Evangelio del día: Martes de la Octava de Pascua

Evangelio del día: Martes de la Octava de Pascua

Juan 20, 11-18. Martes de la Octava del Tiempo de Pascua. Si Jesús ha resucitado, entonces y sólo entonces— ha ocurrido algo realmente nuevo, que cambia la condición del hombre y del mundo.

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Libro de los Hechos de los Apóstoles, Hch 2, 36-41

Salmo: Sal 33(32), 4-5.18-20.22

Oración introductoria

Señor, cuánta ofuscación, cuántos miedos, cuántas tentaciones me alejan fácilmente de mi camino a la santidad. Me cuesta rezar, me cuesta guardar silencio, me cuesta no percibir, no sentir que me estés escuchando… Pero creo y confío en que, a pesar de mi debilidad, Tú siempre estés a mi lado. ¡Ven e ilumina mi oración!

Petición

Señor, permite reconocerte en tu Palabra y en esta meditación, así como le sucedió a María Magdalena.

Meditación del Santo Padre Francisco

Comentando el episodio del Evangelio del martes de la Octava de Pascua, cuando san Juan refiere la frase de María de Magdala: «¡He visto al Señor!» después de haberle lavado los pies con sus lágrimas y secado con sus cabellos (Jn 20, 11-18), el Papa Francisco recordó que Jesús perdonó los pecados de esta mujer, porque ella «amó mucho». De este modo, volvió a proponer el testimonio de quien era «despreciada por aquellos que se consideraban justos»; sin embargo «no dice “he fracasado”». «Sencillamente llora». «Hay un momento en nuestra vida —explicó el Papa— en el que sólo las lágrimas nos preparan para ver a Jesús. ¿Cuál es el mensaje de esta mujer? «He visto al Señor».

Santo Padre Francisco: Mujeres y hombres de esperanza

Misas matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial, momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús «mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta entrar en nuestra humanidad.

Pero María Magdalena, como los otros discípulos, han tenido que ver a Jesús rechazado por los jefes del pueblo, capturado, flagelado, condenado a muerte y crucificado. Debe haber sido insoportable ver la Bondad en persona sometida a la maldad humana, la Verdad escarnecida por la mentira, la Misericordia injuriada por la venganza. Con la muerte de Jesús, parecía fracasar la esperanza de cuantos confiaron en Él. Pero aquella fe nunca dejó de faltar completamente: sobre todo en el corazón de la Virgen María, la madre de Jesús, la llama quedó encendida con viveza también en la oscuridad de la noche. En este mundo, la esperanza no puede dejar de hacer cuentas con la dureza del mal. No es solamente el muro de la muerte lo que la obstaculiza, sino más aún las puntas aguzadas de la envidia y el orgullo, de la mentira y de la violencia. Jesús ha pasado por esta trama mortal, para abrirnos el paso hacia el reino de la vida. Hubo un momento en el que Jesús aparecía derrotado: las tinieblas habían invadido la tierra, el silencio de Dios era total, la esperanza una palabra que ya parecía vana.

Y he aquí que, al alba del día después del sábado, se encuentra el sepulcro vacío. Después, Jesús se manifiesta a la Magdalena, a las otras mujeres, a los discípulos. La fe renace más viva y más fuerte que nunca, ya invencible, porque fundada en una experiencia decisiva: «Lucharon vida y muerte / en singular batalla, / y, muerto el que es Vida, triunfante se levanta». Las señales de la resurrección testimonian la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio, de la misericordia sobre la venganza: «Mi Señor glorioso, / la tumba abandonada, / los ángeles testigos, / sudarios y mortaja».

Queridos hermanos y hermanas: si Jesús ha resucitado, entonces –y sólo entonces– ha ocurrido algo realmente nuevo, que cambia la condición del hombre y del mundo. Entonces Él, Jesús, es alguien del que podemos fiarnos de modo absoluto, y no solamente confiar en su mensaje, sino precisamente en Él, porque el resucitado no pertenece al pasado, sino que está presente hoy, vivo. Cristo es esperanza y consuelo de modo particular para las comunidades cristianas que más pruebas padecen a causa de la fe, por discriminaciones y persecuciones. Y está presente como fuerza de esperanza a través de su Iglesia, cercano a cada situación humana de sufrimiento e injusticia.

