Una llamada: San Bruno, fundador de los cartujos – Con libro y recursos audiovisuales

Una llamada: San Bruno, fundador de los cartujos – Con libro y recursos audiovisuales

«Para alabanza de la gloria de Dios, Cristo, palabra del Padre por mediación del Espíritu Santo, eligió desde el principio algunos hombres, a quienes llevó a la soledad para unirlos a sí en íntimo amor. Siguiendo esta vocación el Maestro Bruno entró con seis compañeros en el desierto de Cartuja y se instaló allí».

Estatutos I.1

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¿Quién era Bruno?

Nació en Colonia hacia 1030 y llegó, siendo aún joven, a estudiar en la escuela catedralicia de Reims. Adquirido el grado de doctor y nombrado Canónigo del Capítulo de la catedral, fue designado en 1056 escoláster, es decir, Rector de la Universidad. Fue uno de los maestros más renombrados de su tiempo : «…un hombre prudente, de palabra profunda».

Bruno, se encuentra cada vez menos a gusto en una ciudad donde no escasean los motivos de escándalo por parte del alto clero e incluso del mismo Arzobispo. Después de haber luchado con éxito contra estos desórdenes, Bruno experimenta el deseo de una vida más entregada totalmente a sólo Dios.

Tras un ensayo de vida solitaria de breve duración, llegó a la región de Grenoble donde el obispo, el futuro San Hugo, le ofreció un lugar solitario en las montañas de su diócesis. En el mes de junio de 1084 el mismo obispo, condujo a Bruno y sus seis compañeros al valle selvático de Cartuja que dará su nombre a la Orden. Allí construyen su eremitorio formado por algunas cabañas de madera que se abren a una galería, que permite acceder sin sufrir demasiado por la intemperie a los lugares de vida común: La iglesia, el refectorio y el Capítulo.

Después de seis años de apacible vida solitaria, Bruno fue llamado por el Papa Urbano II al servicio de la Sede Apostólica. Creyendo su comunidad que no podía continuar sin él, primero pensó en separarse pero finalmente se dejó convencer de continuar la vida en la que había sido formada. Consejero del Papa, Bruno no se sentía a gusto en la Corte Pontificia. Permaneció solamente unos meses en Roma. De acuerdo con el Papa fundó un nuevo eremitorio en los bosques de Calabria al sur de Italia, con algunos nuevos compañeros. Allí falleció el seis de octubre de 1101.

Un testimonio de sus hermanos de Calabria: 

«Por muchos motivos merece Bruno ser alabado, pero sobre todo por uno: Fue un hombre de carácter siempre igual. De rostro siempre alegre, era sencillo en su trato. A la firmeza de un padre unía la ternura de una madre. Ante nadie hizo ostentación de grandeza, sino que se mostró siempre manso como un cordero».

La primera Regla: Guigo

«A instancias de otros eremitorios fundados a imitación de Cartuja, Guigo, quinto Prior de Cartuja puso por escrito la norma de su propósito (las «Costumbres», o usos de Cartuja, hacia 1127) que todos se comprometieron a seguir e imitar como regla de su observancia y como vínculo de caridad de la naciente familia» Estatutos I.1.

Después que una avalancha destruyó el eremitorio en 1132 sepultando siete monjes. El Prior Guigo construyó el eremitorio en el emplazamiento que tiene actualmente la Gran Cartuja.

El nacimiento de la Orden: San Antelmo

«…durante el priorato de Antelmo se reunió el primer Capítulo General (1140) al cual se sometieron para siempre todas las casas, junto con la misma casa de Cartuja» Estatutos I.1.

Por lo tanto a partir de 1140 la Orden de los cartujos nació oficialmente y así quedó situada entre las grandes instituciones monásticas de la Edad Media.

Las monjas

«Por aquel entonces, las monjas de Prebayón abrazaron también espontáneamente el modo de vida cartujano» Estatutos I.1.

La incorporación tuvo lugar hacia 1145 y fue el comienzo de la rama femenina de la familia cartujana.

Artículo original en la web de la Orden de los Cartujos.

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La transmisión de la fe en la familia, artículo 4

La transmisión de la fe en la familia, artículo 4

¿Cómo remontar la crisis de la familia?

Es urgente una amplia catequización sobre el ideal cristiano de la comunión conyugal y de la vida familiar, que incluya una espiritualidad de la paternidad y la maternidad.

SS Francisco, Audiencia con obispos de la Conferencia Episcopal de la República Dominicana, 28 de mayo de 2015

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Sumario

1. Tobías y Sara.

2. Deterioro actual del matrimonio y la familia.

3. Hay que volver al proyecto inicial de Dios.

4. Recuperar las propiedades esenciales del matrimonio.

5. Objetivos prioritarios para la familia de hoy.

6. El matrimonio es una vocación a la santidad.

7. Llevar el «espíritu de familia» a la sociedad entera.

ApéndiceCómo la Iglesia salvó mi matrimonio

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La transmisión de la fe en la familia, artículo 41. Tobías y Sara

La Biblia cuenta la historia de dos jóvenes, Tobías y Sara, que se conocieron y se enamoraron. En su noche de bodas, dirigieron sus corazones a Dios con gratitud y confianza. Tobías declaró en su oración que tomaba a Sara como esposa no por mero placer, sino por amor, con rectitud de intención. Y terminó diciendo: «Ten misericordia de ella y de mí, para que alcancemos juntos la ancianidad». Después dijeron ambos: «¡Amén, amén!»

