Catequesis sobre el lavatorio de los pies

Catequesis sobre el lavatorio de los pies

Juan 13, 1-15 — El amor que se abaja y salva


Objetivo de la sesión

Que los confirmandos descubran que el lavatorio de los pies no es un gesto moral aislado, sino una revelación del misterio de Cristo que salva, purifica y transforma, comprendiendo que la vida cristiana comienza en dejarse lavar por Él (Bautismo y Penitencia), se alimenta en su entrega (Eucaristía) y se expresa en un amor concreto y sacrificado hacia los demás.


Introducción

El Evangelio de san Juan sitúa esta escena en un momento decisivo: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora… los amó hasta el extremo» (Jn 13,1, Biblia CEE). Este “extremo” no indica solo intensidad afectiva, sino plenitud redentora. El lavatorio de los pies es ya una anticipación visible de la cruz, donde Cristo se abajará definitivamente para salvar al hombre.

El texto subraya además que Jesús actúa «sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía» (Jn 13,3). Es desde la conciencia de su divinidad desde donde se arrodilla. No se rebaja por debilidad, sino por amor. San Agustín lo expresa con profundidad: «El Señor… siendo tan grande, se hizo humilde para enseñarnos la humildad» (In Ioannem, 55).

Aquí aparece una verdad central de la fe cristiana: la grandeza de Dios se manifiesta en el amor que se abaja. Como enseña Benedicto XVI, «la grandeza de Dios se revela en la humildad de su amor» (Homilía, Jueves Santo, 2008). Este gesto no es solo ejemplo, sino misterio que transforma la vida del creyente.


Orientaciones para catequistas

El catequista debe evitar reducir este pasaje a una enseñanza moral sobre “ser humildes” o “servir a los demás”. Este texto es una revelación del misterio de Cristo y del modo en que Él salva. Cuando Jesús afirma: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8), está indicando que la salvación no procede del esfuerzo humano, sino de la acción purificadora de Cristo.

Aquí se abre una clave sacramental fundamental. La tradición de la Iglesia ha visto en este gesto una referencia al Bautismo, donde el hombre es lavado completamente, y a la Penitencia, donde el cristiano, ya limpio, necesita ser purificado en su caminar. El Catecismo enseña que Cristo «manifestó el amor del Padre sirviendo hasta dar su vida» (CIC, 609), y este servicio se hace presente sacramentalmente en la vida de la Iglesia.

Al mismo tiempo, este gesto está inseparablemente unido a la Eucaristía. San Juan Pablo II enseña que el lavatorio expresa «el amor llevado hasta el extremo, el mismo que se realiza en la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 20). No hay verdadera participación eucarística sin una vida transformada por el amor que sirve.

Es importante trabajar con profundidad la reacción de Pedro. Él ama a Cristo, pero rechaza un Dios que se abaja. En esto se refleja el corazón humano: aceptar a Dios mientras no cuestione nuestras seguridades. El catequista debe ayudar a descubrir que la fe comienza cuando dejamos a Cristo actuar en nosotros.



Texto bíblico completo (Jn 13, 1-15)

Evangelio según san Juan (Biblia CEE):

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, se levanta de la cena, se quita el manto, toma una toalla y se la ciñe; luego echa agua en una jofaina y se pone a lavar los pies a los discípulos.

Llegó a Simón Pedro y este le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. Jesús respondió: “Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”.

Pedro le dice: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”.

Cuando acabó, dijo: “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”».


Profundización teológica, sacramental y patrística

El lavatorio de los pies es un signo que anticipa el misterio pascual. Cristo se abaja para purificar al hombre, y ese abajamiento culminará en la cruz. Por eso su palabra es tan radical: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo» (Jn 13,8). No se trata de un gesto simbólico sin más, sino de una acción que revela la necesidad de la gracia.

San Agustín interpreta este pasaje en clave sacramental: «El que ya ha sido lavado no necesita sino lavarse los pies» (In Ioannem, 56), indicando que el Bautismo purifica radicalmente, pero el caminar cristiano exige una purificación continua. Esta enseñanza conecta directamente con el sacramento de la Penitencia, donde Cristo sigue lavando al creyente.

San Juan Crisóstomo subraya la radicalidad del gesto: Cristo lava incluso los pies de Judas, mostrando que el amor de Dios es gratuito y no depende del mérito humano. Este amor precede siempre al hombre. Por eso la vida cristiana no comienza en el hacer, sino en el dejarse amar y purificar.

Santo Tomás de Aquino enseña que Cristo «instruyó más con las obras que con las palabras» (Suma Teológica, III, q. 40), estableciendo así la caridad como forma concreta de la vida cristiana. Esta caridad no es sentimental, sino sacrificada y real.

El Concilio Vaticano II recoge esta enseñanza afirmando que «la ley fundamental de la perfección es el mandamiento nuevo del amor» (Lumen gentium, 42). Y ese amor toma forma visible en el servicio humilde. La Eucaristía, en la que Cristo se entrega, exige una vida coherente con ese don recibido.

Por tanto, el lavatorio de los pies une tres dimensiones inseparables: la purificación (Bautismo y Penitencia), la entrega sacrificial (Eucaristía) y la vida transformada en caridad concreta. Separar estos elementos empobrece profundamente la comprensión del Evangelio.


Actividades catequéticas

Actividad 1. La resistencia de Pedro: dejarse salvar

Objetivo doctrinal: Descubrir que la vida cristiana comienza en aceptar que necesitamos ser purificados por Cristo, superando el orgullo y la autosuficiencia.

Tiempo: 10 minutos.
Materiales: ninguno.

El catequista lee lentamente el diálogo entre Jesús y Pedro (Jn 13,6-9). A continuación invita a los jóvenes a identificarse con Pedro. No se trata de criticarlo, sino de descubrir que su reacción es profundamente humana.

