Catequesis mariana: El Espíritu Santo y María

Catequesis mariana: El Espíritu Santo y María

El Espíritu Santo y María, tipo de la relación personal entre Dios y todo hombre

Amadísimos hermanos:

Resuena en estos días el canto pascual del aleluya, de la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.

Sí. ¡Cristo en verdad ha resucitado!

En este clima de renacimiento espiritual, os exhorto a dejaros penetrar por el Misterio de la Pascua, acontecimiento salvífico fundamental de nuestra fe cristiana. Ojalá que, así como ese misterio ilumina con renovado fulgor las vicisitudes de la vida y el camino de toda la humanidad, ilumine también vuestros corazones.

Jesús, el Resucitado, da la paz, da su Espíritu, principio de la vida nueva que conduce a los creyentes por el camino de la santidad.

Por esto, llenaos de gozo profundo «mientras alcanzais la meta de vuestra fe, la salvación de las almas» (1 P 1, 9).

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1. Ya hemos visto que de una correcta y profunda lectura del «acontecimiento» de la Encarnación destaca, junto con la verdad sobre Cristo Hombre-Dios, también la verdad sobre el Espíritu Santo. La verdad sobre Cristo y la verdad sobre el Espíritu Santo constituyen el único misterio de la Encarnación, tal como nos es revelado en el Nuevo Testamento y en especial ―como hecho histórico y biográfico, cargado de reconocida verdad― en la narración de Mateo y de Lucas sobre la concepción y el nacimiento de Jesús. Lo reconocemos en la profesión de fe en Cristo, eterno Hijo de Dios, cuando decimos que se hizo hombre mediante la concepción y el nacimiento de María «por obra del Espíritu Santo».

Este misterio aflora en la narración que el evangelista Lucas dedica a la anunciación de María, como acontecimiento que tuvo lugar en el contexto de una profunda y sublime relación personal entre Dios y María. La narración arroja luz también sobre la relación personal que Dios quiere entablar con todo hombre.

2. Dios, que ha creado y mantiene en vida a todos los seres, según la naturaleza de cada uno, se hace presente «de un modo nuevo» a todo hombre que se abre y le acoge recibiendo el don de la gracia por el cual puede conocerlo y amarlo sobrenaturalmente, como Huésped del alma convertida en su templo santo (cf. santo Tomás, Summa Theologica, I, q. 8, a. 3, ad 4; q. 38, a. 1; q. 43, a. 3). Pero Dios realiza una presencia aún más alta y perfecta ―y casi única― en la humanidad de Cristo, uniéndola a Sí en la persona del eterno Verbo-Hijo (cf. santo Tomás, Summa Theologica, I, q. 8, a. 3, ad 4; III, q. 2, a. 2). Se puede decir que Dios realiza una unión y una presencia especial y privilegiada en María en la Encarnación del Verbo, en la concepción y en el nacimiento de Jesucristo, de quien sólo Él es el padre. Es un misterio que se vislumbra cuando se considera la Encarnación en su plenitud.

3. Volvamos a reflexionar sobre la página de Lucas que describe y documenta una relación personalísima de Dios con la Virgen, a la que su mensajero comunica la llamada a ser la Madre del Mesías Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Por una parte, Dios se comunica a María en la Trinidad de las Personas, que un día Cristo dará a conocer más claramente en su unidad y distinción. El ángel Gabriel, en efecto, le anuncia que por voluntad y gracia de Dios concebirá y dará a luz a Aquel que será reconocido como Hijo de Dios, y que eso tendrá lugar por obra ―es decir, en virtud― del Espíritu Santo, que descendiendo sobre ella hará que se convierta en la Madre humana de este Hijo. El término «Espíritu Santo» resuena en el alma de María como el nombre propio de una Persona: esto constituye una «novedad» en relación con la tradición de Israel y los escritos del Antiguo Testamento, y es un adelanto de revelación para ella, que es admitida a una percepción, por lo menos oscura, del misterio trinitario.