Esta antigua historia se actualiza cada vez que un hombre y una mujer, primero ante el altar y más tarde ante el lecho nupcial, celebran libremente el Sacramento del Matrimonio para entregarse mutuamente por amor hasta que la muerte los separe.

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La transmisión de la fe en la familia, artículo 42. Deterioro actual del matrimonio y la familia

A lo largo de estas últimas décadas se ha ido deteriorando la imagen del matrimonio y de la familia. El papa Francisco afirmaba en una reciente Audiencia que la familia está siendo muy «baqueteada». ¿Qué quería decir con esta palabra? Si vamos al diccionario de la lengua española encontramos que «baquetear» equivale a sufrir el «castigo de baquetas», es decir ser golpeado con unas varas que usan los picadores para el manejo de los caballos. La familia de hoy está siendo baqueteada no con varas, pero sí por ciertas leyes y medios de comunicación.

En una de las primeras sesiones del Sínodo sobre la Familia (X-2015), el Cardenal Erdo –Arzobispo de Budapest y Relator del Sínodo- aseguró que los efectos de la globalización actual son causa de la disgregación de la familia porque están favoreciendo «un cambio antropológico: la persona, en la afirmación de su propia libertad, busca demasiado a menudo ser independiente de toda unión, de toda institución». Y esto, lógicamente, está teniendo consecuencias para la estabilidad matrimonial y para la educación de los hijos.

«Así parece explicarse -siguió diciendo- el número creciente de parejas que viven juntas establemente, pero no quieren contraer ningún tipo de matrimonio ni religioso ni civil». Además, «la fuga de las instituciones se encuentra también en el creciente porcentaje de divorcios».

También el arzobispo de Filadelfia, Mons. Chaput, denunció en el Sínodo que, en aras del desarrollo, los seres humanos «hemos contaminado nuestros océanos y el aire que respiramos, hemos envenenado el cuerpo humano con anticonceptivos y hemos tergiversado la comprensión de nuestra propia sexualidad».

Y el papa Francisco en la homilía de la Misa de Apertura del Sínodo (5-X-2015) hizo este diagnóstico: «Cada vez hay menos seriedad en llevar adelante una relación sólida y fecunda de amor: en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la buena y en la mala suerte. El amor duradero, fiel, recto, estable, fértil es cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado. Parecería que las sociedades más avanzadas son precisamente las que tienen el porcentaje más bajo de tasa de natalidad y el mayor promedio de abortos, de divorcios, de suicidios y de contaminación ambiental y social». Parece bastante evidente que por este camino la familia normal –y por tanto la sociedad- no tiene mucho futuro.

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La transmisión de la fe en la familia, artículo 43. Hay que volver al proyecto inicial de Dios

El verdadero amor es mucho más que una emoción pasajera: supone la entrega de lo más íntimo del corazón. De hecho, el amor entre un hombre y una mujer es el reflejo del amor infinito que Dios nos tiene. De ahí su importancia y su belleza.

Todo matrimonio tiene su origen en la misma naturaleza humana. Podemos observar, por ejemplo, que las instituciones de gobierno o muchas leyes cambian con el tiempo: esto es posible porque solo son fruto de la creatividad del ser humano. Sin embargo, la unión del hombre y la mujer ha sido «proyectada» por Dios, pues Él es el autor del matrimonio (CEC, 1.603). En la Biblia se lee que Dios dijo al crear a Adán: No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él (Gn 2, 18). Y creó a la mujer.

De la entrega recíproca y complementariedad sexual de los esposos surge de forma natural el don de la fecundidad. Por esta razón el matrimonio es la base sobre la que se construye la familia. Dios ha establecido en su plan que los hijos nazcan del amor de los esposos (hombre y mujer) y ha querido que todos los seres humanos vengan al mundo arropados por este amor.

Y no solo eso. La familia, como antes se dijo, cumple también otra función crucial: la de ser el fundamento y la base sobre la que se construye toda la sociedad. Así, el bien de una nación depende de la estabilidad de las familias que la componen.

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4. Recuperar las propiedades esenciales del matrimonio

La sociedad actual necesita recuperar y fortalecer las tres propiedades esenciales del matrimonio en conformidad con el plan de Dios: la unidad, la indisolubilidad y la apertura a la vida.

  1. Unidad: el varón y la mujer (y solo ellos) se unen para formar una comunidad de vida y de amor de manera que ya no son dos, sino una sola carne (Gn 2, 24 y Mt 19, 6). Ningún poeta ha definido mejor esta clase de unidad. La unidad no tiene partes y, por tanto, no se puede descomponer ni disolver.
  2. Indisolubilidad: significa que cuando los esposos se unen libremente, Dios sella su vínculo y ni «la Iglesia tiene poder para pronunciarse contra esta disposición de la sabiduría divina» (CEC, 1.640). El bien de los esposos —que se han entregado el uno al otro— y el de los hijos así lo exige. El verdadero matrimonio es «uno con una y para siempre». El divorcio atenta de lleno contra esta propiedad fundamental del matrimonio y perjudica especialmente a los hijos.
  3. Apertura a la vida: el amor conyugal tiende, por sí mismo, a la generación de los hijos. Dios, inmediatamente después de crear a Adán y Eva, les dijo: Procread y multiplicaos, y llenad la tierra (Gn 1, 28). La Iglesia enseña que «el acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (Humanae Vitae, 12). El aborto y la anticoncepción atacan esta propiedad esencial del matrimonio y tratan al ser humano como si fuera un animal. La mentalidad y la práctica anticonceptiva que hoy impera se oponen radicalmente a una verdadera vida de fe y de amor en el matrimonio cristiano. Por eso, es muy difícil que un matrimonio que utilice prácticas anticonceptivas pueda transmitir la fe a sus hijos.

