor catequético
Esta sesión busca formar en la familia una conciencia cristiana capaz de vivir la fe en lo público. San Jorge permite trabajar una cuestión central hoy: la separación entre fe privada y vida real. El objetivo no es admirar al mártir, sino comprender el proceso que lleva a ese testimonio: decisión interior, ruptura con el mundo cuando es necesario y fidelidad sostenida.
El valor catequético es especialmente alto porque se trata de un joven laico, inserto en estructuras sociales, no de un religioso apartado. Esto permite trasladar directamente su ejemplo a la vida familiar contemporánea.
2. Introducción
El cristiano contemporáneo no suele ser obligado a negar la fe explícitamente, pero sí a diluirla. Se le permite creer siempre que no moleste, no cuestione ni transforme su vida.
San Jorge muestra que esta posición es incompatible con el Evangelio. La fe, cuando es verdadera, termina manifestándose. Y cuando se manifiesta, entra en conflicto con el mundo.
3. Hagiografía con contexto histórico
San Jorge fue un joven cristiano, probablemente de origen capadocio, que sirvió como oficial en el ejército romano durante las persecuciones de finales del siglo III y comienzos del IV, en el contexto del emperador Diocleciano.
El Imperio exigía no solo obediencia civil, sino adhesión religiosa. La negativa cristiana no era vista como una opción privada, sino como una amenaza al orden público. En este marco, la fe se convierte en un acto público.
Jorge no se limita a resistir. Da un paso más: distribuye sus bienes y confiesa públicamente a Cristo. Este gesto es decisivo, porque rompe la falsa idea de una fe interior sin consecuencias externas.
Tras su arresto, es sometido a presiones. La tradición coincide en su firmeza. Finalmente es ejecutado. Su martirio no es un momento aislado, sino la culminación de una vida que ya había elegido.
La leyenda medieval del dragón puedes leerla aquí.
4. San Jorge, santo patrón por todo el mundo
La devoción a San Jorge se extiende desde el siglo IV, especialmente en Oriente, donde su culto está ampliamente documentado en Palestina y Asia Menor. Iglesias dedicadas a él aparecen ya en época constantiniana, lo que indica una veneración temprana.
En Occidente, su culto se difunde progresivamente a través de las rutas militares y peregrinaciones, alcanzando gran fuerza en la Edad Media. Inglaterra, por ejemplo, lo adopta como patrón nacional en el siglo XIV, no por la leyenda del dragón, sino como modelo de caballero cristiano fiel.
La expansión de su culto responde a un factor constante: su figura representa la victoria del cristiano sobre el mal mediante la fidelidad. La iconografía del dragón es una elaboración posterior que traduce simbólicamente esta realidad espiritual.
Su universalidad se explica porque su testimonio responde a una necesidad permanente de la Iglesia: formar cristianos capaces de resistir al mal sin renunciar a la verdad.
5. Virtudes y carismas
San Jorge permite trabajar tres dimensiones fundamentales:
Libertad interior: no depender del poder, del miedo ni de la aprobación social.
Fortaleza: sostener el bien en la dificultad.
Testimonio público: vivir la fe sin esconderla.
Estos tres ejes constituyen un programa formativo completo para la familia.
6. Profundización teológica y magisterial
«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará» (Mt 16,25, CEE). Esta palabra define el martirio: no es pérdida, sino ganancia en Cristo.
San Ignacio de Antioquía entiende el martirio como unión plena con Cristo. San Agustín enseña que no es la muerte la que hace al mártir, sino la causa. Santo Tomás afirma que el martirio es acto supremo de fortaleza porque sostiene el bien frente al mayor mal.
El Catecismo declara que el martirio es el testimonio supremo de la fe (CEC 2473). San Juan Pablo II lo presenta como realidad permanente de la Iglesia (VS 91). Benedicto XVI recuerda que la fe no es teoría, sino adhesión real. El papa Francisco habla de la necesidad de cristianos valientes en lo cotidiano.
San Jorge encarna esta teología: fe que se hace acto.
7. Lectura catequética de las imágenes

Esta imagen no debe presentarse como una escena de generosidad, sino como un momento de ruptura interior. San Jorge no está haciendo una obra buena más, sino que está reorganizando toda su vida a partir de la verdad que ha reconocido. Este es el punto catequético clave: la fe verdadera no añade cosas a la vida, la reordena completamente.
El catequista no debe comenzar explicando, sino provocando silencio. Se deja a la familia mirar durante unos instantes sin intervención. Después, se introduce lentamente la escena con una pregunta que no sea superficial: “¿Qué está perdiendo realmente San Jorge aquí?”. Esta pregunta debe sostenerse en silencio, sin precipitar respuestas.
Cuando comienzan a surgir respuestas, el catequista reconduce: no basta decir “sus bienes”; hay que ayudar a nombrar lo profundo: seguridad, posición, futuro, reconocimiento. Es importante que el catequista diga con claridad: “Este momento ya es martirio. No el de sangre, pero sí el de la decisión interior”.
Para los padres, este momento es especialmente importante. Deben implicarse personalmente, no como observadores. El catequista puede dirigirse a ellos directamente: “¿Qué decisiones estáis aplazando en vuestra vida cristiana que sabéis que deberíais tomar?”. Esto sitúa la catequesis en un plano real.
Para los jóvenes, la clave es romper la excusa del futuro: “ya cambiaré”, “cuando sea mayor”. El catequista debe decir con claridad: “San Jorge no esperó a otro momento mejor. El momento era este”. Para los niños, se traduce en una formulación sencilla pero verdadera: “hacer lo que está bien cuando sabes que está bien”.
El objetivo de esta primera imagen no es comprender, sino identificar una llamada concreta de Dios en la propia vida. Si esto no ocurre, la imagen ha sido mal trabajada.

Esta imagen debe leerse desde un contraste: la violencia exterior y la paz interior del santo. El error catequético habitual es centrarse en el sufrimiento; aquí hay que centrar la mirada en la serenidad. La pregunta clave no es “¿qué le hacen?”, sino “¿por qué está así?”.