Santo Padre Benedicto XVI: Mensaje Urbi et Orbi

Domingo de Pascua el 8 de abril de 2012

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

III. Sentido y alcance salvífico de la Resurrección

651 «Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe»(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc24, 6-7). La expresión «según las Escrituras» (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano. DS 150) indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

653 La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era «Yo Soy», el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros […] al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: «Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy»» (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654 Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificaciónque nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) «a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos […] así también nosotros vivamos una nueva vida» (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: «Id, avisad a mis hermanos» (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655 Por último, la Resurrección de Cristo —y el propio Cristo resucitado— es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron […] del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo» (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos «saborean […] los prodigios del mundo futuro» (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co 5, 15).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Ante las dificultades y frustraciones de este día, ejercitar mi fe y mi confianza en Cristo.

Diálogo con Cristo

Jesús, el conocer el amor que María Magdalena experimentó, me llena de consuelo. Ella te amó y fue fiel en el Calvario. Se mantuvo firme en su misión de propagar con energía y convicción el anuncio de tu resurrección. Y fue capaz de amar así porque se sintió amada, acogida, protegida por Ti, que ves más allá de la debilidad. Gracias, Señor, por tu amor, sé que me amas de la misma forma y espero corresponder a tan inmenso amor, ¡ayúdame a crecer en el amor!

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Evangelio del día en «Catholic.net»

Evangelio del día en «Evangelio del día»

Evangelio del día en «Orden de Predicadores»

Evangelio del día en «Evangeli.net»

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Magdalena, de la vergüenza a la libertad

Magdalena, de la vergüenza a la libertad

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!». Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro!, respondió él. «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos amará más?». Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien». Y volviéndose hacia la mujer, dijo de Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?». Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Evangelio según san Lucas, Lc 7, 36-50

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«Magdalena, de la vergüenza a la libertad» – Sipnósis de la película

«Magdalena, de la vergüenza a la libertad» es una película que nos acerca al personaje Bíblico de María Magdalena. La particularidad de este filme es que nos presenta, por un lado la Infinita Misericordia de Dios para con los seres humanos y por otro lado pone énfasis en lo fundamental que fue para la humanidad la enseñanza que Jesucristo nos dió respecto al lugar de la mujer en el mundo. Cristo viene a SALVAR LO QUE ESTABA PERDIDO y en la vida de Magdalena viene a salvar su ser total, su dignidad de persona, su valor como ser único cuya vocación no está lejos de Dios.

Original de El cine católico y espiritual

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«Magdalena, de la vergüenza a la libertad» (Gloria TV)

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«Magdalena, de la vergüenza a la libertad» – Ficha de la película

Título Original: Magdalena, relased from shamed

Título en Español: Magdalena, de la vergüenza a la libertad

Otro Título: Magdalena, libre de culpa.

País: USA

Idioma: Español

Sin subtítulos

Duración: 80 minutos

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María Magdalena, Pecadora de Magdala

María Magdalena, Pecadora de Magdala

La historia de María Magdalena recuerda a todos una verdad fundamental: discípulo de Cristo es quien, en la experiencia de la debilidad humana, ha tenido la humildad de pedirle ayuda, ha sido curado por él y lo ha seguido de cerca, convirtiéndose en testigo del poder de su amor misericordioso, más fuerte que el pecado y la muerte.

Santo Padre emérito Benedicto XVI

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«María Magdalena, Pecadora de Magdala» aborda la vida de una cortesana y pecadora que, arrepentida, se acerca a Jesús de Nazaret, buscando el perdón.

Artículo sobre la vida de santa María Magdalena

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María Magdalena, Pecadora de Magdala (Gloria TV)

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María Magdalena, Pecadora de Magdala – Ficha de la película

Título original: María Magdalena, pecadora de Magdala

Año: 1945

Duración: 110 min.