La transmisión de la fe en la familia, artículo 4La aceptación generosa de los hijos como un don de Dios es la culminación natural del matrimonio. Sin embargo, aquellos esposos que no pueden tener hijos también están llamados a vivir santamente su matrimonio confiando en la Providencia amorosa de Dios y colaborando generosamente en el bien de la sociedad y de la Iglesia.

Es curioso comprobar que, al comienzo de su vida pública, Jesús asistió a una boda (Jn 2, 1-11). En efecto, en Caná de Galilea Jesús santificó el matrimonio con su presencia y realizó allí su primer milagro al convertir el agua en vino. Algunos antiguos Padres de la Iglesia vieron en este milagro la elevación de matrimonio natural al matrimonio-sacramento, fuente de gracias para los contrayentes y para su vida familiar. El matrimonio sacramental es el mismo matrimonio natural cuando se contrae válidamente por dos bautizados en la Iglesia.

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5. Objetivos prioritarios para la familia de hoy

Scott Hahn en su libro La evangelización de los católicos afirma que los cristianos deben recuperar una visión de la familia como «iglesia doméstica», según la expresión de san Pablo, que equivales a decir «iglesia familiar». Ante el reto de la crisis de la familia y de la descristianización, es necesario que se ayude a las familias cristianas, especialmente a las «familias jóvenes», a convertir sus hogares en lugares donde la fe se hace visible y real y donde se transmite a las nuevas generaciones. Y esta no es misión solamente de la madre, como tantas veces se aceptó en el pasado, sino de ambos cónyuges, si los dos se han comprometido a educar cristianamente a sus hijos. De este modo colaboran activamente en la nueva evangelización.

Para llevar a cabo esta misión evangelizadora como «iglesia doméstica», se requiere que marido y mujer asuman los siguientes objetivos:

  1. Ser consecuentes con los compromisos adquiridos y con las propiedades esenciales del matrimonio.
  2. Asumir la misión de ser los principales evangelizadores de sus hijos.
  3. Esforzarse en hacer de su familia sea un «lugar de oración».
  4. Tratar de que la Misa dominical ocupe un lugar central en la vida familiar.
  5. Esforzarte a diario para que la familia sea un remanso de paz y de caridad.
  6. Y un lugar que irradie amor y misericordia hacia fuera («Iglesia en salida»).

Estos objetivos los iremos desarrollando en los capítulos siguientes.

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6. El matrimonio es una vocación a la santidad

El matrimonio cristiano es un camino de santidad, una vocación. Mucha gente piensa que la palabra «vocación» se aplica exclusivamente al ámbito religioso: vocación sacerdotal, vocación a la vida religiosa, etc. Y no es así. La palabra vocación se usa principalmente como «la inspiración con que Dios llama a algún estado». Dios llama a la mayoría de los bautizados a la vida matrimonial y familiar y da a los esposos las gracias necesarias para que se ayuden mutuamente en su santificación.

La vida conyugal, siguiendo el espíritu evangélico, supone muchos beneficios para los esposos:

  1. Contribuye a combatir el egoísmo y la búsqueda del propio interés.
  2. Impulsa a entregarse generosamente al otro cónyuge y a los hijos.

Desde sus orígenes, la vida de la Iglesia ha estado muy unida a la institución familiar. En los Hechos de los Apóstoles, que es la historia de los primeros años de la Iglesia, leemos varias veces la conversión de familias enteras, familias que eran verdaderos oasis de vida cristiana en medio de un mundo pagano, familias que se sentían llamadas a santificarse en medio del mundo y a imitar el ejemplo de la Sagrada Familia en la vida ordinaria.

La situación entonces no era muy diferente ni más fácil que la que vivimos ahora. También hoy la familia cristiana tiene que superar numerosos obstáculos y, en medio de ellos, está llamada a crecer como comunidad de fe y oración en la que se transmite la fe de padres a hijos.

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7. Llevar el «espíritu de familia» a la sociedad entera

El papa Francisco en la audiencia del 7-X-2015 afirmó que «un vistazo atento a la vida diaria de los hombres y mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que hay en todas partes de una robusta inyección de «espíritu familiar».

El Papa manifestó que «se podría decir que el ‘espíritu familiar’ es la carta magna de la Iglesia: así el cristianismo debe mostrarse y así debe ser». El Santo Padre, refiriéndose a las relaciones humanas que predominan en la sociedad, señaló que «el estilo de las relaciones parece muy racional, formal, organizado, pero también muy ‘deshidratado’, árido y anónimo». «La familia introduce la necesidad de lazos de fidelidad, sinceridad, confianza, cooperación, respeto; anima a proyectar un mundo habitable y a creer en relaciones de confianza, también en condiciones difíciles». «Todos somos conscientes de lo insustituible de la atención familiar a los miembros más pequeños, más vulnerables, más heridos, e incluso más desastrosos en las conductas de su vida». La familia «libera de las aguas maliciosas del abandono y de la indiferencia, que ahogan a muchos seres humanos en el mar de la soledad». «Las familias saben bien qué es la dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extranjeros, o solo un número del carné de identidad». «De la familia, Jesús retoma su paso entre los seres humanos para persuadirlos de que Dios no los ha olvidado».