El catequista debe conducir con precisión: “Fijaos en su rostro. No hay rabia, no hay desesperación. ¿De dónde sale esta paz?”. Esta pregunta abre el núcleo teológico: la libertad cristiana no depende de las circunstancias, sino de la verdad vivida.
En este punto es importante introducir una afirmación fuerte, sin rebajarla: “El mundo puede presionar, pero no puede obligar a la conciencia”. Esta frase debe ser dicha lentamente, dejando que cale.
Para los padres, esta imagen permite trabajar un punto decisivo: no educar solo para evitar el mal, sino para sostener el bien en la dificultad. El catequista puede interpelar: “¿Estamos educando a nuestros hijos para que resistan cuando la fe tenga un coste?”.
Para los jóvenes, el enfoque debe ser muy concreto: presión social, miedo al rechazo, necesidad de encajar. El catequista debe nombrarlo directamente: “Cuando callas tu fe por miedo, estás empezando a perder esta libertad interior”.
Para los niños, se traduce en experiencias cercanas: decir la verdad, no seguir al grupo cuando hacen algo mal, no avergonzarse de rezar.
El objetivo de esta imagen es que cada miembro de la familia identifique dónde pierde su libertad por miedo o presión. Sin este paso, la catequesis no entra en la vida real.

Esta imagen no es decorativa ni simplemente devocional. Es una síntesis teológica. Representa el resultado de una vida unificada por la fidelidad. La alegría del santo no es emocional, sino fruto de la verdad vivida hasta el final.
El catequista debe evitar explicaciones superficiales. No se trata de decir “está en el cielo”, sino de mostrar el proceso: la paz final nace de decisiones verdaderas sostenidas en el tiempo.
Se puede introducir con una afirmación clara: “San Jorge no es feliz porque ha sufrido, sino porque ha sido fiel”. Esta distinción es fundamental para evitar interpretaciones erróneas del martirio.
Para los padres, esta imagen permite trabajar la visión a largo plazo de la vida cristiana: no educar solo para el bienestar inmediato, sino para la verdad. Para los jóvenes, se debe insistir en que la felicidad no está en evitar el conflicto, sino en vivir con coherencia. Para los niños, se puede formular así: “cuando haces siempre lo correcto, acabas en paz”.
El catequista debe cerrar este bloque con una pregunta directa que prepare las actividades: “Si hoy tuvieras que elegir entre quedar bien o ser fiel, ¿qué elegirías?”. Esta pregunta no se responde en voz alta necesariamente; debe quedar resonando.
El objetivo final de esta imagen es que la familia comprenda que la santidad no es un ideal lejano, sino el resultado concreto de decisiones vividas en el presente.
8. Desarrollo de la sesión (60 min)
Este desarrollo no es una sucesión de dinámicas, sino un itinerario espiritual progresivo que lleva de la toma de conciencia a la decisión concreta. El catequista debe sostener el ritmo, evitando tanto la prisa como la dispersión. Cada actividad prepara la siguiente.
Actividad 1: Reconocer la llamada concreta de Dios
- Duración: 15 minutos
- Materiales: Imagen 1
- Objetivo: ayudar a cada miembro de la familia a identificar una llamada concreta de Dios en su vida actual
Desarrollo:
Se comienza en silencio real. El catequista indica con sobriedad: “Miramos sin hablar. No es una imagen para comentar, sino para escuchar”. Este silencio debe durar al menos un minuto completo, sin interrumpirse.
Después introduce lentamente la escena: “San Jorge está tomando una decisión. No es una emoción, es una elección. Vamos a preguntarnos qué está pasando realmente aquí”.
Se lanza la primera pregunta: “¿Qué está dejando?”. Cuando aparezcan respuestas superficiales, el catequista profundiza: “No solo cosas… ¿qué pierde por dentro?”. Debe ayudar a nombrar: seguridad, control, reconocimiento, comodidad.
En este punto el catequista introduce la clave: “Dios también te pide cosas concretas. No en general. Hoy”.
Se da un breve tiempo personal (2-3 minutos) donde cada uno debe pensar en silencio una situación concreta de su vida.
Intervención del catequista:
El catequista debe evitar respuestas abstractas. Si alguien dice “ser mejor”, reconduce inmediatamente: “Eso no es concreto. ¿Qué tienes que hacer exactamente?”. Si hay bloqueo, puede ofrecer ejemplos reales (perdonar, dejar un hábito, rezar, decir la verdad, ordenar una relación…).
Implicación de los padres:
Es clave que los padres participen en primera persona. El catequista puede decir directamente: “Si vosotros no respondéis en serio, vuestros hijos no lo harán”. Esto debe hacerse con serenidad, pero con firmeza.
Adaptación:
- Niños: identificar una acción sencilla (obedecer, decir la verdad, ayudar en casa)
- Jóvenes: decisiones más profundas (uso del tiempo, relaciones, fe visible)
Resultado verificable:
Cada participante debe poder formular una frase concreta: “Dios me está pidiendo…”. Si no se puede formular, la actividad no ha alcanzado su objetivo.
Actividad 2: Descubrir las resistencias reales
- Duración: 15 minutos
- Materiales: Imagen 2
- Objetivo: identificar los obstáculos interiores que impiden responder a la gracia
Desarrollo:
Se observa la imagen del martirio. El catequista dirige la atención al rostro del santo: “Mirad su paz. No está huyendo. No está negociando”.
Se formula la pregunta clave: “Si tú estuvieras ahí, ¿qué te haría ceder?”. Esta pregunta debe incomodar ligeramente. No se debe suavizar.
Se da un breve silencio. Después se ayuda a poner nombre a las resistencias: miedo, comodidad, necesidad de aprobación, pereza espiritual, apego.
El catequista introduce una afirmación fuerte: “El problema no es que no sepamos el bien, sino que no queremos pagar su precio”.
Intervención del catequista:
Debe evitar moralismos genéricos. Si alguien responde con evasivas, se concreta: “¿Qué miedo concreto tienes?”. Si hay justificaciones, se reconduce: “Eso explica, pero no justifica”.