País: México

Director: Miguel Contreras Torres

Guión: Medea de Novara, Miguel Contreras Torres, Francisco Marco Chillet

Música: Miguel Bernal Jiménez

Fotografía: Agustín Jiménez, Alex Phillips (B&W)

Reparto: Medea de Novara, Luis Alcoriza, Tito Junco, Luana Alcañiz, José Baviera, Eduardo Arozamena, Arturo Soto Rangel, Augusto Novaro, Alfredo del Diestro, Francisco Jambrina, Eduardo Noriega, José Elías Moreno, Roberto Banquells, Enrique Gonce, Guillermo Bravo Sosa, Carlos Villarías, Edmundo Espino, Rafael Banquells, Raúl Lechuga, Félix Samper, Alfonso Alvarado, Juan José Laboriel, Roberto Corell, Lidia Franco, Héctor Mateos, Daniel Pastor, Jesús Valero, Hernán Vera

Productora: Hispano Continental Films

Género: Drama | Religión. Biblia

Sinopsis: María Magdala aborda la vida de una cortesana y pecadora que, arrepentida, se acerca a Jesús de Nazaret, buscando el perdón. (FILMAFFINITY)

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Santa María Magdalena

Santa María Magdalena

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Mateo 5, 5

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Su nombre era María, que significa «preferida por Dios», y era natural de Magdala en Galilea; de ahí su sobrenombre de Magdalena. Magdala, ciudad a la orilla del Mar de Galilea, o Lago de Tiberiades.

Jesús, al dar su Espíritu a sus apóstoles, les dijo que perdonasen los pecados conforme se lo habían visto a Él hacer: y la liturgia nos recuerda hoy un ejemplo, que será siempre famoso, de la misericordia del Salvador con los que se duelen de sus pasados extravíos.

María, hermana de Marta y Lázaro, era pública pecadora, hasta que tocada un día por la gracia, vino a rendirse a los pies del Señor. «No te acerques a mí, porque estoy puro», le dirían los soberbios; pero el Señor, al contrario, la recibe y perdona. Por eso Jesús «acoge bondadoso la ofrenda de sus servicios», y le ofrece para siempre un sitial de honor en su corte real. La contrición transforma su amor.

«Por haber amado mucho, se le perdonan muchos pecados». Movido por sus ruegos resucita Jesús a Lázaro, su hermano, y cuando Jesús es crucificado, le asiste, más muerta que viva; preguntando, como la esposa de los Cantares, a dónde han puesto su esposo Divino, Cristo la llama por su propio nombre, y mándale llevar a los discípulos la nueva de su Resurrección.

A imitación de la gran Santa María Magdalena, vengamos en espíritu de amor y de compunción, a ofrecer a Jesús, presente en la santa Misa, el tesoro de nuestras alabanzas. Hagámosle compañía, como las dos hermanas Marta y María; adornemos su altar, con ese recio espíritu de fe que no teme el escándalo farisaico, con todo el esplendor que conviene a la casa de Dios. Imitémosla sobre todo en su acendrado amor a Jesús, seguros de que haciéndolo así, lograremos la remisión entera de nuestras pasadas culpas, elevándonos, desde el fondo de nuestra miseria a la sima de la santidad. Al que busca a Dios con gemidos, pronto le abre la puerta de su misericordia y de sus ricos tesoros.


Cuatro menciones en los Evangelios

1) Los siete demonios

Lo primero que dice el Evangelio acerca de esta mujer, es que Jesús sacó de ella siete demonios (Lc 8, 2), lo cual es un favor grandísimo, porque una persona poseída por siete espíritus inmundos tiene que haber sido impresionantemente infeliz. Esta gran liberación obrada por Jesús debió dejar en Magdalena una gratitud profundísima.

Nuestro Señor decía que cuando una persona logra echar lejos a un mal espíritu, este se va y consigue otros siete espíritus peores que él y la atacan y así su segundo estado llega a ser peor que el primero (Lc 11, 24). Eso le pudo suceder a Magdalena. Y que enorme paz habrá experimentado cuando Cristo alejó de su alma estos molestos espíritus.

A nosotros nos consuela esta intervención del Salvador, porque a nuestra alma la atacan también siete espíritus dañosísimos: el orgullo, la avaricia, la ira, la gula, la impureza o lujuria, envidia, la pereza y quizás varios más. ¿Quién puede decir que el espíritu del orgullo no le ataca día por día? ¿Habrá alguien que pueda gloriarse de que el mal espíritu de la impureza no le ha atacado y no le va a atacar ferozmente? Y lo mismo podemos afirmar de los demás.

Pero hay una verdad consoladora: Y es que los espíritus inmundos cuando veían o escuchaban a Jesús empezaban a tembar y salían huyendo. ¿Por qué no pedirle frecuentemente a Cristo que con su inmenso poder aleje de nuestra alma todo mal espíritu? El milagro que hizo en favor de la Magdalena, puede y quiere seguirlo haciendo cada día en favor de todos nosotros.