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Apéndice: Cómo la Iglesia salvó mi matrimonio

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Índice de artículos

Cómo la Iglesia salvó mi matrimonio

Cómo la Iglesia salvó mi matrimonio

Rachael Marie Collins lleva siete años casada y tiene tres hijos. Aunque no faltan los problemas, ahora su matrimonio es estable y feliz. Pero tuvo que superar una profunda crisis al año y medio de casarse. Según explica en una carta dirigida a los padres sinodales, publicada en First Things, tras un noviazgo romántico y una boda extraordinaria, al principio la convivencia fue una «pesadilla». «Aunque nos queríamos –aclara–, ninguno de los dos estábamos preparados para las renuncias, los acuerdos y los com-promisos diarios que exige la vida matrimonial».

Collins y su marido querían salvar su matrimonio y buscaron apoyo y ayuda. No les faltaba buena voluntad y pusieron todos los medios que estaban a su alcance. Acudie-ron incluso a terapias de pareja. Sin embargo, el consejo que recibían eran siempre el mismo: la única salida posible era la separación. «Nuestro terapeuta dijo a mi marido que lo mejor era que dejáramos nuestra relación (…) Las cosas no iba a cambiar», de modo que si continuaban con su matrimonio el fracaso estaba asegurado.

Solo en la Iglesia encontraron el apoyo necesario para seguir adelante. De hecho, según Collins, la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio fue lo que salvó su amor. Justamente cuando los amigos y familiares, los terapeutas y los expertos les sugerían desistir de su compromiso, en la Iglesia encontraron el acicate necesario para perseverar.

«La enseñanza de la Iglesia sobre la indisolubilidad y el apoyo en la práctica (no solo doctrinal) que ofrece a los matrimonios en crisis fortaleció nuestra relación. No nos dejaba más elección que la de intentarlo una y otra vez hasta que la situación mejora-ra».

La Iglesia, animándoles a confiar en Dios y a asistir asiduamente a los sacramentos, enseñándoles a vivir paulatinamente las virtudes indispensables para la convivencia, como la paciencia o el perdón, y acompañándoles en sus luchas diarias, revitalizó su amor. Fue muy importante en este proceso tanto el acompañamiento espiritual de los sacerdotes como el ejemplo de otros matrimonios católicos, que les mostraba que la lucha por salvar su matrimonio tenía sentido.

«No sé si nuestro matrimonio hubiera sobrevivido si el mensaje de la Iglesia hubiera sido menos exigente o nos hubiera ofrecida la falsa esperanza de una salida ‘más misericordiosa’ a nuestra relación». Collins cree que las exigencias de la Iglesia no buscan endurecer o dificultar la vida matrimonial, sino defender el compromiso matrimonial y ayudar a las parejas a ser fieles a él. «Justamente porque nos obligó a perseverar –concluye–, la Iglesia nos enseñó a amarnos».

(Publicado en ACEPRENSA, 12-X-2015)

La transmisión de la fe en la familia, artículo 3

La transmisión de la fe en la familia, artículo 3

Crisis de la familia en la transmisión de la fe

«El matrimonio y la familia atraviesan una seria crisis cultural».

«Es urgente una amplia catequización sobre el ideal cristiano de la comunión conyugal y de la vida familiar, que incluya una espiritualidad de la paternidad y la maternidad», agregó el pontífice.

«Sigamos presentando la belleza del matrimonio cristiano: «casarse en el Señor» es un acto de fe y amor, en el que los esposos, mediante su libre consentimiento, se convierten en transmisores de la bendición y la gracia de Dios para la Iglesia y la sociedad.

Papa Francisco, Audiencia con obispos
de la Conferencia Episcopal de la República Dominicana, 
28 de mayo de 2015

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Sumario

1. La fe de nuestros padres y abuelos.

2. La transmisión de la fe en las familias.

3. Crisis actual en la transmisión de la fe

4. ¿Qué panorama nos espera?

5. “Alianza entre la Iglesia y la familia”

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1. La fe de nuestros padres y abuelos

Cuando hablamos de «transmisión de la fe» no lo hacemos en el mismo sentido que cuando se habla de transmisión de una enfermedad o de una determinada herencia. La fe es siempre una respuesta personal y libre a la gracia del Espíritu Santo, que ilumina y ayuda a responder confiadamente a Dios. Esa respuesta personal se realiza con más facilidad en el seno de una familia cristiana.

Desde un punto de vista sociológico, es fácil constatar que durante siglos, en los países de tradición cristiana, la fe se ha ido transmitiendo pacíficamente de padres a hijos, sin  que nos diéramos cuenta de la enorme importancia que todo este proceso tenía para el conjunto de la vida de la Iglesia y de la humanidad y para la difusión del Evangelio en el mundo.

Bastaría que cada uno de nosotros se hiciera algunas preguntas sobre su propia experiencia: ¿quién nos enseñó a creer en Jesucristo y a dirigirnos a la Virgen María? ¿Cuándo aprendimos a rezar y a distinguir el bien del mal? ¿Cuándo y cómo empezamos a vivir como cristianos?…

Seguramente la mayoría de nosotros ha nacido a la fe y a la vida cristiana gracias a la ayuda de nuestros padres y abuelos. Fueron nuestros padres quienes pidieron el sacramento del Bautismo para cada uno de nosotros y asumieron la responsabilidad de enseñarnos a vivir como cristianos. Fueron también ellos quienes eligieron una escuela acorde con sus convicciones humanas y religiosas.

Todo ello se desarrolló seguramente con plena naturalidad en un entorno familiar y social que favorecía la educación y la transmisión de la fe. Este modo de proceder gozaba de una enorme lógica: si ellos mismos habían  recibido la vida de la gracia en la Iglesia, ¿cómo iban a privar a sus hijos del don del Espíritu Santo, fuente del amor, de la vida divina y de la felicidad eterna?