Implicación de los padres:
Se invita a los padres a verbalizar una dificultad real delante de sus hijos (con prudencia). Esto tiene un valor formativo enorme: muestra que la fe se lucha.
Adaptación:
- Niños: miedo a equivocarse o a ser castigados
- Jóvenes: miedo al rechazo, a no encajar, a perder imagen
Resultado verificable:
Cada participante debe identificar al menos una resistencia concreta: “Me cuesta porque…”.
Actividad 3: Tomar una decisión real y concreta
- Duración: 20 minutos
- Materiales: ninguno necesario
- Objetivo: pasar de la reflexión a una decisión concreta verificable
Desarrollo:
El catequista introduce con claridad: “Si esto se queda en pensar, no sirve. La fe se mide en decisiones”.
Cada participante debe formular una acción concreta que realizará en un plazo cercano (24-72 horas). Se da tiempo para pensar y escribir si es posible.
Se insiste en que la acción sea verificable: “Si no se puede comprobar, no es real”.
Intervención del catequista:
Debe revisar las propuestas. Si son vagas, las concreta: “¿Cuándo exactamente?” “¿Cómo exactamente?”. Si son irreales, las ajusta: “Empieza por algo que puedas cumplir”.
Implicación de los padres:
Se invita a los padres a acompañar el cumplimiento durante la semana. No como control, sino como ayuda.
Adaptación:
- Niños: acciones muy concretas y simples
- Jóvenes: decisiones más exigentes, pero realistas
Resultado verificable:
Cada participante expresa una acción concreta con tiempo definido.
Actividad 4: Comprender el sentido de la fidelidad
- Duración: 10 minutos
- Materiales: Imagen 3
- Objetivo: comprender que la fidelidad conduce a la paz interior y a la verdadera felicidad
Desarrollo:
Se contempla la imagen final. El catequista introduce: “San Jorge no es feliz porque todo le ha ido bien, sino porque ha sido fiel”.
Se ayuda a conectar: “La paz que ves aquí empieza en decisiones como las que acabas de tomar”.
Intervención del catequista:
Debe evitar sentimentalismos. No se trata de emoción, sino de verdad vivida. Puede decir: “La felicidad cristiana no es comodidad, es coherencia”.
Implicación de los padres:
Se invita a reforzar en casa la relación entre decisión y paz interior.
Resultado verificable:
La familia comprende que la santidad no es ideal abstracto, sino proceso real.
9. Lectio divina guiada
Esta lectio divina no es un momento devocional añadido, sino el corazón espiritual de la sesión. Aquí la familia no reflexiona sobre San Jorge, sino que escucha la misma palabra que sostuvo su testimonio. El catequista debe cuidar el ritmo, los silencios y evitar cualquier prisa. Es fundamental crear un clima de recogimiento real.
Texto proclamado (Evangelio según san Mateo 10, 28–33, Biblia CEE):
«No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden dos gorriones por un as? Y, sin embargo, ni uno solo cae a tierra sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones.
A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».
1. Preparación (catequista)
El catequista introduce con sobriedad, sin explicaciones largas: “Ahora no vamos a hablar de Dios, vamos a escucharle. Esta palabra es para nosotros hoy”. Se invita a una postura recogida. Es importante pedir silencio exterior real.
Puede ayudar una indicación concreta: cerrar los ojos o fijar la mirada en un punto. El catequista debe marcar el tono: voz pausada, sin dramatismos, pero con gravedad.
2. Lectura (lectio)
El texto se proclama lentamente una primera vez. No se interrumpe. El catequista debe vocalizar bien, respetando pausas naturales.
Tras la primera lectura, se deja un silencio real de al menos un minuto. No se rellena. El silencio es parte de la lectio.
Se proclama una segunda vez. Esta vez el catequista puede indicar antes: “Escucha qué palabra te llama más la atención”.
3. Meditación guiada (meditatio)
Aquí comienza el acompañamiento real. El catequista no explica el texto, sino que ayuda a entrar en él.
Se formulan preguntas lentamente, dejando pausas entre ellas:
“¿Dónde aparece el miedo en tu vida?”
“¿Qué es lo que más temes perder?”
“¿En qué momentos te cuesta mostrar tu fe?”
Después se introduce la clave del texto: “A quien se declare por mí ante los hombres…”.
El catequista debe decir con claridad: “San Jorge vivió exactamente esta palabra. No la explicó: la vivió”.
Se da un tiempo breve de silencio para interiorizar.
Orientación al catequista:
No permitir respuestas genéricas. Si alguien responde en abstracto, se concreta: “¿Cuándo exactamente te pasa eso?”. Si hay superficialidad, se reconduce con calma pero con firmeza.
Orientación para los padres:
Se les invita a hacer explícito delante de sus hijos algún momento en que les cuesta vivir la fe. Esto tiene un valor formativo decisivo: muestra que la fe es real y se lucha.
Adaptación:
- Niños: “¿Cuándo te da vergüenza hacer algo bueno?”
- Jóvenes: presión social, miedo al rechazo, incoherencias
4. Oración (oratio)
Se pasa a un momento de oración personal breve. El catequista guía con una frase sencilla:
“Dile al Señor lo que te cuesta y pídele ayuda para ser fiel”.
Se puede dejar un minuto de silencio. No se fuerza a hablar en voz alta.
Después, el catequista puede recoger con una oración breve en voz alta:
“Señor, danos la valentía de reconocerte sin miedo, como lo hizo san Jorge”.
5. Contemplación (contemplatio)
Se invita a permanecer en silencio, sin pensar activamente. El catequista puede decir:
“Mira a Cristo que te mira. No tienes que hacer nada más”.
Este momento debe ser breve pero real (1-2 minutos).
6. Resolución (actio)
Se conecta directamente con la actividad anterior. El catequista formula con claridad:
“Esta palabra se cumple o no se cumple. ¿Qué vas a hacer hoy para no negar a Cristo?”