2) Se dedicó a servirle con sus bienes

Amor con amor se paga. Es lo que hizo la Magdalena. Ya que Jesús le hizo un gran favor al librarla de los malos espíritus, ella se dedicó a hacerle pequeños pero numerosos favores. Se unió al grupo de las santas mujeres que colaboraban con Jesús y sus discípulos (Juana, Susana y otras). San Lucas cuenta que estas mujeres habían sido liberadas por Jesús de malos espíritus o de enfermedades y que se dedicaban a servirle con sus bienes (Lc 8, 3). Lavaban la ropa, preparaban los alimentos; quizás cuidaban a los niños mientras los mayores escuchaban al Señor; ayudaban a catequizar niños, ancianos y mujeres, etc…


3) Junto a la cruz

La tercera vez que el Evangelio nombra a Magdalena es para decir que estuvo junto a la cruz, cuando murió Jesús. La ausencia de hombres amigos junto a la cruz del Redentor fue escandalosa. Sencillamente no se atrevieron a aparecer por ahí. No era nada fácil declararse amigo de un condenado a muerte. El único que estuvo junto a Él fue Juan. En cambio las mujeres se mostraron mucho más valerosas en esa hora trágica y fatal. Y una de ellas fue Magdalena.

San Mateo (Mt 27, 55), San Marcos (Mc 15, 40) y San Juan (Jn 19, 25) afirman que junto a la cruz de Jesús estaba la Magdalena. En las imágenes religiosas de todo el mundo los artistas han pintado a María Magdalena junto a María, la Madre de Jesús, cerca de la cruz del Redentor agonizante, como un detalle de gratitud a Jesús.


4) Jesús resucitado y la Magdalena

Uno de los datos más consoladores del Evangelio es que Jesús resucitado se aparece primero a dos personas que habían sido pecadoras pero se habían arrepentido: Pedro y Magdalena. Como para animarnos a todos los pecadores, con la esperanza de que si nos arrepentimos y corregimos lograremos volver a ser buenos amigos de Cristo.

Los cuatro evangelistas cuentan como María Magdalena fue el domingo de Resurrección por la mañana a visitar el sepulcro de Jesús. San Juan lo narra de la siguiente manera:


Estaba María Magdalena llorando fuera, junto al sepulcro y vio dos ángeles donde había estado Jesús.

Ellos le dicen: «¿Mujer, por qué lloras?»

Ella les responde: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé donde lo han puesto».

Dicho esto se volvió y vio que Jesús estaba ahí, pero no sabía que era Jesús.

Le dice Jesús: «¿Mujer por qué lloras? ¿A quién buscas?».

Ella, pensando que era el encargado de aquella finca le dijo: «Señor, si tú lo has llevado, dime donde lo has puesto, yo me lo llevaré».

Jesús le dice: «¡María!».

Ella lo reconoce y le dice: «¡Oh Maestro!» (y se lanzó a besarle los pies).

Le dijo Jesús: «Suéltame, porque todavía no he subido al Padre. Vete donde los hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios a vuestro Dios’».

Fue María Magdalena y les dijo a los discípulos: «He visto al Señor, y me ha dicho esto y esto».

Juan 27, 11


Esta mujer tuvo el honor de ser la encargada de comunicar la noticia de la resurrección de Jesús.

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Fuente original: EWTN Televisión


Santa Magdalena de Nagasaki

Santa Magdalena de Nagasaki

En octubre de 1987, el Papa Juan Pablo II canonizaba a un grupo de mártires japoneses, entre los que destacaba Magdalena de Nagasaki. Y todos se preguntaban:

— ¿Quién es esta nueva Santa, a la que nunca hemos oído nombrar?

Pronto salieron las relaciones sobre la vida de esta muchacha de veintitrés años, terciaria agustina, que arrebataba la admiración de todos.

A los sesenta años de evangelización, iniciada por Francisco Javier, llegaban al medio millón los católicos japoneses. Pero aquella cristiandad pujante se iba a ver sometida a la persecución, y la sangre de los mártires japoneses corrió con una abundancia tal, como tal vez no se dio, proporcionalmente, ni en el Imperio Romano durante los primeros siglos de la Iglesia.

En Nagasaki, centro del catolicismo japonés, se hace famosa la colina de los mártires. Las ejecuciones en masa se realizan todas públicamente, porque todos pueden y deben darse cuenta de los tormentos atroces que se aplican a los que no quieren renunciar a la fe católica.

Los torturas normales son la crucifixión, la muerte a fuego lento, pero precedida la muerte por suplicios terribles: como el meter a las víctimas en aguas sulfurosas, que pudren las carnes; el clavarles en las uñas agujas de metal o astillas de caña de bambú; y otros que la lengua no se atreve a relatar…

¿Cómo eran las ejecuciones?… Fue famosa la de 067 cristianos en el año 1622. Sacados de las jaulas que les hacen de prisión y llevados a la colina de los mártires, a 25 de ellos —17 de los cuales eran sacerdotes— se les ata a los postes para quemarlos vivos a fuego lento. La multitud de espectadores pasa de 30.000 ó de 40.000, que con cantos y salmos los anima a morir valientemente. Todo un triunfo.

Así mueren un día los padres y hermanos de nuestra Magdalena.

Huérfana y sola en el mundo, los Misioneros Agustinos se hacen cargo de la muchachita.

Y ella se convierte en la mejor catequista.

Es la más piadosa, entregada siempre a la oración.

Y es también tan valiente que visita continuamente a los presos por la fe.

En sus visitas a los presos, es la que anima a los débiles; la que fortalece a todos; la que los acompaña al martirio; la que, cuando ya no queda ningún sacerdote, suple todas las funciones y ministerios de que es capaz…

Hasta que un día mueren mártires también los Padres Agustinos en el nuevo suplicio que han inventado los verdugos: la horca y hoya. ¿En qué consistía este suplicio tan atroz?

Atados los brazos y piernas como una momia, la víctima era colgada cabeza abajo sobre un hoyo lleno de inmundicia, y en la hoya se metía nada más que la cabeza y el pecho. La respiración era insoportable.

Para no morir rápidamente congestionados, se les hacía una pequeña incisión en las sienes, y de este modo el suplicio se alargaba por varios días.

Magdalena, a sus veintitrés años, es una chica elegante, de familia noble, cariñosa, querida de todos, porque se ha dado del todo a todos los cristianos desde muy jovencita, cuando vio morir mártires a sus padres y hermanos.

Las autoridades la conocen bien. Pero la respetan y no se atreven con ella. Aunque Magdalena se presenta por sí misma ante el tribunal, y los jueces le proponen:

— Eres de familia noble. Joven y bella, te ofrecemos todos los bienes confiscados, y, además, te vas a casar con uno de los principales señores, que te pretende.

Magdalena, tan joven y tan llena de vida, puede sentir todo el halago de la tentación. Sonríe, y contesta:

— Gracias, pero ya estoy casada. Soy esposa de mi Señor Jesucristo. Y sepan que jamás apostataré de la fe católica.

El tribunal la tiene que condenar a muerte. Le aplican todos tormentos que ya conocemos. Prisionera en la jaula, es visitada por los cristianos, a los que repite los eslogans que se habían hecho famosos:

— El martirio es una gloria. Mientras eres torturado, recuerda la pasión de Jesús, mira a la Virgen María, y piensa cómo los Angeles y Santos contemplan desde el Cielo tu combate.

Al no renegar de la fe, Magdalena es destinada al suplicio de la horca y hoya. Va al frente de otros diez compañeros de prisión, y todos la llaman La Capitana. Alegre, feliz, lleva colgado en la espalda el cartel de la sentencia:

— Condenada a muerte por no querer renegar de la ley de Cristo.

Lo que nadie se explica es cómo esa muchacha delicada pudo aguantar colgada en la horca y hoya trece días y medio. Tiene humor para preguntar a los verdugos:

— ¿Queréis oírme un cantar?

Y, sin más, la simpática muchacha estalla en alabanzas a Dios….

Ya hacia el fin de los trece días de tortura, exclama: ¡Tengo sed! Como Jesús. Los verdugos se compadecen y le ofrecen un vaso de agua.

— ¡Oh, no! No tengo sed de esa agua, sino de la que me va a dar Cristo Nuestro Señor.

Muere Magdalena. Y para evitar que los cristianos la veneren, queman el cadáver y hacen desaparecer las cenizas.

Para nosotros, es una lástima no tener sus reliquias, pues la Iglesia japonesa acudiría ante sus restos como ante un altar.

Sus cenizas volaron con el viento. Pero, ¡cuidado que esta japonesita católica sabe robar bien los corazones!…

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