 

2. La transmisión de la fe en las familias

Desde los primeros siglos de nuestra era, y con una continuidad que hoy nos asombra, cientos de generaciones se han ido incorporando a la Iglesia a medida que el Evangelio de Jesucristo iba llegando a las diversas regiones del planeta. Primero en Europa y más tarde en América y en los demás continentes, millones de seres humanos de todas las razas, lenguas y culturas recibían el Bautismo y transmitían la fe cristiana a sus hijos en el seno del hogar.

Como una madre enseña a sus hijos a hablar y a querer, la Iglesia, madre de los fieles cristianos, iba enseñando el lenguaje de la fe y sus expresiones en la vida cotidiana por medio de sacerdotes y religiosos, muchos de ellos santos de altar. Pero, sobre todo, la fe se ha ido transmitiendo durante siglos por medio de los padres y madres de familia, cristianos corrientes que la pedían para sus hijos en el sacramento del Bautismo y luego, en el momento oportuno y con la debida catequesis de preparación, los acercaban a recibir los sacramentos de la Confirmación y de la Eucaristía.

3. Crisis actual en la transmisión de la fe

Sin embargo, en los tiempos recientes las cosas han cambiado mucho debido al crecimiento progresivo, especialmente en Europa y Estados Unidos, de todo un verdadero “tsunami” de secularismo y descristianización.

Los datos lo atestiguan. Por ejemplo, con referencia a España, hasta hace pocos años el 90% de los niños nacidos en nuestro país recibía el Bautismo y hacía la Primera Comunión. Ahora, el 30% de los niños ya no recibe el Bautismo, y aunque el 70% recibe la Primera Comunión esta ceremonia se mantiene en muchos casos como un acto meramente social. Y, lo que es todavía más llamativo, solamente el 4 % de los jóvenes entre 15 y 30 años participan habitualmente en la Misa dominical, frente a un 96% que ya no participa. (Son datos del año 2014).

Por otro lado, el número de matrimonios ante la Iglesia está bajando mucho, mientras suben a gran velocidad el número de matrimonios civiles y, sobre todo, las parejas de hecho.

Ante la fuerza espectacular de estos datos, ha escrito el cardenal Fernando Sebastián:  “Tenemos que reconocer que el medio de transmisión de la fe, más normal y más efectivo durante siglos se ha desmoronado en pocos años. Esta es una de las novedades más graves y más preocupantes de la situación de la Iglesia en la España actual”.

Y Mons. Sebastián, al que seguimos en estos comentarios, sigue diciendo que antes los niños eran iniciados en la fe desde los primeros años a través de la convivencia familiar. Ahora este cauce falla en  muchos casos. Los padres conviven menos con los hijos, muchas familias católicas tienen una vida religiosa deficiente, no asisten a la Eucaristía dominical ni celebran las grandes fiestas del Año Litúrgico, tampoco tienen costumbre de rezar en familia. En la convivencia familiar no aparece con suficiente nitidez el testimonio de la fe vivida, no hay “contagio” de la fe.

4. ¿Qué panorama nos espera?

A primera vista, asusta pensar lo que será nuestra sociedad dentro de 20 ó 30 años, cuando aparezca una nueva generación carente de las conexiones que todavía tienen bastantes jóvenes actuales con muchas ideas y valores cristianos.

Sin embargo, y contra lo que podría pensarse, la familia no es un enfermo desahuciado sino que es el verdadero remedio de cara a la renovación apostólica que ya se ha iniciado.

El papa Francisco, al finalizar el Año de la Fe (2012-2013), publicó la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (“La alegría del Evangelio”) que es una apasionada llamada a una nueva evangelización en toda la Iglesia, y, por tanto, también en cada familia cristiana.

La acciones que ha promovido el Santo Padre desde ese momento resultan impresionantes: desde la convocatoria de dos Sínodos de Obispos sobre la familia (en octubre de 2014 y en octubre de 2015) hasta sus discursos y homilías casi diarias a lo largo de estos doce últimos meses, pasando por el Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Filadelfia (EEUU) en el mes de septiembre de 2015.

5. “Alianza entre la Iglesia y la familia”

Precisamente en Filadelfia, el papa Francisco ha hablado de “la alianza entre la Iglesia y la familia” porque “la familia es una bendición de Dios destinada a todos”. De nada sirve lamentarnos constantemente de los fallos de la época actual y de los méritos de la sociedad que fue cristiana. Es el momento, como está enseñando cada día el papa Francisco, de dejar de lanzar anatemas y de centrarse más en los mensajes positivos.

Por eso, desde las parroquias, desde los colegios de ideario católico, desde los grupos de orientación familiar, desde los movimientos que aman y sirven a las familias hemos de ayudar a los niños, a los jóvenes  y a los matrimonios a que tomen conciencia de la grandeza de la vocación cristiana y de la misión evangelizadora que les espera, que ha de ser afrontada con decisión y coraje, con el ejemplo y con la palabra.

Estos artículos desean ser como una sencilla guía orientadora que pueda ayudar a muchos padres jóvenes a descubrir las ventajas que tiene enseñar a sus hijos, desde pequeños, a ser cristianos coherentes, es decir personas que conocen el verdadero sentido de sus vidas y el camino hacia la felicidad en un mundo confuso.

Indirectamente, algunos de estos padres se sentirán interpelados por lo que van a encontrar en estos artículos y, más aún, cuando intenten explicarlo a sus hijos. Este es uno de los  principales objetivos de los autores: ayudar a padres jóvenes a reflexionar sobre su propia fe, a veces vacilante, recordando las luminosas palabras de Benedicto XVI: “la fe se fortalece cuando se transmite”. Van dirigidos a padres generosos que quieren asentar unas bases formativas sólidas con el fin de asegurar la futura felicidad de sus hijos.