Cada participante retoma su decisión concreta y la reafirma interiormente.
Resultado verificable:
La lectio no termina en emoción, sino en decisión. Cada miembro de la familia debe salir con una acción concreta vinculada a la fidelidad en la fe.
10. Aplicación familiar
La catequesis no termina en la sesión. Si no se prolonga en la vida familiar, pierde su eficacia. Este momento es decisivo: aquí se traduce lo vivido en un camino concreto.
La familia debe entender que San Jorge no es un modelo extraordinario inalcanzable, sino una referencia para vivir la fe en lo cotidiano. La clave no está en hacer grandes cosas, sino en no separar la fe de la vida real.
Se propone que durante la semana cada miembro de la familia retome la decisión concreta que ha formulado en la sesión y la viva conscientemente. No basta con recordarla: debe verificarse.
Los padres tienen una responsabilidad fundamental: acompañar sin sustituir. No se trata de controlar, sino de ayudar a que la decisión se mantenga. Puede ser útil dedicar un breve momento durante la semana (por ejemplo, después de la cena) para preguntar con naturalidad: “¿Cómo estás viviendo lo que decidiste?”. Este gesto, sencillo pero constante, crea un hábito espiritual real.
Para los jóvenes, es importante insistir en la visibilidad de la fe. Se les puede animar a no ocultar signos sencillos: una oración, una postura, una decisión distinta al grupo. El objetivo no es provocar, sino no avergonzarse de Cristo.
Para los niños, la aplicación debe ser concreta y cercana: obedecer con prontitud, decir la verdad, ayudar sin que se lo pidan. Es importante que los padres reconozcan explícitamente estos actos: esto refuerza la conexión entre fe y vida.
El catequista debe recordar a la familia que la fidelidad no se mide en intensidad emocional, sino en perseverancia. Una decisión pequeña, vivida con constancia, tiene más valor formativo que un entusiasmo pasajero.
11. Oraciones finales
Oración personal
Señor Jesucristo,
Tú conoces mi miedo y mis resistencias.
Sabes cuándo callo, cuándo aplazo, cuándo cedo.
No quiero seguir viviendo una fe escondida.
Dame la valentía de reconocerte en mi vida concreta,
de elegirte cuando cuesta,
de permanecer cuando es difícil.
Que no me avergüence de Ti,
y que Tú no tengas que avergonzarte de mí.
Amén.
Oración familiar
Padre santo,
haz de nuestra familia un lugar donde la fe se viva de verdad.
Que no separemos lo que creemos de lo que hacemos.
Danos unidad, fortaleza y sinceridad.
Que sepamos sostenernos unos a otros en el bien,
corregirnos con caridad
y caminar juntos hacia Ti.
Amén.
Oración a san Jorge
San Jorge, testigo valiente de Cristo,
tú que no escondiste tu fe
y permaneciste firme hasta el final,
enséñanos a vivir con libertad interior,
a no ceder ante el miedo,
a no callar cuando debemos hablar,
y a ser fieles en lo pequeño y en lo grande.
Intercede por nuestras familias,
para que vivamos en la verdad
y caminemos con firmeza hacia Dios.
Amén.
12. Conclusión
San Jorge no es simplemente un mártir del pasado, sino una llamada actual para la Iglesia. Su vida muestra que la fe no puede reducirse a lo interior ni a lo privado. Cuando es verdadera, se manifiesta, y cuando se manifiesta, exige.
La enseñanza central de esta sesión es clara: la fe se pierde cuando se oculta y se fortalece cuando se vive. No hay término medio estable.
La familia cristiana está llamada a ser el primer lugar donde esta coherencia se aprende y se vive. No mediante discursos, sino mediante decisiones visibles, sostenidas en el tiempo.
San Jorge no fue fiel en un momento aislado, sino en una trayectoria. Esa es la verdadera clave catequética: no buscar momentos heroicos, sino formar una vida coherente.
La pregunta final que debe quedar en el corazón de cada miembro de la familia es sencilla y exigente a la vez: ¿Dónde estoy ocultando mi fe, y qué voy a hacer desde hoy para vivirla con verdad?
por Fernando Pérez Rodríguez-Aragón | Blog de Amigos del Museo de Valladolid | 21 Sep, 2025 | Confirmación Vida de los Santos
San Mauricio es uno de los santos más populares en Europa occidental, existiendo más de 650 lugares sagrados que llevan su nombre. A lo largo de la Edad Media, San Mauricio fue el santo patrono de varias dinastías europeas, así como de los emperadores del Sacro Imperio Romano-Germánico, muchos de los cuales fueron ungidos ante el altar de San Mauricio, en San Pedro de Roma.
San Mauricio era un oficial romano que mandaba la Legión Tebana (o Tebea), así llamada por estar formada por soldados originarios de la provincia de la Tebaida, en el Alto Egipto, los cuales eran cristianos.
Esta unidad militar habría sido desplazada hasta la Galia para combatir en una de las campañas militares del emperador Maximiano Hercúleo (285-305). Sin embargo, una vez cruzados los Alpes por el paso del Gran San Bernardo, cuando la Legión Tebana se hallaba acantonada en un lugar llamado Acaunum (Agaune, hoy Saint-Maurice, en el cantón suizo de Valais), el emperador ordenó ejecutar a la totalidad de sus efectivos, cuando éstos se negaron por razones religiosas a cumplir una orden imperial.
La fecha exacta de la ejecución y cuál fuera el mandato imperial que San Mauricio y el resto de los militares tebanos se negaron a obedecer difieren según las dos versiones que existen de la historia.
Según el relato de la Passio Acaunensium martyrum (o Pasión de los mártires de Agaune), obra escrita por el obispo Euquerio de Lyon hacia los años 430-440, y conservada en un manuscrito de los siglos VI-VII, la Legión Tebana habría sufrido el martirio en el marco de la Gran Persecución contra los cristianos, en el año 303, por negarse a empuñar las armas contra sus hermanos de fe.