4. En particular, el Espíritu Santo, tal como se nos da a conocer en las palabras de Lucas, reflejo del descubrimiento que de Él hizo María, aparece como Aquel que, en cierto sentido, «supera la distancia» entre Dios y el hombre. Es la Persona en la que Dios se acerca al hombre en su humanidad para «donarse» a él en la propia divinidad, y realizar en el hombre ―en todo hombre― un nuevo modo de unión y de presencia (cf. santo Tomás, Summa Theologica, I, q. 43, a. 3). María es privilegiada en este descubrimiento por razón de la presencia divina y de la unión con Dios que se da en su maternidad. En efecto, con vistas a esa altísima vocación, se le concede la especial gracia que el ángel le reconoce en su saludo (cf. Lc 1, 28). Y todo es obra del Espíritu Santo, principio de la gracia en todo hombre.

En María el Espíritu Santo desciende y obra ―hablando cronológicamente― ya antes de la Encarnación, es decir, desde el momento de su inmaculada concepción. Pero esto tiene lugar en orden a Cristo, su Hijo, en el ámbito supra-temporal del misterio de la Encarnación. La concepción inmaculada constituye para ella, de forma anticipada, la participación en los beneficios de la Encarnación y de la Redención, como culmen y plenitud del «don de sí» que Dios hace al hombre. Y esto se realiza por obra del Espíritu Santo. En efecto, el ángel dice a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

5. En la página de Lucas, entre otras estupendas verdades, se encuentra el hecho de que Dios espera un acto de consentimiento de parte de la Virgen de Nazaret. En los libros del Antiguo Testamento que refieren nacimientos en circunstancias extraordinarias, se trata de padres que por su edad no podían ya engendrar la descendencia deseada. Desde el caso de Isaac, nacido en la avanzada vejez de Abraham y de Sara, se llega a los umbrales del Nuevo Testamento con Juan Bautista, nacido de Zacarías e Isabel, que también se encontraban en edad avanzada.

En la Anunciación a María sucede algo totalmente diverso. María se ha entregado completamente a Dios en la virginidad. Para convertirse en la Madre del Hijo de Dios, no ha de hacer más que lo que se le pide: dar su consentimiento a lo que el Espíritu Santo obrará en ella con su poder divino.

Por eso la Encarnación, obra del Espíritu Santo, incluye un acto de libre voluntad de parte de María, ser humano. Un ser humano (María) responde consciente y libremente a la acción de Dios: acoge el poder del Espíritu Santo.

6. Al pedir a María una respuesta consciente y libre, Dios respeta en ella y, más aún, lleva a la máxima expresión la «dignidad de la causalidad» que Él mismo da a todos los seres y especialmente al ser humano. Y, por otra parte, la hermosa respuesta de María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra» (Lc 1, 38) es ya, en sí misma, un fruto de la acción del Espíritu Santo en ella: en su voluntad, en su corazón. Es una respuesta dada por la gracia y en la gracia, que viene del Espíritu Santo. Pero no por esto deja de ser la auténtica expresión de su libertad de creatura humana, un acto consciente de libre voluntad. La acción interior del Espíritu Santo va orientada a hacer que la respuesta de María ―y de todo ser humano llamado por Dios― sea precisamente la que debe ser, y exprese del modo más completo posible la madurez personal de una conciencia iluminada y piadosa, que sabe donarse sin reserva. Esta es la madurez del amor. El Espíritu Santo, donándose a la voluntad humana como Amor (increado), hace que en el sujeto nazca y se desarrolle el amor creado que, como expresión de la voluntad humana, constituye al mismo tiempo la plenitud espiritual de la persona. María da esta respuesta de amor de modo perfecto, y se convierte, por eso, en el tipo luminoso de la relación personal entre Dios y todo hombre.

7. El «acontecimiento» de Nazaret, descrito por Lucas en el evangelio de la anunciación, es, por consiguiente, una imagen perfecta ―y, podemos decir, el «modelo»― de la relación Dios-Hombre. Dios quiere que, en todo hombre, esta relación se funde en el don del Espíritu Santo, pero también en una madurez personal. En los umbrales de la Nueva Alianza, el Espíritu Santo hace a María un don de inmensa grandeza espiritual y obtiene de ella un acto de adhesión y de obediencia en el amor, que es ejemplar para todos aquellos que son llamados a la fe y al seguimiento de Cristo, ahora que «la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 14). Después de la misión terrena de Jesús y después de Pentecostés, en toda la Iglesia del futuro se repetirá para cada hombre la llamada, el «don de sí» de parte de Dios, la acción del Espíritu Santo, que prolongan el acontecimiento de Nazaret, el misterio de la Encarnación. Y siempre será necesario que el hombre responda a la vocación y al don de Dios con aquella madurez personal que se ilumina con el «fiat» de la Virgen de Nazaret durante la Anunciación.