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La transmisión de la fe en la familia, artículo 2

La transmisión de la fe en la familia, artículo 2

El influjo de la familia en la expansión del cristianismo (II)

Dios siempre golpea las puertas de los corazones. Le gusta hacerlo. Le sale de adentro. ¿Pero saben que es lo que más le gusta? Golpear las puertas de las familias y encontrar a las familias unidas, que se quieren, que hacen creer a sus hijos, los educan y los llevan adelante.

SS Francisco, Filadelfia, 2015

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Influjo de la familia en la expansión del cristianismo en los primeros siglos (II)

1. Factores que favorecieron la difusión del Evangelio

En algunos sectores del mundo judío la situación era favorable a la recepción del cristianismo, pues existía una expectativa mesiánica en las almas sinceramente religiosas que aguardaban con impaciencia la llegada del Mesías. Este era el caso de familias como la de María y José, en Nazaret, el anciano Zacarías y su esposa Isabel, en Ain Karin, o el anciano Simeón y la profetisa Ana en Jerusalén.

A partir del día de Pentecostés, los Doce Apóstoles predicaron el Evangelio de Jesucristo en Jerusalén donde se dieron abundantes conversiones a la nueva fe. Las persecuciones promovidas por las autoridades religiosas judías contra los primeros cristianos no hicieron otra cosa que ayudar a acelerar la primera expansión del cristianismo. En los Hechos de los Apóstoles y en las cartas de Pablo vemos la importancia que tuvieron las familias cristianas en la difusión de la fe. Así, por ejemplo, Pablo, al escribir a Timoteo, alaba su fe y le recuerda: “esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú” (2 Tm 1, 5).

Debido a la Diáspora, que se acrecentó con las persecuciones, la religión cristiana pronto llegó a Roma llevada por judíos conversos y fue acogida por muchos paganos.

2. La difusión del Evangelio en el Imperio Romano

El Imperio Romano en primeros siglos de nuestra era ocupaba una superficie más grande que la que hoy llamamos Unión Europea.

mapadelimperioromanoEl Imperio, a pesar de su conocida hostilidad hacia los cristianos, ofreció a la primitiva Iglesia dos grandes ventajas. Primero, la facilidad de las comunicaciones a través de las calzadas romanas. En segundo lugar, la paz interior, es decir un mundo tranquilo en el que la firme autoridad de Roma garantizaba el orden.

Junto a las ventajas mencionadas, existían diversos obstáculos que hacían muy difícil la incorporación a la Iglesia de Cristo. Los conversos que procedían del judaísmo quedaban marginados de su comunidad de origen y con frecuencia eran mirados como enemigos de sus hermanos de raza. Tampoco era fácil la conversión para los paganos del mundo romano, pues al  hacerse cristianos eran tenidos por “ateos” (no adoradores de las divinidades romanas) y, como su nueva religión era ilícita, corrían el peligro de ser perseguidos e incluso de sufrir el martirio y la muerte.

Está claro que la decisión de hacerse cristiano en aquel tiempo comportaba un elevado valor moral. Sin embargo, como veremos a continuación, la religión politeísta de Roma se fue descomponiendo poco a poco pues ni los mejores filósofos creían ya en ella y cada día ganaba más terreno entre los paganos la idea de que su religión oficial era un conjunto de supersticiones y prácticas vacías de sentido. Podríamos decir que la propia debilidad de la religión politeísta de Roma coadyuvó a la expansión del cristianismo.

Casi siempre, las primicias del Evangelio llegaban al mundo dominado por Roma a través de humildes y desconocidos “misioneros”: comerciantes, viajeros, militares, esclavos, etc. Los puertos de mar y las colonias judías de la Diáspora fueron los primeros lugares en los que la Buena Nueva encontró favorable acogida. Y junto a cada comerciante, militar o viajero, había una esposa y unos hijos, una familia donde los hijos eran educados en la fe en Jesucristo y en la vida cristiana. Las familias, por tanto se convirtieron en los cauces fundamentales para la transmisión de la nueva fe en el Imperio Romano, y esto tanto en Itálica, como en la Galia, Hispania o Britania.

3. Factores que más influyeron en la primera difusión del cristianismo

Ya en el texto citado de la segunda carta de Pablo a Timoteo se vislumbra la importancia de la familia, y en concreto de la mujer, en la transmisión de la fe cristiana (“esa fe que tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro que tienes también tú”: 2 Tm 1, 5).

starkPero hay, además, datos que proceden de la investigación científica que avalan este hecho. El prestigioso sociólogo Rodney Stark, que ha sido durante mucho años catedrático de Sociología y de Estudios Comparados sobre la Religión en la Universidad de Washington, ha investigado sobre los factores humanos que más influyeron en la expansión del cristianismo en los  primeros siglos, antes del Edicto de Milán (a. 311).

En su libro La expansión del cristianismo Stark analiza los principales motivos sociológicos que contribuyeron al rápido crecimiento de las comunidades cristianas dentro del Imperio Romano. Entre ellos destaca los siguientes:

  • La superior dignidad de la mujer cristiana.
  • El valor del matrimonio, de la vida humana y de la prole. 
  • La mayor fortaleza de los cristianos para afrontar la enfermedad y la muerte.

Resumiremos a continuación las conclusiones a las que llega Rodney Smark.

3.1. La superior dignidad de la mujer cristiana

mujer-cristianaLa mujer en el Imperio Romano tenía una posición claramente inferior a la del varón. Este, en cuanto pater familiae, gozaba de una autoridad y de unos derechos muy superiores a los de su mujer. El divorcio era frecuente y casi siempre favorecía al varón.

La inferior condición de la mujer se manifestaba ya en el momento del nacimiento. Muchas niñas no deseadas eran descartadas. Si el padre no quería exponerlas (abandonarlas a su suerte), debía dar orden explícita de alimentarlas. La exposición de niñas no deseadas y de niños deformes era práctica habitual amparada por la ley y aceptada por todas las clases sociales. En las grandes familias no se criaba más de una hija. 

La conversión al Evangelio y la incorporación a la Iglesia supuso para la mujer una notable elevación en su dignidad moral y social. Basta leer las cartas de san Pablo para comprobarlo (“Maridos: amad a vuestra mujeres como Cristo amó  a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”:  Ef 5, 25).  

“Aunque algunos escritores clásicos alegaban que las mujeres eran presa fácil para cualquier «superstición extraña», la mayoría reconocía que el cristianismo era inusualmente atractivo, pues dentro de la subcultura cristiana las mujeres gozaban de un estatus muy superior que el que tenían en el mundo grecorromano” (R. Stark, o. c., pág. 93).

3.2. El valor del matrimonio, de la vida humana y de la prole 

Los Evangelios y las epístolas de san pablo son bien elocuentes respecto al valor que el cristianismo otorga al matrimonio, que es calificado por san Pablo como sacramentum magnum. Por otro lado, la moral que enseñaban los Apóstoles y sus sucesores concedía a la vida humana un valor sagrado y, por lo tanto, inviolable.

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Esta nueva visión del matrimonio y de la familia tuvo un gran atractivo humano y espiritual en un mundo en el que tanto la mujer como la prole con

 frecuencia carecían del respeto y de la dignidad que les correspondía como simples seres humanos. La amoralidad imperante en la cultura del Imperio Romano intentaba frenar la natalidad mediante la práctica del aborto y del infanticidio. Veamos un extracto de las conclusiones de R. Stark.

El aborto

“La fertilidad se redujo de manera importante en el mundo grecorromano por el recurso muy frecuente al aborto. Los textos literarios detallan un número de técnicas abortivas sorprendentemente amplio, de entre las cuales las más efectivas eran a la vez las más peligrosas. De este modo, el aborto no sólo evitó muchos nacimientos, sino que también mató a muchas mujeres antes de que pudieran contribuir con su fertilidad, resultando además una importante causa de infertilidad de las mujeres que sobrevivieron a los abortos.

Un método frecuente consistía en la ingestión de dosis casi fatales de veneno con la intención de provocar el aborto. A consecuencia de ello, tanto el feto como la madre morían en muchos casos.

La principal razón por la cual estas peligrosas prácticas eran tan comunes era el empeño por ocultar las relaciones sexuales ilícitas. Mujeres solteras o casadas que se quedaban embarazadas mientras sus maridos estaban ausentes recurrían a menudo al aborto”.

El Infanticidio

“Aunque los romanos varones se casaban, a menudo formaban familias pequeñas, y ni siquiera los incentivos legales conseguían que se cumpliera la meta de tres hijos por familia. Una razón para ello era el infanticidio: nacían muchos más bebés de los que llegaban finalmente a sobrevivir. La práctica del infanticidio era bastante común. Séneca, por ejemplo, consideraba el sofocamiento de recién nacidos como algo razonable y común. También era relativamente frecuente dejar expuesto a un bebé no deseado fuera de los hogares, donde pudiera ser visto por alguien que se lo quisiera llevar o bien fuera víctima de los animales. Esta práctica estaba justificada por la ley” (o. c., páginas 111 y 112).

3.3.  La mayor fortaleza y esperanza de los cristianos al afrontar el misterio de la  enfermedad y de la muerte

La fe cristiana daba respuestas claras y esperanzadoras al misterio del sufrimiento y de la muerte. Esta cuestión ha inquietado siempre al ser humano y más, posiblemente, cuando las enfermedades no tenían tratamientos eficaces y la mortandad era inmensa como consecuencia de las guerras, las epidemias, etc.  McNeill lo resumió de la siguiente manera:

“Otra ventaja de la que disfrutaron los cristianos sobre los paganos era que las enseñanzas de su fe hacían que sus vidas tuvieran un significado incluso más allá de una muerte repentina y sorprendente […] Incluso un resto convulso de supervivientes, que de algún modo había superado la guerra y la pestilencia, o ambas, podía encontrar calor, consuelo y cura inmediata en la perspectiva de una existencia celestial para aquellos parientes y amigos que no estaban ya […] El cristianismo era, por tanto, un sistema de pensamiento y de sentimientos minuciosamente adaptado a tiempos turbulentos, en los cuales prevalecían las dificultades, las enfermedades y la muerte violenta” (1976, 108). (cf. o. c., pág. 80).

El matrimonio y la familia formada a la luz de la fe cristiana alcanzó una visión nueva del valor de la vida. Supo la nueva cultura que en el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad y maternidad humana está presente Dios Creador. “Por eso, los esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo llama a la filiación divina. Más aún:  toda generación, toda paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo” (cf. Benedicto XVI, Valencia, 9-VII-2006). 

De este modo la familia cristiana tuvo una importancia inestimable en la propagación de la nueva cultura cristiana, primero en Europa y, después, en el mundo.

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La transmisión de la fe en la familia, artículo 1

La transmisión de la fe en la familia, artículo 1

El influjo de la familia en la expansión del cristianismo (I)

Ninguna ingeniería económica y política está en capacidad de sustituir este aporte de las familias. El proyecto de Babel edifica rascacielos sin vida. El Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos (cfr Is 32, 15). Debemos salir de las torres y de las bóvedas blindadas de las élites, para frecuentar de nuevo las casas y los espacios abiertos a las multitudes, abiertos al amor de la familia.

SS Francisco

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La transmisión de la fe en el pueblo de Israel

La familia en el pueblo de Israel tenía una estructura profundamente patriarcal en la que un elemento fundamental era la transmisión de la fe de padres a hijos.

El «Shemá» es la oración fundamental del pueblo de Israel. Este texto bíblico ha mantenido unido al pueblo hebreo a lo largo de los siglos: «iEscucha, Israel. El Señor es nuestro Dios, Él es Único. iAmarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas!». Y enseguida añade: «¡Que estas palabras que te dicto hoy estén siempre en tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablaras de ellas cuando estés sentado en casa y al ir de camino, al acostarte y al levantarte!» (Dt 6, 4-9).

En otras palabras, la transmisión de la fe en el pueblo de Israel no se apoyaba en la labor de la casta sacerdotal, sino en el núcleo familiar. La religión del Pueblo de Dios se transmitía esencialmente en la familia.

Las conversiones entre los primeros cristianos

El Nuevo Testamento presenta un panorama bastante parecido. Vemos cómo familias enteras se convierten después de la conversión del padre: es el caso de la conversión del funcionario de Cafarnaún («creyó él y toda su casa»: Jn 4, 53); o el del carcelero de san Pablo y Silas («se bautizaron él y todos los suyos»: Act 16, 25-34), etc.

Eusebio de Cesárea cuenta que los primeros evangelizadores cristianos estaban tan fortalecidos por el «Espíritu divino», que «al oírlos por primera vez, las multitudes, como si fueran una sola persona, abrazaban entusiásticamente en sus corazones la piedad para con el Creador del universo» (Historia eclesiástica III, 37, 3).

Muchos historiadores modernos aceptan el testimonio de Eusebio de Cesaréa sobre las conversiones masivas como la única respuesta al fenómeno de la rapidez de la expansión del cristianismo en los primeros tiempos.

Adolf von Harnack, autor de gran renombre como estudioso de la Teología y de la Historia del cristianismo, califica el crecimiento del cristianismo en términos de «rapidez inconcebible» y «expansión asombrosa», y expresó su creencia de que «el cristianismo hubo de reproducirse gracias a los milagros, pues el portento más grande de todos habría sido la extraordinaria expansión de esta religión sin contar con milagro alguno» (335, n. 2).

Sin embargo, las ciencias sociales modernas han expresado otras hipótesis para explicar el crecimiento del cristianismo en los primeros tiempos.

Pero este será el tema del siguiente artículo.

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El Gran Silencio – Documental sobre la vida en la Cartuja

El Gran Silencio – Documental sobre la vida en la Cartuja

Fugitiva relinquere et aeterna captare: abandonar las realidades fugaces e intentar aferrar lo eterno. En esta expresión de la carta que vuestro fundador dirigió al preboste de Reims, Rodolfo, se encierra el núcleo de vuestra espiritualidad (cf. Carta a Rodolfo,13): el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo aquello que impide esta comunión, y dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor. Queridos hermanos, vosotros habéis encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cf. Mt 13, 44-46); habéis respondido con radicalidad a la invitación de Jesús: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme» (Mt 19, 21). Todo monasterio —masculino o femenino— es un oasis en el que, con la oración y la meditación, se excava incesantemente el pozo profundo del que podemos tomar el «agua viva» para nuestra sed más profunda. Pero la cartuja es un oasis singular, donde el silencio y la soledad son custodiados de modo muy especial, según la forma de vida iniciada por san Bruno y que ha permanecido sin cambios en el curso de los siglos. «Habito en el desierto con los hermanos», es la frase sintética que escribía vuestro fundador (Carta a Rodolfo,4).

Santo Padre emérito Benedicto XVI

Cartuja de Serra san Bruno

Homilía del domingo, 9 de octubre de 2011

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El gran silencio muestra por primera vez el día a día dentro del «Grande Chartreuse» el monasterio Cartujo en los Alpes franceses de la legendaria orden de los cartujos, una de las hermandades más estrictas de la iglesia católica. 
Una película austera, cercana a la meditación, al silencio, a la vida en estado puro. Sin música, excepto los cantos de los monjes, sin entrevistas, sin comentarios… una película sobre unos hombres que entregaron su vida a Dios en su forma más pura: la contemplación.
Dieciséis años después de su primer encuentro con el padre prior de la orden, el director Phillip Groening obtuvo permiso para rodar dentro del monasterio sobre la vida de los monjes. Phillip vivió en el monasterio y siguió a los monjes con su cámara. Se convirtió en parte del ritual, en parte de su vida cotidiana, como un monje más a caballo entre los antiguos ritos que los cartujos practican y la vida moderna que él conoce.
Premio al mejor documental 2006 de la academia europea de cine.

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El Gran Silencio, ficha en IMDb

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El Gran Silencio – Ficha del documental

Título original: Die Große Stille

Año: 2006

Duración: 164 min

Género: Documental

Director: Philip Gröning

Guión: Philip Gröning

Música: Michael Busch, Philip Gröning

Fotografía/Montaje: Philip Gröning

País: Alemania (coproducción franco-germano-suiza)

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