El emperador Maximiano les pidió que recapacitasen y, como los Tebanos persistieran en su actitud, la legión fue diezmada (matando a un soldado de cada diez) dos veces, acabaría por ser masacrada en su totalidad, incluyendo a sus oficiales Mauricio, Exuperio y Cándido. Con posterioridad, un veterano llamado Víctor que confesó que también él era cristiano y corrió la misma suerte.
Sin embargo, una antigua tradición local de Agaune conservada en la versión anónima de la Pasión de San Mauricio, la denominada Passio interpolata (o anónima) señala que la Legión Tebana habría ido a la Galia para reprimir una revuelta campesina conocida como “de los Bagaudas”, lo cual situaría el martirio en el año 286. Según este texto, que se remonta al último cuarto del siglo V, aunque la versión conservada más antigua data de los siglos IX-X, el crimen de la Legión Tebana fue negarse a participar en los sacrificios paganos previos a la entrada en combate.
La Passio Interpolata había sido considerada tradicionalmente como una simple variante de la narración de Eucherio, ya que contiene amplios extractos de la misma (de ahí lo de interpolada). Sin embargo, en la actualidad, se considera que los dos relatos estarían fundados en dos tradiciones orales distintas, preexistentes a su puesta por escrito en el siglo V. Ambas versiones de la Pasión de los mártires Tebanos tuvieron luego una historia compleja, con numerosos añadidos e interpolaciones. De su enorme éxito da testimonio la gran cantidad de manuscritos y versiones de ambas que han llegado hasta nosotros.
Euquerio menciona también el establecimiento del culto por el obispo Teodoro años atrás: Teodoro (atestiguado entre 381-393 y venerado hoy por la religión católica como San Teódulo) era el obispo de Octodurus (Martigny, Suiza) y había tenido una revelación: en una localidad cercana llamada Acaunum, al pie de un acantilado situado en una garganta del curso alto del río Ródano, yacían los cuerpos de un grupo de soldados cristianos originarios de Tebas, en el Alto Egipto, que habían sido ejecutados por orden del emperador Maximiano. El obispo Teodoro mandó excavar en el sitio que le había sido revelado, encontrando las tumbas de los mártires. Tras el hallazgo, Teodoro erigió una basílica sobre sus restos. Durante su construcción se produjo un milagro: un obrero que era pagano se convierte al cristianismo tras una aparición de los mártires. Se ha supuesto que Teodoro pudo haber estado inspirado por el ejemplo de San Ambrosio, el obispo de Milán, descubridor de los restos de los mártires, Gervasio y Protasio.
Junto a la Passio de Euquerio se ha conservado una carta dirigida por el autor a un obispo llamado Salvio (que sería un sucesor de Teodoro); dicha epístola proporciona el marco histórico y geográfico de los acontecimientos.
En ella se alude a que por aquel entonces (mediados del siglo V) ya existía en Agaune un culto organizado a San Mauricio y sus compañeros. En la carta Eucherio dice que él había puesto por escrito la historia, tal y cómo le había sido narrada por ciertos informantes (a los que califica de “idonei auctores”), a quiénes a su vez se la había relatado Isaac, obispo de Ginebra.
El debate acerca de la historicidad de San Mauricio y la Legión Tebana ha hecho correr ríos de tinta. Desde hace siglos, eruditos e historiadores del cristianismo y del ejército romano se han devanado los sesos, tanto para señalar los anacronismos e incongruencias presentes en el relato de Euquerio, como para intentar, por el contrario, rescatar todo lo que pudiera haber de cierto en la leyenda de la Legión Tebana. Se ha olvidado a menudo que una Passio de un mártir es un tipo de obra literaria un tanto particular: se trata de la redacción escrita de un relato transmitido oralmente a partir del testimonio original de los testigos del acontecimiento. Pese a su pretensión de historicidad, la tradición oral puede ser más o menos rigurosa con las circunstancias y los detalles. En el caso de la Pasión de los Mártires de Agaune, se ha señalado una serie de pretendidas incongruencias, entre ellas que el lugar del martirio (la región alpina) y la identificación de los legionarios como Tebanos (esto es, provenientes de Egipto) resultaban difícilmente conciliables. También se ha indicado que los rangos de los tres comandantes romanos resultaban más propios de la caballería que no de la infantería legionaria. Sería igualmente anacrónica la afirmación de Euquerio de que la legión fue diezmada dos veces, antes de ser masacrada por completo, o de que los efectivos de la legión sumaban la cifra de 6.600 hombres. Recientemente se ha señalado que hay que distinguir entre “la verdad de la historia”, tradicional foco de atención, y “la verdad que existe detrás de la historia”.
La Arqueología ha localizado en el sitio conocido como “Le Martholet”, en las inmediaciones de la abadía de Saint-Maurice de Agaune, una necrópolis tardorromana y, sobre una de las tumbas, los restos de la capilla edificada por Teodoro a finales del siglo IV; también se ha encontrado la basílica adosada a la roca que Eucherio describía en el siglo V, y se ha podido estudiar la evolución de este santuario a lo largo de la Alta Edad Media. Por otro lado, las circunstancias del descubrimiento de los restos de los mártires por Teodoro (revelatio e inventio) encajan perfectamente en las formas del culto de los Santos con que los obispos de la Antigüedad Tardía fueron sustituyendo los cultos paganos.
Por lo que respecta al problema de la presencia de una unidad militar “tebana” en la Galia, ninguna unidad militar del Alto Imperio llevó dicho apelativo. No obstante, se ha señalado la existencia de testimonios, fechados en torno al año 270, de la presencia en la Galia de destacamentos de la Legio secunda Traiana fortis, la legión encargada del control de Egipto durante los siglos II y III.