Se guía la reflexión hacia esta idea: Pedro ama, pero no acepta un Dios que se abaja. Prefiere un Mesías fuerte antes que un Salvador que se humilla.

Microguion:
— Catequista: «¿Por qué Pedro no quiere que Jesús le lave los pies?»
— Grupo: respuestas.
— Catequista: «¿Qué hay detrás de esa reacción?»
— Grupo: orgullo, incomprensión.
— Catequista: «¿Nos pasa a nosotros algo parecido?»
— «¿En qué momentos te cuesta reconocer que necesitas a Dios?»

Indicaciones: el catequista debe llevar al silencio final. No cerrar con respuestas rápidas. La clave es que cada uno se reconozca necesitado de la gracia.


Actividad 2. El servicio concreto: amar de verdad

Objetivo doctrinal: Comprender que el amor cristiano se expresa en actos concretos, especialmente cuando cuestan.

Tiempo: 10 minutos.
Materiales: papel y bolígrafo.

Se invita a cada participante a pensar en situaciones concretas donde servir le resulta difícil: en casa, con hermanos, en el estudio, con amigos.

Después se comparten algunas respuestas y se conecta con Cristo: Él no eligió servir cuando era fácil, sino cuando costaba.

Microguion:
— «¿Qué servicio te cuesta más?»
— «¿Por qué?»
— «¿Qué haría Cristo en tu lugar?»
— «¿Qué paso concreto puedes dar esta semana?»

Indicaciones: evitar generalidades. Llevar siempre a decisiones concretas y verificables.


Actividad 3. Sacramento y vida: dejarse lavar hoy

Objetivo doctrinal: Relacionar el lavatorio con los sacramentos del Bautismo y la Penitencia.

Tiempo: 10 minutos.
Materiales: Biblia.

El catequista explica brevemente la relación con el Bautismo (lavado total) y la Penitencia (lavado continuo). Se pregunta a los jóvenes si viven estos sacramentos como encuentro con Cristo o como costumbre.

Microguion:
— «¿Qué significa que Cristo te lave hoy?»
— «¿Vives la confesión como encuentro con Él?»
— «¿Qué cambiaría si creyeras de verdad que Él te limpia?»

Indicaciones: tono serio y respetuoso. Puede ser momento de preparación para la confesión.


Actividad 4. Lectio divina

Objetivo doctrinal: Escuchar la Palabra de Dios y dejar que transforme el corazón.

Tiempo: 12 minutos.
Materiales: Biblia.

Se proclama lentamente Jn 13,12-15. Se guarda silencio. Cada uno elige una palabra o frase.

Microguion:
— «¿Qué palabra te ha tocado?»
— «¿Qué te pide Cristo?»
— «¿Qué vas a cambiar esta semana?»

Se concluye con una oración breve.


Oración final

Señor Jesús,
Tú que te has abajado por amor,
lávame, purifícame, transfórmame.
Arranca de mí el orgullo,
enséñame a amar sirviendo,
y hazme vivir unido a Ti.
Amén.


Conclusión

El lavatorio de los pies revela que la vida cristiana no consiste en aparentar, sino en dejarse transformar por Cristo y reproducir su amor. El confirmado está llamado a vivir desde los sacramentos, alimentado por la Eucaristía, purificado en la gracia y entregado en el servicio.

 

Catequesis: Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía

Catequesis: Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía

Esta dinámica busca que los niños comprendan con sencillez y fe la grandeza de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, actúen con amor y respeto, y se preparen con alegría y recogimiento para recibirlo en la comunión.


1. Breve introducción (5 min)

Explica con palabras sencillas:

  • En la Misa, después de la consagración, el pan y el vino se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, aunque sigan pareciendo pan y vino. Esto se llama transubstanciación (Catecismo nº 1376‑1377)  .
  • Explica que en la Eucaristía Jesús está presente de forma real, verdadera y sustancial, con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad  .

2. Actividades 

Actividad 1: “El tesoro escondido” (10 min)

Materiales: pequeña cajita cerrada, dibujo de un niño buscando un tesoro.

Desarrollo:

  • Enseña la cajita y pregunta: “¿Qué hay dentro?”
  • Explica que Jesús es un tesoro escondido. Aunque parezca pan, en realidad es Él, nuestro tesoro más grande.
  • Dibuja el proceso: pan preparado → consagración → pan que es Jesús.

Objetivo: que comprendan que Jesús está realmente presente, aunque no lo vean con los ojos.

Actividad 2: “Mi corazón adorador” (15 min)

Materiales: corazones de papel, pegatinas, rotuladores, purpurina.

Desarrollo:

  • Cada niño decora un corazón y escribe frases como: “Te amo, Jesús”, “Jesús está aquí”, “Gracias por estar conmigo”.
  • Luego, en círculo, dicen una frase al compartir su corazón.

Objetivo: expresar sencillamente lo que sienten ante Jesús presente en la Eucaristía.

Actividad 3: “Silencio y escucha” (10 min)

Desarrollo:

  • Invita a sentarse en silencio mirando hacia el Sagrario o al lugar donde esté expuesto el Santísimo.
  • Guiados, cierran los ojos y escuchan al Señor en silencio, durante 2‑3 minutos.

Explicación para los niños: Aunque no lo veamos, Jesús está realísimo en ese silencio. Lo escuchamos con el corazón.

3. Oración de adoración al Santísimo Sacramento

Señor Jesús,

te adoramos con humildad y amor.

Aunque parezcas pan, sabemos que eres Tú,

verdadero, real y eterno.

Quédate en nuestro corazón,

guíanos y ámanos siempre.

Gracias por estar aquí con nosotros,

en cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Te amamos, Jesús Eucaristía.

Amén.