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Santo Padre Juan Pablo II

Audiencia General del miércoles, 18 de abril de 1990

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Catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II

Catequesis marianas del san Juan Pablo II

Catequesis marianas del san Juan Pablo II

¿Nos dejamos iluminar por la fe de María, que es nuestra Madre? ¿O bien la pensamos lejana, demasiado distinta de nosotros? En los momentos de dificultad, de prueba, de oscuridad, ¿la miramos a ella como modelo de confianza en Dios, que quiere siempre y sólo nuestro bien? Pensemos en esto, tal vez nos hará bien volver a encontrar a María como modelo y figura de la Iglesia en esta fe que ella tenía.

Santo Padre Francisco

Audiencia General del miércoles 23 de octubre de 2013

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En este artículo os presentamos el índice de las catequesis marianas del Santo Padre Juan Pablo II que hemos publicado en Catequesis en Familia.

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Catequesis fundamentales

María, Madre de Dios

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Catequesis temáticas

El Espíritu Santo y María

La santísima Virgen María y la vida consagrada

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Catequesis mes de Mayo, mes de María

Para el 1 de mayo: María, hija predilecta del Padre

Para el 2 de mayo: María en el camino hacia el Padre

Para el 3 de mayo: María indica el camino hacia la unión plena con Dios

Para el 5 de mayo: Anuncio de la Maternidad Mesiánica

Para el 6 de mayo: La nueva Hija de Sión

Para el 7 de mayo: María, la «llena de gracia»

Para el 8 de mayo: La Santidad perfecta de María

Para el 9 de mayo: El Misterio de la Encarnación

Para el 26 de mayo: María en las bodas de Caná

Para el 31 de mayo: El Espíritu Santo en la Visitación

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Catequesis Mariana para niños

Catequesis Mariana para niños

Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Juan 19, 27

María es la única madre que puede decir, hablando de Jesús, «mi hijo», como lo dice el Padre: «Tú eres mi Hijo» (Mc 1, 11). Por su parte, Jesús dice al Padre: «Abbá», «Papá» (cf. Mc 14, 36), mientras dice «mamá» a María, poniendo en este nombre todo su afecto filial.

En la vida pública, cuando deja a su madre en Nazaret, al encontrarse con ella la llama «mujer», para subrayar que él ya sólo recibe órdenes del Padre, pero también para declarar que ella no es simplemente una madre biológica, sino que tiene una misión que desempeñar como «Hija de Sión» y madre del pueblo de la nueva Alianza. En cuanto tal, María permanece siempre orientada a la plena adhesión a la voluntad del Padre.

Catequesis mariana: María, hija predilecta del Padre

Santo Padre Juan Pablo II

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Saludo

Estamos aquí porque María, la Madre de Jesús, nos ha llamado para reunirnos bajo su mirada y ternura maternales, para hablarnos al corazón y para enseñarnos a amar y a conocer a su Hijo Jesús: Camino, Verdad y Vida. Caminar con María, es caminar con Jesús: con Ellos vivamos esta experiencia de Iglesia peregrina.

Canto a la Santísima Virgen

Elegir uno conocido por todos, o preparado previamente.

Ambientación

Antes de la lectura del Evangelio se colocan en un lugar visible la Cruz y al lado de esta, el corazón de Juan —nosotros— y el corazón de María.

Cuando termina la lectura el corazón de Juan abre sus puertas y deja pasar el corazón de María el cual es seguido por las flores con las palabras señaladas.

Elementos necesarios para la representación durante la lectura del Evangelio:

Un corazón grande, con expresión de tristeza y sobre él escritas las palabras: JUAN—NOSOTROS. El corazón tendrá, también, dos puertas que se puedan abrir. Otro corazón grande, con el nombre de María en letras que resalten, pero de un tamaño que pueda penetrar a través del corazón que tiene puertas, , Ocho flores recortadas para que se les coloque lo siguiente: JESUS. ALEGRIA. CONSUELO. ORACIóN. SER DISCIPULOS. ESCUCHA A LA PALABRA. DISPONIBILIDAD. DAR CON AMOR.

Monición

La Palabra de Dios que vamos a escuchar hoy, manifiesta una vez más, todo el amor que Jesús nos tiene, y que es necesario que comprendamos para poder responderle y seguirle como discípulos.

Evangelio

Escuchemos la lectura de Juan 19, 26-27

Jesús, clavado en la cruz, viendo a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería, dice a su madre: — Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: — Ahí tienes a tu madre. Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Reflexión

Quien dirija la celebración puede resaltar los elementos más importantes del tema:

Jesús nos pide expresamente que recibamos a María en nuestra casa, que la acojamos entre nuestros bienes para aprender de ella la disposición interior a la escucha y la actitud de humildad y generosidad que la caracterizaron como primera colaboradora de Dios en la obra de salvación. Ella, desempeñando su ministerio materno, nos educa y modela hasta que Cristo sea formado plenamente en nosotros. Recibir a María en nuestro corazón es recibir a Jesús, es hacernos discípulos de Jesús como ella, la primera discípula; es dejarnos penetrar de la verdadera alegría. Estudiando a María, descubriremos el compromiso concreto que Cristo espera de nosotros, aprenderemos a darle el primer lugar en nuestra vida y orientamos hacia él nuestros pensamientos y acciones. María se nos entrega para ayudarnos a entrar en relación más auténtica y personal con Jesús. Con su ejemplo, nos enseña a poner una mirada de amor en él, que nos amó primero. Con su intercesión, ella forja en nosotros un corazón de discípulo capaz de ponerse a la escucha de su Hijo, que revela el rostro auténtico del Padre y la verdadera dignidad del hombre».

Invocaciones

  • María, has aceptado ser nuestra Madre; nosotros queremos ser siempre tus hijos.
  • María, sufriste con Jesús su pasión y su cruz; enséñanos a compadecernos de nuestros hermanos.
  • María, Jesús en la cruz veía tu soledad y desamparo; vuelve hacia nosotros tus ojos misericordiosos.
  • María, tu vida fue un continuo Sí a la voluntad de Dios; ven a nuestro corazón para que también nosotros seamos un sí en medio del mundo.

Expresiones de agradecimiento

  • Jesús, que conocías el corazón de tu discípulo amado ya su cuidado entregaste a tu Madre: Gracias, porque en este discípulo nos has dado a María por Madre.
  • Jesús, que has querido que Maria sea el camino más corto para llegar a ti; Gracias, porque en ella encontramos consejo, protección y compañía.
  • Jesús, que quisiste nacer de la Virgen Marra: Gracias, porque en esto descubrimos que amas a los humildes, a los pobres y a los sinceros de corazón.
  • Jesús, que quieres que te veamos a través de los ojos y del corazón de tu Madre; Gracias, porque así nos enseñas a amar de verdad.

El Rezo del Rosario

Puede ayudarse con el Rosario Misionero, si se quiere:

  • 10 niños con globos de color verde, representando Africa.
  • 10 niños con globos de color rojo, representando a América.
  • 10 niños con globos de color blanco, representando a Europa.
  • 10 niños con globos de color celeste, representando a Oceanía.
  • 10 niños con globos de color amarillo, representando a Asia.

Los misterios del Rosario se pueden representar con globos de un color diferente a los ya nombrados. El niño o niña que es portador de un globo rezará la correspondiente Avemaría. Se intercalan cantos en los misterios, peticiones u otras oraciones.

Oración final

(Pueden repetirla todos los presentes).

María, que has querido hacer la voluntad de Dios en tu vida y por eso has venido a morar en nosotros, te queremos dar gracias porque nos acompañas, aconsejas, estimulas y enseñas. Tu oración es siempre escuchada porque eres la más humilde, la más pequeña y conoces la ternura del corazón del Padre. Pide por nosotros, ora con nosotros para que el don de la paz se haga presente en todos los corazones, para que se acaben el odio y cuanto separa a unos de otros, para que todos los niños podamos disfrutar de un mundo sin diferencias, donde no haya hambre, guerra, injusticia y miseria. Tú eres la discípula más fiel de Jesús, asegura nuestros pasos tras las huellas del Maestro y, como tú, llevemos amor y bondad a cuantos nos rodean. Que tu Hijo Jesús, que siempre está contigo, nos alcance cuanto te hemos pedido. Amén.

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(El tema y los textos están tomados del Mensaje de Juan Pablo II a los jóvenes del mundo con ocasión de la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, Domingo de Ramos de 2003)