Sin embargo, en la Notitia Dignitatum tam civilium quam militarium, copia medieval de un documento oficial romano que contenía la relación de los cargos oficiales del Imperio y la distribución de sus tropas a finales del siglo IV, aparecen varias legiones que son calificadas de “tebanas”. A juzgar por sus nombres, dos de ellas, la Tertia Diocletiana Thebaeorum y la Prima Maximiana Thebaeorum remontarían su origen a la época del martirio, que Euquerio sitúa durante el reinado conjunto de los emperadores Diocleciano y Maximiano. Estas legiones estaban acantonadas en el Alto Egipto bajo el mando del dux Thebaidos. Sin embargo, dos destacamentos de estas mismas unidades aparecen entre las legiones comitatenses estacionadas en los Balcanes, bajo el mando del magister militum (generalísimo) de Tracia.
Gracias a una inscripción hallada en la propia Tebas sabemos que otra de las legiones posteriormente calificadas de “tebanas”, la II Flavia Constantia Thebaeorum, participó en época de Diocleciano en la construcción de la base principal de las legiones romanas destacadas en la provincia de la Tebaida, adaptando para ello el templo faraónico de Luxor. Como quiera que la III Diocletiana en la época del martirio aún no se había convertido en “tebana” pues estaba acantonada en el delta del Nilo, en el Bajo Egipto, se ha establecido que las dos legiones tebanas originarias serían la I Maximiana y la II Flavia Constantia, así llamadas en honor de los dos Césares (o vice-emperadores) de la Tetrarquía: Maximiano Hercúleo y Flavio Constancio. Posteriormente sería también la base de la III Diocletiana en la Tebaida.
A raíz de la estancia de Diocleciano en Egipto, el edificio del templo faraónico de Luxor fue incorporado en una fortificación de adobe con torres salientes, de planta cuadrada en las esquinas y semicircular a lo largo de los lienzos. El circuito murado encierra 3,72 Ha., espacio suficiente para albergar dos legiones en el Bajo Imperio. Sabemos relativamente poco de la disposición interna de la fortaleza, pero quedan restos de dos tetrástylos (monumentos formados por cuatro columnas).
En la antecámara del templo de Amón en Luxor, reconvertida encapilla para los estandartes militares o insignias de las legiones, quedan restos de pinturas murales que puede que representen el adventus o procesión de llegada de Diocleciano. En un nicho aparecen representados los cuatro emperadores que reinaban entonces sobre el mundo romano: en el centro los dos Augustos, Diocleciano y Maximiano, flanqueados por sus Césares, Galerio y Constancio Cloro, padre del futuro emperador Constantino.
Especial interés tiene para nosotros la mención en la Notitia Dignitatum de la existencia de una unidad militar, la legio palatina de los Thebaei , estacionada en Italia a finales del siglo IV, bajo el mando del magister peditum praesentalis (general de infantería del ejército móvil de campaña, en presencia del emperador). El hecho de que la Pasión de los Mártires de Agaune diga que San Mauricio mandaba una legión llamada Thebaei ha hecho pensar a algunos historiadores que el descubrimiento del obispo Teodoro pudo tener una intencionalidad política. Según algunos autores, Teodoro, el obispo de Octodurus, habría aprovechado el hallazgo de los cuerpos de los mártires para, reelaborando la historia de un mártir sirio llamado San Mauricio de Apamea, para influir sobre los Thebaei contemporáneos.
Recientemente otros investigadores han señalado la posibilidad de que Mauricio fuera en realidad el nombre del comandante de los Thebaei acantonados en Italia en el siglo IV. Éstos constituirían una nueva unidad formada por contingentes sacados de las dos legiones “tebanas” estacionadas en Tracia, la I Maximiana Thebaeorum y III Diocletiana Thebaeorum, y habrían venido a Italia para combatir contra un usurpador (o bien en el año 388 contra Magno Máximo, o en 391 contra Eugenio).
Su comandante podría ser un cierto Flavio Mauricio v(ir) c(larissimus) com(es) ord(inis) prim(i) et dux, que aparece mencionado en una inscripción hallada en Syenne (Asuán) que, por su dedicación a los emperadores Valentiniano, Valente y Graciano, debe ser fechada entre 367 y 375. Se ha supuesto que este Mauricio pudiera haber sido el dux Thebaidos (general en jefe de la Tebaida); aunque posteriormente se ha sabido que se trataba del comes rei militaris Aegypto, la más alta autoridad militar de Egipto (comúnmente referida como dux Aegypti), pues como tal figura en un papiro de Oxyrhinchos, fechado el 3 de agosto de 375, pronunciando una sentencia. Se ha sugerido que Flavio Mauricio pudiera haber acompañado a las dos legiones “tebanas” en su viaje hasta los Balcanes (circa 380) y, quizá, luego a los Thebaei hasta Italia.
Según este razonamiento, el obispo Teodoro habría elegido el nombre de Mauricio para capitanear a sus recién descubiertos mártires en deferencia al general que mandaba a las tropas tebanas estacionadas contemporáneamente cerca de Octodurus. Su intención sería convencer a estos Thebaei de que no aceptaran al usurpador Eugenio como nuevo emperador en el año 392, demostrándoles con el ejemplo de los mártires Tebanos que los cristianos no estaban obligados a combatir contra otros cristianos por un emperador (en este caso, un usurpador) pagano.
Inspirada en una tradición anterior o revelada a Teodoro junto con la existencia de los cuerpos de los mártires, la leyenda y el culto de la Legión Tebana no dejó de desarrollarse a partir de finales del siglo IV, convirtiéndose su basílica en un lugar de peregrinación. En la primera mitad del siglo V su fama había alcanzado hasta Lyon, siguiendo el curso del Ródano. Esto movió a Euquerio, el obispo de esta ciudad, a recabar información sobre su historia para poder ofrecer a los Santos Mártires de Agaune un relato retórico embellecido para que, a partir de entonces, fuera leído cada año, el día 22 de septiembre, en conmemoración de su martirio.
por Catequesis en Familia | 27 Jul, 2016 | La Biblia
Marcos 6, 17-25.27-29. Martirio de san Juan Bautista. Juan el Bautista fue un hombre que se negó a sí mismo, para que la palabra creciera.
Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le aseguró bajo juramento: «Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella fue a preguntar a su madre: «¿Qué debo pedirle?». «La cabeza de Juan el Bautista», respondió esta. La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: «Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan. El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre. Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.
Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede
Lecturas
Primera lectura: Libro de Jeremías, Jer 1, 17-19
Salmo: Sal 71(70), 1-6.15.17
Oración introductoria
Señor, creo que quieres tener este momento de oración conmigo, no porque a Ti te haga falta sino porque quieres acompañarme y mostrarme el camino que debo seguir hoy. El espejismo de lo que me aleja de tu verdad es muy atrayente, no permitas que me deje seducir como Herodes.
Petición
Jesús, dame la gracia de escuchar hoy claramente tu verdad.
Meditación del Santo Padre Francisco
Una Iglesia inspirada en la figura de Juan el Bautista: que «existe para proclamar, para ser voz de una palabra, de su esposo que es la palabra» y «para proclamar esta palabra hasta el martirio» a manos «de los más soberbios de la tierra». Es la línea que trazó el Santo Padre en la misa del 24, fiesta litúrgica del nacimiento del santo a quien la Iglesia venera como «el hombre más grande nacido de mujer».
La reflexión del Papa se centró en el citado paralelismo, porque «la Iglesia tiene algo de Juan», si bien —alertó enseguida— es difícil delinear su figura. «Jesús dice que es el hombre más grande que haya nacido». He aquí entonces la invitación a preguntarse quién es verdaderamente Juan, dejando la palabra al protagonista mismo. Él, en efecto, cuando «los escribas, los fariseos, van a pedirle que explique mejor quién era», responde claramente: «Yo no soy el Mesías. Yo soy una voz, una voz en el desierto». En consecuencia, lo primero que se comprende es que «el desierto» son sus interlocutores; gente con «un corazón sin nada». Mientras que él es «la voz, una voz sin palabra, porque la palabra no es él, es otro. Él es quien habla, pero no dice; es quien predica acerca de otro que vendrá después». En todo esto —explicó el Papa— está «el misterio de Juan» que «nunca se adueña de la palabra; la palabra es otro. Y Juan es quien indica, quien enseña», utilizando los términos «detrás de mí… yo no soy quien vosotros pensáis; viene uno después de mí a quien yo no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias». Por lo tanto, «la palabra no está», está en cambio «una voz que indica a otro». Todo el sentido de su vida «está en indicar a otro».
Prosiguiendo su homilía, el Papa Francisco puso de relieve que la Iglesia elige para la fiesta de san Juan «los días más largos del año; los días que tienen más luz, porque en las tinieblas de aquel tiempo Juan era el hombre de la luz: no de una luz propia, sino de una luz reflejada. Como una luna. Y cuando Jesús comenzó a predicar», la luz de Juan empezó a disiparse, «a disminuir, a desvanecerse». Él mismo lo dice con claridad al hablar de su propia misión: «Es necesario que Él crezca y yo mengüe».
«Voz, no palabra; luz, pero no propia, Juan parece ser nadie», sintetizó el Pontífice. He aquí desvelada «la vocación» del Bautista —afirmó—: «Rebajarse. Cuando contemplamos la vida de este hombre tan grande, tan poderoso —todos creían que era el Mesías—, cuando contemplamos cómo esta vida se rebaja hasta la oscuridad de una cárcel, contemplamos un misterio» enorme. En efecto —prosiguió— «nosotros no sabemos cómo fueron» sus últimos días. Se sabe sólo que fue asesinado y que su cabeza acabó «sobre una bandeja como gran regalo de una bailarina a una adúltera. Creo que no se puede descender más, rebajarse». Sin embargo, sabemos lo que sucedió antes, durante el tiempo que pasó en la cárcel: conocemos «las dudas, la angustia que tenía»; hasta el punto de llamar a sus discípulos y mandarles «a que hicieran la pregunta a la palabra: ¿eres tú o debemos esperar a otro?». Porque no se le ahorró ni siquiera «la oscuridad, el dolor en su vida»: ¿mi vida tiene un sentido o me he equivocado?
En definitiva —dijo el Papa—, el Bautista podía presumir, sentirse importante, pero no lo hizo: él «sólo indicaba, se sentía voz y no palabra». Este es, según el Papa Francisco, «el secreto de Juan». Él «no quiso ser un ideólogo». Fue un «hombre que se negó a sí mismo, para que la palabra» creciera. He aquí entonces la actualidad de su enseñanza, subrayó el Santo Padre: «Nosotros como Iglesia podemos pedir hoy la gracia de no llegar a ser una Iglesia ideologizada», para ser en cambio «sólo la Dei Verbum religiose audiens et fidenter proclamans», dijo citando el íncipit de la constitución conciliar sobre la divina revelación. Una «Iglesia que escucha religiosamente la palabra de Jesús y la proclama con valentía»; una «Iglesia sin ideologías, sin vida propia»; una «Iglesia que es mysterium lunae, que tiene luz procedente de su esposo» y que debe disminuir la propia luz para que resplandezca la luz de Cristo. «El modelo que nos ofrece hoy Juan» —insistió el Papa Francisco— es el de «una Iglesia siempre al servicio de la Palabra»; «una Iglesia-voz que indica la palabra, hasta el martirio».
Santo Padre Francisco: Siguiendo el ejemplo de san Juan, voz de la Palabra
Homilía del lunes, 24 de junio de 2013
Propósito
Si hay un precepto de la doctrina que no vivo, o que cumplo sólo por tradición, buscar leer y consultar sobre el tema para ser siempre un auténtico testigo.
Diálogo con Cristo
Señor, qué gran ejemplo tengo en Juan el Bautista que con firmeza predicó siempre tu verdad. No le importaba la opinión de los demás, no permitía desvíos ni letargos egoístas. Gracias por iluminar mi conciencia, por ayudarme a ver dónde estoy siendo sordo o ciego e insensible a tu doctrina. Ayúdame a adherirme firmemente a tu voluntad para hacer de tu amor el centro de mi propia existencia.