4. Indicaciones para los padres

  1. Preparar en familia: lean con los niños pasajes del Papa Juan Pablo II sobre la Eucaristía como “fuente y cumbre” de la vida cristiana  .
  2. Enseñar el “¿por qué?” de arrodillarse, hacer genuflexión y mostrar reverencia, explicando que honran a Jesús que está realmente presente  .
  3. Actitud de respeto y silencio: fomenten el hábito de hablar en voz baja y actuar con recogimiento al pasar junto al Sagrario.
  4. Oración breve antes de comulgar: sugieran frases como “Jesús, vengo a ti” o “Señor, aquí estoy”.
  5. Reflexión después de comulgar: pregunten con cariño cómo se sienten y celebren ese momento de encuentro con Jesús.

 

Evangelio del día: Jueves Santo

Evangelio del día: Jueves Santo

Juan 13, 1-15. Jueves Santo. Jesús, enséñame a quererte, como tú me quieres, enséñame a ver tu rostro en el rostro de mis semejantes.

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se quita sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido. Llega a Simón Pedro; éste le dice: «Señor, ¿tú lavarme a mí los pies?»

Jesús le respondió: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora: lo comprenderás más tarde.» Le dice Pedro: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le respondió: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo.» Le dice Simón Pedro: «Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza.» Jesús le dice: «El que se ha bañado, no necesita lavarse; está del todo limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.» Sabía quién le iba a entregar, y por eso dijo: «No estáis limpios todos.» Después que les lavó los pies, tomó sus vestidos, volvió a la mesa, y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis ´el Maestro´ y ´el Señor´, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros.

 

Reflexión

Con este pasaje del Evangelio de San Juan quedamos introducidos en la parte central de los acontecimientos más relevantes de nuestra fe. Ya estamos de lleno en ellos. LA ÚLTIMA CENA.

Jesús quiere despedirse de sus seguidores. de sus compañeros, de sus amigos. Otra vez su gran humildad. Su gesto fino y lleno de ternura. Va lavándole los pies a aquellos hombres que lo habían visto ordenar a los vientos y a las olas la quietud en la tormenta, que le habían visto dar la luz a los ojos de los ciegos, hacer andar a los paralíticos, sanar a los leprosos, resucitar a los muertos. Que lo habían visto radiante como el sol en su Transfiguración y ahora, con un amor inconmensurable, con una humildad sin límites les está lavando los pies.

Pedro está asustado, no acierta a comprender, pero ante las palabras de Jesús y con su vehemencia natural, le pide que le lave de los pies a la cabeza. Jesús va más allá, está pensando en la humanidad y en esta humanidad estoy yo y falta poco para que no seamos lavados con agua, sino con su sangre que nos limpia y nos redime.

Jesús, entre los doce están los pies de aquel que te va a traicionar. Y creo que tus manos tuvieron que temblar al lavar los pies de Judas. Acariciaste aquellos pies con amor y con tristeza y nos mandaste hacer eso mismo con nuestros semejantes, sin distinciones de este por que me cae bien o de este no por que me cae mal. ¡Que yo no olvide tu ejemplo y tu mandato, Señor!.

Que a todos los que me rodean en mi cotidiano vivir yo los acepte como son y tenga ante ellos esa postura de amor y de humildad que tú nos pides.

Y nuestra pobre mente no alcanza a comprender todo el profundo significado de este acto. Ya antes de morir te estás anonadando ante los hombres y después otra locura de ese amor que te abrasa el alma, que quema tu corazón por ello no quisiste dejarnos solos y poco después, haces del pan tu Cuerpo y del vino tu Sangre y te quedas para ser nuestro alimento.

Y ahora, presente en esa Hostia donde los ojos del que «se hizo hombre y habitó entre nosotros» nos miran con su infinito amor le podemos decir eso que siempre espera:

Jesús Sacramentado, de rodillas te pedimos: Jesús, enséñame a quererte, como tú me quieres, enséñame a ver tu rostro en el rostro de mis semejantes, enséñame, Jesús a ser buena, a que tú seas el Eje de mi vida, esa vida que hoy pongo en tus manos. Señor, tenme muy cerca de tu corazón y enséñame a acompañarte a Tí y a tu Santísima Madre con mi oración en todos los amargos tormentos de la ya muy cercana muerte de cruz Amén.

* * *

 Catequesis infantil sobre Juan 13, 1-15

Jesús lava los pies a sus discípulos y nos enseña a servir

Esta catequesis infantil está basada en la imagen catequética del lavatorio de los pies y en el Evangelio según san Juan 13, 1-15. La escena es muy hermosa y sorprendente. Jesús, que es el Maestro y el Señor, se arrodilla delante de sus discípulos y les lava los pies. En aquella época, lavar los pies era una tarea humilde, propia del servicio. Por eso este gesto de Jesús tiene una fuerza enorme. Él no solo habla del amor: lo muestra con sus obras. Los niños pueden descubrir aquí una de las enseñanzas más importantes del Evangelio: amar es servir.

1. Miramos la imagen

Antes de leer el texto, conviene mirar la imagen con calma. El catequista puede dejar unos segundos de silencio para que los niños observen bien.

Podemos fijarnos en varios detalles:

  • Jesús está en el centro de la escena.
  • No está sentado mandando, sino arrodillado sirviendo.
  • Está lavando los pies de uno de sus discípulos.
  • Los demás apóstoles miran con atención y asombro.
  • Hay una palangana, agua y un ambiente de recogimiento.
  • La cartela inferior recuerda las palabras de Jesús: «…para que vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros» (Jn 13, 15).

Se puede preguntar a los niños:

  • ¿Quién está en el centro?
  • ¿Qué está haciendo Jesús?
  • ¿Os parece una tarea importante o humilde?
  • ¿Cómo están los discípulos: alegres, sorprendidos, serios?
  • ¿Qué quiere enseñar Jesús con este gesto?

2. Escuchamos el Evangelio

El Evangelio cuenta que, durante la cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y empezó a lavar los pies de sus discípulos. Pedro se sorprendió mucho y no entendía que Jesús quisiera hacer algo tan humilde. Pero Jesús le explicó que aquello era necesario.

Al final, Jesús dijo:

«Os he dado ejemplo, para que vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».
(Juan 13, 15)

Esta frase resume toda la escena. Jesús enseña a sus amigos a vivir como Él: con humildad, servicio y amor.

3. ¿Qué enseña este Evangelio?

Jesús ama hasta el final

Este pasaje comienza diciendo que Jesús amó a los suyos hasta el extremo. Eso significa que su amor no fue pequeño, ni superficial, ni a medias. Jesús ama del todo. El lavatorio de los pies es una prueba de ese amor grande.

Jesús, siendo Señor, se hace servidor

Jesús podría haber pedido que lo sirvieran. Sin embargo, se pone de rodillas y sirve Él. Con este gesto enseña que en el Reino de Dios el más grande no es el que manda con orgullo, sino el que ama y sirve.

Servir no es rebajarse, sino amar

A veces los niños pueden pensar que servir es algo pequeño o poco importante. Jesús enseña todo lo contrario. Servir con amor es algo muy hermoso, porque se parece a lo que Él mismo hizo.

Nosotros debemos hacer lo mismo

Jesús no lavó los pies a sus discípulos solo para dar una lección bonita, sino para dejar un ejemplo. Quiere que sus amigos hagan también lo mismo: ayudar, cuidar, servir, perdonar y amar sin orgullo.

4. Explicación sencilla para niños

Podemos explicarlo así:

Jesús estaba cenando con sus discípulos. Entonces hizo algo que nadie esperaba. En lugar de quedarse sentado como el maestro, se levantó, se puso a servir y empezó a lavar los pies a sus amigos.

Pedro no lo entendía, porque pensaba que Jesús era demasiado importante para hacer eso. Pero Jesús le enseñó que el verdadero amor sabe servir.

Jesús no quiere amigos orgullosos, peleones o mandones. Quiere amigos que ayuden, que sepan compartir, que cuiden a los demás y que no busquen siempre lo suyo.

Cuando un niño ayuda en casa, comparte con otro, no se burla de nadie o hace un servicio pequeño con amor, se parece a Jesús.

5. Lo que nos enseña la imagen

Jesús en el centro, pero sirviendo

La imagen está muy bien construida porque pone a Jesús en el centro, pero no de una manera orgullosa, sino arrodillado. Así los niños entienden enseguida que su grandeza está en el amor humilde.

Los discípulos aprenden mirando

Los apóstoles rodean la escena y contemplan lo que Jesús hace. Esto también es importante para nosotros: primero contemplamos a Jesús y después aprendemos de Él.

El agua y la palangana

Estos elementos hacen visible el servicio. El gesto no es simbólico solamente: Jesús lo realiza de verdad. El amor cristiano no son solo palabras, sino obras concretas.

La cartela inferior

La frase final ayuda a resumir toda la escena: Jesús no quiere que admiremos su ejemplo desde lejos y nada más. Quiere que vivamos como Él ha vivido.

6. Aplicación a la vida de los niños

Este Evangelio enseña muchas cosas concretas para la vida de los niños:

  • que ayudar en casa es algo bueno y valioso,
  • que no siempre hay que querer ser el primero,
  • que servir a otros nos hace parecernos a Jesús,
  • que el amor se demuestra con obras,
  • que la humildad es una virtud preciosa.

Se puede decir a los niños:

Cuando recoges algo sin que te lo pidan, cuando ayudas a un compañero, cuando haces un favor sin protestar o cuando compartes con alegría, estás lavando los pies como Jesús.

7. Preguntas para dialogar con los niños

  • ¿Qué hizo Jesús en la cena?
  • ¿Por qué Pedro se sorprendió?
  • ¿Qué quiso enseñar Jesús con ese gesto?
  • ¿Qué significa servir con amor?
  • ¿A quién puedes ayudar tú esta semana?
  • ¿Cómo puedes parecerte más a Jesús?

8. Frases para aprender de memoria

«Os he dado ejemplo».
(Juan 13, 15)

«…para que vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros».
(Juan 13, 15)

Jesús me enseña a amar sirviendo.

9. Actividad catequética

Actividad: “Quiero servir como Jesús”.

Materiales: cartulinas pequeñas o papeles recortados en forma de gota de agua, rotuladores y una cartulina grande.

Desarrollo: Cada niño recibe una gota de papel. En ella escribe una acción concreta con la que quiere servir durante la semana. Por ejemplo: “Ayudaré a poner la mesa”, “Compartiré mis cosas”, “No contestaré mal”, “Ayudaré a un compañero”. Después, todos pegan sus gotas en una cartulina grande con el título: “Como Jesús, queremos servir”.

Micro-guion para el catequista:
“Jesús no solo habló, también sirvió.”
“Ahora piensa tú: ¿qué pequeño servicio puedes hacer?”
“No hace falta algo muy grande. Lo importante es que esté hecho con amor.”

10. Oración final para niños

Señor Jesús,
Tú lavaste los pies a tus discípulos
y nos enseñaste a servir.
Haz mi corazón humilde,
bueno y generoso.
Ayúdame a ayudar,
a compartir
y a amar como Tú.
Amén.

11. Conclusión

La imagen y el Evangelio de Juan 13, 1-15 enseñan a los niños una verdad muy importante: Jesús, siendo el Señor, se hace servidor. No busca ser servido, sino amar hasta el final. Por eso el lavatorio de los pies es una escena muy fuerte y muy bella. Muestra que el amor verdadero se hace pequeño, humilde y concreto.

Esta catequesis ayuda a los niños a comprender que seguir a Jesús no consiste solo en rezar o aprender cosas de memoria, sino también en vivir como Él: ayudando, sirviendo y amando con sencillez. La gran invitación de esta escena es muy clara:

Mira a Jesús, aprende de Él y sirve a los demás con alegría.

 

Catequesis sobre la Instauración de la Eucaristía

Catequesis sobre la Instauración de la Eucaristía

La Institución de la Eucaristía

El don total de Cristo: presencia, sacrificio y comunión


Objetivo de la sesión

Que los participantes comprendan que la Eucaristía no es un símbolo ni un recuerdo, sino la presencia real de Jesucristo que se entrega sacramentalmente como sacrificio, alimento y comunión, y que este misterio constituye el centro de la vida cristiana y de la Iglesia.


Introducción

En la Última Cena, Jesucristo realiza uno de los actos más decisivos de toda la historia de la salvación. No solo anticipa su muerte, sino que la hace sacramentalmente presente. Lo que va a suceder al día siguiente en la cruz queda ya contenido en forma misteriosa en el pan y en el vino. La Iglesia siempre ha comprendido que en este gesto se entrega todo el misterio de Cristo.

San Juan Pablo II afirma con claridad que «la Iglesia vive de la Eucaristía» (Ecclesia de Eucharistia, 1). No se trata de una devoción más, sino del centro real de la vida cristiana. Todo converge en la Eucaristía: la redención, la presencia de Cristo, la comunión con Dios y la unidad de la Iglesia.

El peligro actual es reducir este misterio a un símbolo, a una reunión o a un acto comunitario sin profundidad sacrificial. Por eso es necesario volver a escuchar las palabras mismas de Cristo y la enseñanza constante de la Iglesia.



Texto bíblico completo

Evangelio según san Lucas (Lc 22, 14-20, Biblia CEE):

«Llegada la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él. Y les dijo: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios”.

Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que desde ahora no beberé del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios”.

Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía”.

Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”».


Profundización teológica, sacramental y patrística

Las palabras de Cristo son directas y no admiten reducción simbólica: «Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre» (Lc 22,19-20). La Iglesia ha entendido siempre estas palabras en sentido real. El Concilio de Trento enseña que en la Eucaristía «está contenido verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo» (Sesión XIII, cap. 1).

Santo Tomás de Aquino explica que no se trata de un cambio aparente, sino real: «Por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en el Cuerpo de Cristo» (Suma Teológica, III, q. 75, a. 4). Esta conversión es lo que la Iglesia llama transubstanciación.

La Eucaristía es también sacrificio. No se repite la cruz, pero se hace presente sacramentalmente. Como enseña el Catecismo, «el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio» (CIC, 1367). Esto significa que en cada Misa estamos realmente ante el misterio de la cruz.

Los Padres de la Iglesia son unánimes en esta fe. San Ignacio de Antioquía habla de la Eucaristía como «la carne de nuestro Salvador Jesucristo» (Carta a los Esmirniotas, 7), y san Cirilo de Jerusalén enseña: «No lo consideres como pan y vino, porque es el cuerpo y la sangre de Cristo» (Catequesis Mistagógicas, 4).

Además, la Eucaristía es comunión. Cristo no solo se ofrece, sino que se da como alimento. San Agustín lo expresa de manera profunda: «No me transformarás tú en ti, como el alimento de tu cuerpo, sino que tú te transformarás en mí» (Confesiones, VII, 10). Comulgar no es un gesto externo, sino una transformación interior.

Por eso, la Eucaristía exige una disposición adecuada. San Pablo advierte con fuerza: «Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1 Cor 11,27, Biblia CEE). La Iglesia ha mantenido siempre la necesidad de estar en gracia para recibir dignamente este sacramento.


Orientaciones para catequistas

El catequista debe insistir en tres ideas inseparables: presencia real, sacrificio y comunión. Si se separan, se deforma la comprensión de la Eucaristía. No es solo presencia sin sacrificio, ni sacrificio sin comunión, ni comunión sin presencia real.

Es fundamental evitar un lenguaje ambiguo. Los jóvenes necesitan claridad. Cristo no dijo “esto representa”, sino “esto es”. Esta claridad no debe presentarse con dureza, sino con profundidad y belleza.

Conviene también ayudar a descubrir que la Eucaristía transforma la vida. No se puede comulgar y vivir igual. La coherencia entre fe y vida es parte esencial de la catequesis.


Actividades catequéticas

Actividad 1. ¿Qué significa “esto es mi cuerpo”?

Objetivo: Comprender la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Tiempo: 10 minutos.
Materiales: Biblia.

El catequista lee el texto lentamente y pide a los participantes que se detengan en la frase central.

Microguion:
— «¿Por qué Jesús no dice “esto simboliza”?»
— «¿Qué cambia en tu vida si esto es real?»
— «¿Cómo te acercas a comulgar?»

Indicaciones: llevar a una toma de conciencia personal.


Actividad 2. La Misa como sacrificio

Objetivo: Descubrir la relación entre la Eucaristía y la cruz.

Tiempo: 10 minutos.

El catequista explica brevemente la unidad entre cruz y Misa.

Microguion:
— «¿Qué ocurre realmente en la Misa?»
— «¿Cómo cambiaría tu actitud si pensaras que estás ante la cruz?»

Indicaciones: evitar superficialidad, insistir en la realidad sacrificial.


Actividad 3. Prepararse para comulgar

Objetivo: Tomar conciencia de la necesidad de preparación interior.

Tiempo: 10 minutos.

Se invita a revisar la propia vida antes de la comunión.

Microguion:
— «¿Cómo te preparas para comulgar?»
— «¿Qué significa estar en gracia?»

Indicaciones: puede enlazar con la confesión.


Actividad 4. Lectio divina

Objetivo: Escuchar a Cristo y responder.

Se lee Lc 22,19 en silencio.

Microguion:
— «¿Qué te dice Jesús?»
— «¿Qué le respondes?»


Oración final

Señor Jesús,
creo que estás realmente presente en la Eucaristía.
Aumenta mi fe,
purifica mi corazón,
y enséñame a vivir unido a Ti.
Amén.


Conclusión

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana. En ella Cristo se entrega realmente. El confirmado está llamado a vivir de este misterio, a participar con fe y a dejarse transformar por Él.

El catequista, testimonio de la fe – Discurso del Papa Francisco

El catequista, testimonio de la fe – Discurso del Papa Francisco

Queridos catequistas, buenas tardes.

Me alegra que en el Año de la fe tenga lugar este encuentro para ustedes: la catequesis es un pilar maestro para la educación de la fe, y hacen falta buenos catequistas. Gracias por este servicio a la Iglesia y en la Iglesia.

Aunque a veces pueda ser difícil, se trabaje mucho, con mucho empeño, y no se vean los resultados deseados, educar en la fe es hermoso. Es, quizás, la mejor herencia que podemos dejar: la fe. Educar en la fe, para hacerla crecer. Ayudar a niños, muchachos, jóvenes y adultos a conocer y amar cada vez más al Señor, es una de las más bellas aventuras educativas: se construye la Iglesia. «Ser» catequistas. No trabajar como catequistas: eso no vale. Uno trabaja como catequista porque le gusta la enseñanza… Pero si tú no eres catequista, ¡no vale! No serás fecundo, no serás fecunda. Catequista es una vocación: “ser catequista”, ésta es la vocación, no trabajar como catequista. ¡Cuidado!, no he dicho «hacer» de catequista, sino «serlo», porque incluye la vida. Se guía al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio. Recuerden lo que nos dijo Benedicto XVI: “La Iglesia no crece por proselitismo. Crece por atracción”. Y lo que atrae es el testimonio. Ser catequista significa dar testimonio de la fe; ser coherente en la propia vida. Y esto no es fácil. ¡No es fácil! Ayudamos, guiamos al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio. Me gusta recordar lo que San Francisco de Asís decía a sus frailes: “Predicad siempre el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras”. Las palabras vienen… pero antes el testimonio: que la gente vea en vuestra vida el Evangelio, que pueda leer el Evangelio. Y «ser» catequistas requiere amor, amor cada vez más intenso a Cristo, amor a su pueblo santo. Y este amor no se compra en las tiendas, no se compra tampoco aquí en Roma. ¡Este amor viene de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! Y si viene de Cristo, sale de Cristo y nosotros tenemos que caminar desde Cristo, desde este amor que Él nos da.

¿Qué significa este caminar desde Cristo, para un catequista, para ustedes, también para mí, porque también yo soy catequista? ¿Qué significa?

Hablaré de tres cosas: uno, dos y tres, como hacían los viejos jesuitas… Uno, dos y tres.

1. Ante todo, caminar desde Cristo significa tener familiaridad con él, tener esta familiaridad con Jesús: Jesús insiste sobre esto a sus discípulos en la Última Cena, cuando se apresta a vivir el más alto don de amor, el sacrificio de la cruz. Jesús usa la imagen de la vid y los sarmientos, y dice: Permanezcan en mi amor, permanezcan unidos a mí, como el sarmiento está unido a la vid. Si estamos unidos a Él, podemos dar fruto, y ésta es la familiaridad con Cristo. ¡Permanecer en Jesús! Se trata de permanecer unidos a Él, dentro de Él, con Él, hablando con Él: permanecer en Jesús.

Para un discípulo, lo primero es estar con el Maestro, escucharle, aprender de él. Y esto vale siempre, es un camino que dura toda la vida. Me acuerdo de haber visto tantas veces, cuando estaba en la diócesis que tenía antes, a los catequistas salir de los cursos del seminario catequístico, diciendo: “¡Ya tengo el título de catequista!”. Eso no vale, no tienes nada, has dado un pequeño paso. ¿Quién te ayudará? ¡Esto vale siempre! No es un título, es una actitud: estar con Él, y dura toda la vida. Se trata de estar en la presencia del Señor, de dejarse mirar por Él. Y les pregunto: ¿Cómo están ustedes en la presencia del Señor? Cuando vas a la Iglesia, miras el Sagrario, ¿qué hacéis? Sin palabras… Pero yo hablo y hablo, pienso, medito, siento… ¡Muy bien! Pero ¿te dejas mirar por el Señor? Dejarse mirar por el Señor. Él nos mira y ésta es una manera de rezar. ¿Te dejas mirar por el Señor? ¿Cómo se hace? Miras el Sagrario y te dejas mirar… Así de sencillo. Es un poco aburrido, me duermo… ¡Duérmete, duérmete! De todas formas Él te mirará, igualmente te mirará. Pero tienes la certeza de que Él te mira. Y esto es mucho más importante que el título de catequista: forma parte del “ser” catequista. Esto caldea el corazón, mantiene encendido el fuego de la amistad con el Señor, te hace sentir que verdaderamente te mira, está cerca de ti y te ama. En una de las salidas que he hecho, aquí en Roma, en una Misa, se me acercó un señor, relativamente joven, y me dijo: “Padre, encantado de conocerlo, pero yo no creo en nada. No tengo el don de la fe”. Había entendido que era un don. “No tengo el don de la fe. ¿Qué me dice usted?”. “No te desanimes. Él te ama. Déjate mirar por Él. Solamente eso”. Y lo mismo les digo a ustedes: Déjense mirar por el Señor. Comprendo que para ustedes no sea tan sencillo: es difícil encontrar un tiempo prolongado de calma, especialmente para quienes están casados y tienen hijos. Pero, gracias a Dios, no es necesario que todos lo hagan de la misma manera; en la Iglesia hay variedad de vocaciones y variedad de formas espirituales; lo importante es encontrar el modo adecuado para estar con el Señor; y esto se puede hacer; es posible en todos los estados de vida. En este momento, cada uno puede preguntarse: ¿Cómo vivo yo este «estar» con Jesús? Ésta es una pregunta que les dejo: “¿Cómo vivo yo este estar con Jesús, este permanecer con Él?”. ¿Hay momentos en los que me pongo en su presencia, en silencio, me dejo mirar por él? ¿Dejo que su fuego inflame mi corazón? Si en nuestros corazones no está el calor de Dios, de su amor, de su ternura, ¿cómo podemos nosotros, pobres pecadores, inflamar el corazón de los demás? Piensen en esto.

2. El segundo elemento es el siguiente: Caminar desde Cristo significa imitarlo en el salir de sí e ir al encuentro del otro. Ésta es una experiencia hermosa y un poco paradójica. ¿Por qué? Porque quien pone a Cristo en el centro de su vida, se descentra. Cuanto más te unes a Jesús y él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás. Éste es el verdadero dinamismo del amor, éste es el movimiento de Dios mismo. Dios es el centro, pero siempre es don de sí, relación, vida que se comunica… Así nos hacemos también nosotros si permanecemos unidos a Cristo; Él nos hace entrar en esta dinámica del amor. Donde hay verdadera vida en Cristo, hay apertura al otro, hay salida de sí mismo para ir al encuentro del otro en nombre de Cristo. Y ésta es la tarea del catequista: salir continuamente de sí por amor, para dar testimonio de Jesús y hablar de Jesús, predicar a Jesús. Esto es importante porque lo hace el Señor: es el mismo Señor quien nos apremia a salir.

El corazón del catequista vive siempre este movimiento de «sístole y diástole»: unión con Jesús y encuentro con el otro. Son las dos cosas: me uno a Jesús y salgo al encuentro con los otros. Si falta uno de estos dos movimientos, ya no late, no puede vivir. Recibe el don del kerigma, y a su vez lo ofrece como don. Esta palabrita: don. El catequista es consciente de haber recibido un don, el don de la fe, y lo da como don a los otros. Y esto es hermoso. ¡Y no se queda para sí su tanto por ciento! Todo lo que recibe lo da. No se trata de un negocio. No es un negocio. Es puro don: don recibido y don transmitido. Y el catequista se encuentra allí, en ese intercambio del don. La naturaleza misma del kerigma es así: es un don que genera la misión, que empuja siempre más allá de uno mismo. San Pablo decía: «El amor de Cristo nos apremia», pero este «nos apremia» también puede traducirse como «nos posee». Así es: el amor te atrae y te envía, te atrapa y te entrega a los demás. En esta tensión se mueve el corazón del cristiano, especialmente el corazón del catequista. Preguntémonos todos: ¿Late así mi corazón de catequista: unión con Jesús y encuentro con el otro? ¿Con este movimiento de “sístole y diástole”? ¿Se alimenta en la relación con Él, pero para llevarlo a los demás y no para quedárselo él? Les digo una cosa: no entiendo cómo un catequista puede permanecer firme sin este movimiento. No lo entiendo.

3. Y el tercer elemento –tres– va siempre en esta línea: caminar desde Cristo significa no tener miedo de ir con Él a las periferias. Aquí me viene a la memoria la historia de Jonás, una figura muy interesante especialmente en nuestros tiempos de cambio e incertidumbre. Jonás es un hombre piadoso, con una vida tranquila y ordenada; esto lo lleva a tener sus esquemas muy claros y a juzgar todo y a todos con estos esquemas de manera rígida. Tiene todo claro: la verdad es ésta. Es inflexible. Por eso, cuando el Señor lo llama y le dice que vaya a predicar a Nínive, la gran ciudad pagana, Jonás se resiste. ¡Ir allí! Si yo tengo toda verdad aquí… Se resiste. Nínive está fuera de sus esquemas, se encuentra en la periferia de su mundo. Y entonces huye, se va a España, escapa, se embarca en un barco que zarpa hacia esos lugares. Vayan a leer de nuevo el libro de Jonás. Es breve, pero es una parábola muy instructiva, especialmente para nosotros que estamos en la Iglesia.

¿Qué es lo que nos enseña? Nos enseña a no tener miedo de salir de nuestros esquemas para seguir a Dios, porque Dios va siempre más allá. ¿Saben una cosa? ¡Dios no tiene miedo! ¿Lo sabían? ¡No tiene miedo! ¡Va siempre más allá de nuestros esquemas! Dios no tiene miedo de las periferias. Y si ustedes van a las periferias, allí lo encontrarán. Dios es siempre fiel, es creativo. Por favor, no se entiende un catequista que no sea creativo. Y la creatividad es como la columna vertebral del catequista. Dios es creativo, no está encerrado, y por eso nunca es rígido. Dios no es rígido. Nos acoge, sale a nuestro encuentro, nos comprende. Para ser fieles, para ser creativos, hay que saber cambiar. Saber cambiar. ¿Y para qué tengo que cambiar? Para adecuarme a las circunstancias en las que tengo que anunciar el Evangelio. Para permanecer con Dios, hay que saber salir, no tener miedo de salir. Si un catequista se deja ganar por el temor, es un cobarde; si un catequista se queda impasible, termina siendo una estatua de museo: ¡y tenemos tantos! ¡Tenemos tantos! Por favor, nada de estatuas de museo. Si un catequista es rígido, se hace apergaminado y estéril. Les pregunto: ¿Alguno de ustedes quiere ser un cobarde, una estatua de museo o estéril? ¿Alguno quiere ser así? [Catequistas: No]. ¿No? ¿Seguro? ¡Está bien! Lo que les voy a decir ahora, lo he dicho muchas veces, pero me sale del corazón. Cuando los cristianos nos cerramos en nuestro grupo, en nuestro movimiento, en nuestra parroquia, en nuestro ambiente, nos quedamos cerrados y nos sucede lo que a todo lo que está cerrado; cuando una habitación está cerrada, empieza a oler a humedad. Y si una persona está encerrada en esa habitación, se pone enferma. Cuando un cristiano se cierra en su grupo, en su parroquia, en su movimiento, está encerrado y se pone enfermo. Si un cristiano sale a la calle, a las periferias, puede sucederle lo que a cualquiera que va por la calle: un percance. Muchas veces hemos visto accidentes por las calles. Pero les digo una cosa: prefiero mil veces una Iglesia accidentada, y no una Iglesia enferma. Una Iglesia, un catequista que se atreva a correr el riesgo de salir, y no un catequista que estudie, sepa todo, pero que se quede encerrado siempre: éste está enfermo. Y a veces enfermo de la cabeza…

Pero ¡cuidado! Jesús no dice: vayan y apáñense. ¡No, no dice eso! Jesús dice: Vayan, yo estoy con ustedes. Aquí está nuestra belleza y nuestra fuerza: si vamos, si salimos a llevar su evangelio con amor, con verdadero espíritu apostólico, con parresía, él camina con nosotros, nos precede, -lo digo en español- nos «primerea». El Señor siempre nos “primerea”. A estas alturas ya han aprendido el significado de esta palabra. Y esto lo dice la Biblia, no lo digo yo. La Biblia dice, el Señor dice en la Biblia: Yo soy como la flor del almendro. ¿Por qué? Porque es la primera que florece en primavera. ¡Él está siempre el “primero”! ¡Es el primero! Esto es crucial para nosotros: Dios siempre nos precede. Cuando pensamos que vamos lejos, a una extrema periferia, y tal vez tenemos un poco de miedo, en realidad él ya está allí: Jesús nos espera en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma sin fe. Una de las periferias que más dolor me causa y que vi en la diócesis que tenía antes, ¿saben cuál es? La de los niños que no saben santiguarse. En Buenos Aires hay muchos niños que no saben santiguarse. ¡Ésta es una periferia! Hay que abordarla. Jesús está ahí, y te espera, para ayudar a ese niño a santiguarse. Él siempre nos precede.

Queridos catequistas, se han acabado los tres puntos. ¡Siempre caminar desde Cristo! Les doy las gracias por lo que hacen, pero sobre todo porque están en la Iglesia, en el Pueblo de Dios en camino, porque caminan con el Pueblo de Dios. Permanezcamos con Cristo –permanecer en Cristo-, tratemos de ser cada vez más uno con él; sigámoslo, imitémoslo en su movimiento de amor, en su salir al encuentro del hombre; y vayamos, abramos las puertas, tengamos la audacia de trazar nuevos caminos para el anuncio del Evangelio.

Que el Señor les bendiga y la Virgen les acompañe. Gracias.

María es nuestra Madre, María siempre nos lleva a Jesús.

Hagamos una oración, los unos por los otros, a la Virgen.

Muchas gracias.

Papa Francisco,
Discurso en el Congreso Internacional sobre la Catequesis,
Roma, Sala Pablo VI, viernes, 27 de septiembre de 2013

El catequista «es» catequista

El catequista «es» catequista

Ser catequista significa dar testimonio de la fe; ser coherente en la propia vida. Y esto no es fácil. ¡No es fácil! Ayudamos, guiamos al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio. Me gusta recordar lo que San Francisco de Asís decía a sus frailes: «Predicad siempre el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras». Las palabras vienen… pero antes el testimonio: que la gente vea en vuestra vida el Evangelio, que pueda «leer en vosotros» el Evangelio. Y «ser» catequistas requiere amor, amor cada vez más intenso a Cristo, amor a su pueblo santo. Y este amor no se compra en las tiendas, no se compra tampoco aquí en Roma. ¡Este amor viene de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! Y si viene de Cristo, sale de Cristo y nosotros tenemos que caminar desde Cristo, desde este amor que Él nos da.

Santo Padre Francisco. Discurso en el Congreso Internacional sobre la Catequesis

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El catequista es un discípulo del Señor

El catequista no es un profesor que enseña una materia más, es un apóstol de la Nueva Evangelización que tiene que ser consciente de que su labor no tiene que ver con la mera transmisión de una información teórica sino con el ejemplo y demostración  de una experiencia vital de fe.

El ejemplo perfecto para entender cómo debe de ser un catequista lo encontramos en los antiguos maestros del oriente, quienes enseñaban a vivir de acuerdo al plan divino; de esta manera facilitaban la búsqueda de la propia vocación y el encuentro de sentido de la vida.

En la antigua sociedad hebrea el maestro llegaba a ser más importante que los padres porque los hebreos buscaban saber vivir y los maestros mostraban y demostraban ese «saber vivir» con su propio estilo de vida, que era lo que realmente enseñaban. La reputación y autoridad de un maestro se la proporcionaba su propia coherencia de vida e invitaba a sus alumnos a seguirla e imitarla.

Jesús «Maestro» también es un maestro de Israel que enseña a sus discípulos a vivir; sin embargo, Jesús es único, es el Hijo de Dios, y tiene un estilo de vida con unas características únicas que sus discípulos deben tener siempre presente:


Antiguos maestros

Jesús «Maestro»

Los discípulos tenían el derecho de seleccionar al maestro que más les convenciera y conviniera.

Jesús escogía personalmente a cada uno de sus seguidores.

El discipulado era tomado solo temporalmente.

Los discípulos de Jesús lo siguen toda la vida.

Los discípulos entraban al servicio del maestro casi de la misma forma que un esclavo servía a su amo.

Jesús los llama amigos.

Los niños y mujeres no eran considerados aptos para el discipulado.

Jesús pide que los niños se acerquen a él y un grupo de mujeres lo siguen para aprender a vivir su vida.

Los seguidores de un ilustre maestro gozaban de fama y autoridad ante el pueblo.

Los seguidores de Jesús se encuentran con problemas, persecuciones y calumnias.


Así pues, un catequista debe poseer un formación sólida y estar formándose permanentemente para perseverar en el camino de santidad; pero sobre todo debe tener siempre presente la esencia de lo que realmente es: un discípulo del Señor. 

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Texto adaptado del artículo original de Mayú Dollero para Catholic.net