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Evangelio del día en «Catholic.net»
Evangelio del día en «Evangelio del día»
Evangelio del día en «Orden de Predicadores»
Evangelio del día en «Evangeli.net»
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por Actas de los Mártires | 6 Mar, 2011 | Confirmación Vida de los Santos
Las actas del martirio de las santas Felicidad y Perpetua (7 de marzo del 203) constituyen un relato altamente significativo para darnos una idea, al menos aproximada, de las exigencias que el cristianismo comportaba en la vida pública, social y familiar. El ejemplo que protagoniza Perpetua es una muestra patente de anteponer los dictados de la fe a los lazos de la sangre y de la familia:
[…]
“Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, esta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre, madre y dos hermanos, uno de estos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito al que alimentaba ella misma. Contaba unos veintidós años.
A partir de aquí, ella misma narró punto por punto todo el orden de su martirio (y yo lo reproduzco, tal como lo dejó escrito de su mano y propio sentimiento).
“Cuando todavía —dice— nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejara en su empeño de derribarme:
— Padre –le dije—, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro?
— Lo veo –me respondió.
— ¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?
— No.
— Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.
[…]
De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, se acercó a mí con la intención de derribarme y me dijo:
— Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivir. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo.
Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos, se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarlo, diciéndole:
— Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder sino en el de Dios.
Y se retiró de mi lado, sumido en la tristeza.
Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome:
—Compadécete del niño chiquito.
Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:
—Ten consideración –dijo— a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.
Y yo respondí:
— No sacrifico.
— Luego ¿eres cristiana?
— Sí, soy cristiana.
Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se lo echara de allí, y aun le golpearon. Yo sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez.
[…]
Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por entender que había en nosotros una gran virtud. Y así, admitía a muchos que venían a vernos con el fin de aliviarnos los unos a los otros.
Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme, consumido de pena, y empezó a mesarse su barba, a arrojarse por tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir de sus años y decir palabras tales, que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de su infortunada vejez.
[…]
En cuanto a Felicidad, también a ella le fue otorgada gracia del Señor, del modo que vamos a decir:
Como se hallaba en el octavo mes de su embarazo (pues fue detenida encinta), estando inminente el día del espectáculo, se hallaba sumida en gran tristeza, temiendo se había de diferir su suplicio por razón de su embarazo (pues la ley veda ejecutar a las mujeres embarazadas), y tuviera que verter luego su sangre, santa e inocente, entre los demás criminales. Lo mismo que ella, sus compañeros de martirio estaban profundamente afligidos de pensar que habían de dejar atrás a tan excelente compañera, como caminante solitaria por el camino de la común esperanza. Juntando, pues, en uno los gemidos de todos, hicieron oración al Señor tres días antes del espectáculo. Terminada la oración, sobrecogieron inmediatamente a Felicidad los dolores del parto. Y como ella sintiera el dolor, según puede suponerse, de la dificultad de un parto trabajoso de octavo mes, díjole uno de los oficiales de la prisión:
— Tú que así te quejas ahora, ¿qué harás cuando seas arrojada a las fieras, que despreciaste cuando no quisiste sacrificar?
Y ella respondió:
— Ahora soy yo la que padezco lo que padezco; mas allí habrá otro en mí, que padecerá por mí, pues también yo he de padecer por Él.
Y así dio a luz una niña, que una de las hermanas crió como hija.
[…]
Como el tribuno los tratara con demasiada dureza, pues temía, por insinuaciones de hombres vanos, no se le fugaran de la cárcel por arte de no sabemos qué mágicos encantamientos, se encaró con él Perpetua y le dijo:
— ¿Cómo es que no nos permites alivio alguno, siendo como somos reos nobilísimos, es decir, nada menos que del César, que hemos de combatir en su natalicio? ¿O no es gloria tuya que nos presentemos ante él con mejores carnes?
El tribuno sintió miedo y vergüenza, y así dio orden de que se los tratara más humanamente, de suerte que se autorizó a entrar en la cárcel a los hermanos de ella y a los demás, y que se aliviaran mutuamente; más que más, ya que el mismo Pudente había abrazado la fe.
[…]
Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre. Así, pues, despojadas de sus ropas y envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la una, joven delicada, y a la otra, que acababa de dar a luz. Las retiraron, pues y las vistieron con unas túnicas.
La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayó de espaldas; pero apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió la pierna, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se ató los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria.
Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Ambas juntas se sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:
— ¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?
Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras:
— Permaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos.
[…]
Mas como el pueblo reclamó que salieran al medio del anfiteatro para juntar sus ojos, compañeros del homicidio, con la espada que había de atravesar sus cuerpos, ellos espontáneamente se levantaron y se trasladaron donde el pueblo quería. Antes se besaron unos a otros, a fin de consumar el martirio con el rito solemne de la paz.
Todos, inmóviles y en silencio, se dejaron atravesar por el hierro; pero señaladamente Sáturo (que era quien los había introducido en la fe y que se había entregado voluntariamente al conocer su encarcelamiento para compartir así su suerte), como fue el primero en subir la escalera y en su cúspide estuvo esperando a Perpetua, fue también el primero en rendir su espíritu.
En cuanto a esta, para que gustara algo de dolor, dio un grito al sentirse punzada entre los huesos. Entonces ella misma llevó a su garganta la diestra errante del gladiador novicio. Tal vez mujer tan excelsa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella no hubiera querido.
¡Oh fortísimos y beatísimos mártires! ¡Oh de verdad llamados y escogidos para gloria de nuestro Señor Jesucristo! El que esta gloria engrandece, honra y adora, debe ciertamente leer también estos ejemplos, que no ceden a los antiguos, para edificación de la Iglesia, a fin de que también las nuevas virtudes atestigüen que es uno solo y siempre el mismo Espíritu Santo el que obra hasta ahora, y a Dios Padre omnipotente y a su Hijo Jesucristo, Señor nuestro, a quien es claridad y potestad sin medida por los siglos de los siglos. Amén.”
(RUIZ BUENO D.: Actas de los mártires, BAC, pp. 419-440)
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Otros recursos sobre estas dos mártires: