Catequesis: Vicios y virtudes (5): La avaricia

Catequesis: Vicios y virtudes (5): La avaricia

Serie de catequesis de Confirmación basada en las catequesis del papa Francisco sobre los vicios y las virtudes

Basado en la Audiencia General del papa Francisco · 24 de enero de 2024



Presentación

La avaricia suele reducirse a un problema de dinero, pero el Evangelio la presenta como algo mucho más profundo: un corazón incapaz de vivir libremente porque necesita retener para sentirse seguro. El avaro no solo guarda cosas; guarda también tiempo, afecto, atención, capacidades y control. Vive defendiendo continuamente algo que teme perder.

El papa Francisco explica que este vicio nace muchas veces del miedo. La persona acumula porque siente inseguridad interior. Cree que poseyendo más estará más protegida, más tranquila o más fuerte. Pero ocurre justamente lo contrario: cuanto más necesita controlar y guardar, más miedo tiene a perder.

Por eso esta catequesis no pretende demonizar las cosas materiales. La Iglesia nunca ha enseñado que poseer sea malo en sí mismo. El problema aparece cuando las cosas ocupan el centro del corazón y terminan sustituyendo la confianza en Dios y la apertura a los demás.

Muchos adolescentes creen que este vicio no tiene relación con ellos porque no son ricos. Sin embargo, ya pueden vivir formas muy reales de avaricia: obsesión por el móvil, miedo a compartir, necesidad de aprobación, ansiedad por la imagen, comparación constante o dificultad para darse gratuitamente.

La gran pregunta de esta sesión no será “qué tienes”, sino “qué no puedes soltar”. Porque ahí es donde suele esconderse el verdadero apego del corazón.

Clave catequética:
Esta sesión debe evitar dos errores frecuentes: reducir la avaricia únicamente al dinero o convertirla en un discurso moralizante sobre compartir. El núcleo profundo es la libertad interior del corazón.

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Posibilidades de uso y fragmentación

La sesión completa está pensada para un encuentro de unos 60-75 minutos, pero admite distintas adaptaciones según el grupo, el nivel de madurez o el contexto pastoral.

  • Sesión completa: recomendada para grupos de Confirmación consolidados o itinerarios continuados.
  • División en dos encuentros: primer día dedicado al diagnóstico interior y análisis de imágenes; segundo día centrado en la lectio divina y el combate espiritual concreto.
  • Uso familiar: varias actividades pueden adaptarse fácilmente para trabajar en casa con padres e hijos, especialmente las relacionadas con compartir tiempo, atención y objetos.
  • Retiro o convivencia: la actividad sobre “qué no quieres soltar” puede utilizarse como preparación penitencial o examen interior.

El catequista debe cuidar especialmente el tono. Este tema toca inseguridades profundas y no puede tratarse con agresividad ni con superficialidad. El objetivo no es generar culpabilidad, sino verdad interior.

Conviene también dejar silencios reales. La avaricia suele esconderse bajo excusas razonables y necesita tiempo para ser reconocida.

Orientación práctica:
No conviene empezar directamente hablando de dinero. Es mucho más eficaz partir de experiencias cercanas: móvil, comparación social, necesidad de control, miedo a perder o dificultad para compartir.

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Objetivos

Descubrir que la avaricia no consiste solo en tener mucho, sino en vivir aferrado.

Ayudar al joven a identificar sus propias formas de acumulación y control.

Comprender que el miedo a perder puede esclavizar profundamente el corazón.

Despertar el deseo de vivir con más libertad interior y capacidad de compartir.

Mostrar que Cristo libera del apego y conduce a la verdadera riqueza del amor y la comunión.

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Texto base de la sesión

Papa Francisco · Audiencia General · 24 de enero de 2024

Idea central: la avaricia encierra al hombre dentro de sí mismo porque le hace buscar seguridad absoluta en aquello que posee. El corazón termina endureciéndose y volviéndose incapaz de vivir con libertad y apertura.

El Santo Padre insiste especialmente en que este vicio suele disfrazarse de prudencia o necesidad. El avaro rara vez se considera avaro; piensa que simplemente está siendo previsor, cuidadoso o responsable. Pero poco a poco las cosas ocupan el lugar que debería pertenecer a Dios y a los demás.

La catequesis del Papa conduce finalmente hacia una pregunta muy seria: ¿qué lugar ocupa realmente el tesoro del hombre? Porque allí donde está su tesoro, termina estando también su corazón.

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Fundamento bíblico

Mateo 6, 19-21

«No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los corroen, y donde los ladrones perforan y roban. Atesorad más bien para vosotros tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni la carcoma corroen, ni los ladrones perforan y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».

Jesucristo no condena aquí las cosas materiales, sino el corazón que queda atrapado por ellas. El problema no es poseer algo, sino terminar viviendo pendiente de conservarlo. Cuando el hombre convierte las cosas en su seguridad principal, acaba entregándoles el corazón.

La frase decisiva es: “donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”. El corazón humano siempre termina pegándose a aquello que considera más importante. Y por eso la avaricia es tan peligrosa: desplaza lentamente la confianza desde Dios hacia objetos, dinero, control o reconocimiento.

El Evangelio invita a aprender una libertad nueva: usar las cosas sin quedar esclavizados por ellas.


Marcos 10, 17-22

«Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. […] Jesús se le quedó mirando, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico».

Este pasaje muestra que la avaricia no siempre aparece como maldad evidente. El joven rico es correcto, religioso y aparentemente bueno. Pero hay algo que no puede soltar. Y precisamente ahí aparece su esclavitud interior.

La frase más dura quizá no sea el mandato de Jesús, sino el desenlace: “se marchó triste”. La avaricia promete seguridad, pero termina produciendo tristeza y aislamiento.

Antes de pedirle nada, Jesús lo mira y lo ama. La llamada al desprendimiento no nace del desprecio a la vida, sino de una invitación a vivir más libremente.

Microguion para el catequista:
“Jesús no quiere quitarle cosas al joven rico. Quiere liberarlo de aquello que le impide seguirlo con el corazón entero.”

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Profundización doctrinal y catequética

La avaricia no nace primero del amor al dinero, sino del miedo. El corazón humano busca seguridad. Cuando esa seguridad deja de apoyarse en Dios y empieza a apoyarse obsesivamente en cosas que puede controlar, aparece lentamente el apego. Por eso el avaro vive defendiendo continuamente algo: dinero, tiempo, prestigio, comodidad, imagen o incluso personas.

El problema profundo no es poseer, sino quedar poseído. Hay personas con pocos bienes profundamente esclavizadas por ellos y personas con muchos bienes capaces de vivir desprendidas. El Evangelio nunca plantea la pobreza como desprecio de las cosas materiales, sino como libertad interior frente a ellas.

La avaricia tiene una consecuencia espiritual muy seria: endurece el corazón. El hombre empieza a medirlo todo según utilidad, rendimiento o beneficio. Poco a poco pierde capacidad de gratuidad, de contemplación y de entrega. Todo se convierte en cálculo.

Por eso este vicio afecta profundamente a las relaciones humanas. El avaro no solo guarda dinero; también guarda afecto, atención, capacidades y tiempo. Le cuesta darse porque siente que, si entrega algo, se empobrece. Y así termina viviendo encerrado dentro de sí mismo.

El papa Francisco insiste en que la avaricia suele disfrazarse de prudencia. El avaro rara vez se reconoce como tal. Cree que simplemente está siendo responsable, cuidadoso o previsor. Pero la diferencia es clara: la prudencia ordena; la avaricia esclaviza.

El gran drama del corazón avaro es que termina incapaz de disfrutar realmente lo que posee. Vive preocupado por conservarlo, aumentarlo o protegerlo. Y cuanto más necesita controlar, más miedo siente. El apego nunca produce paz estable; produce vigilancia constante.

El Evangelio propone exactamente el movimiento contrario: aprender a vivir abiertos. Jesucristo enseña que la verdadera riqueza no consiste en acumular, sino en amar con libertad. Por eso el desprendimiento cristiano no es desprecio del mundo, sino capacidad de usarlo sin quedar atrapado por él.

La avaricia encierra; la caridad abre. El avaro vive continuamente hacia dentro. El cristiano aprende a salir de sí mismo porque sabe que la vida no se salva reteniendo, sino entregándose.

Clave doctrinal:
La pobreza evangélica no consiste simplemente en “tener poco”, sino en no convertir nada creado en el centro del corazón.

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La cultura de la acumulación y el miedo en los jóvenes

Los adolescentes actuales crecen dentro de una cultura que les enseña constantemente que nunca tienen suficiente. Redes sociales, publicidad, moda y consumo digital crean una sensación permanente de carencia: siempre existe alguien más atractivo, más exitoso, más popular o con mejores cosas.

Esto produce una ansiedad silenciosa muy profunda. Muchos jóvenes viven comparándose continuamente sin darse cuenta. La identidad empieza a depender de lo que se posee, se muestra o se proyecta. Y cuando el valor personal se apoya en eso, aparece inevitablemente el miedo a perderlo.

La avaricia moderna muchas veces no tiene forma de caja fuerte, sino de pantalla. El móvil puede convertirse en refugio emocional, en necesidad compulsiva de validación o en miedo constante a quedarse desconectado. No se trata simplemente de tecnología: se trata de un corazón incapaz de descansar.

También aparece una forma nueva de acumulación: acumular experiencias, atención y reconocimiento. El joven puede volverse incapaz de disfrutar algo si no puede mostrarlo o compartirlo inmediatamente en redes. La experiencia deja de vivirse y empieza a consumirse.

Otro aspecto muy importante es el miedo al futuro. Muchos adolescentes escuchan continuamente mensajes sobre crisis, fracaso o inseguridad económica. Y eso puede llevarlos a desarrollar desde muy pronto una necesidad exagerada de control: guardar, competir o asegurar constantemente su vida.

La cultura digital además dificulta muchísimo aprender a esperar. Todo aparece de forma inmediata: imágenes, música, entretenimiento, compras, estímulos. Y un corazón acostumbrado a consumir rápidamente termina teniendo enormes dificultades para vivir la paciencia, el agradecimiento y el desprendimiento.

Por eso esta sesión debe evitar simplificaciones superficiales. No basta decir “hay que compartir”. El catequista debe ayudar al joven a descubrir el mecanismo interior: muchas veces acumulamos porque tenemos miedo.

La respuesta cristiana no consiste en despreciar las cosas materiales, sino en devolverlas a su lugar correcto. Las cosas están para servir a la vida y al amor. Cuando ocupan el centro, el corazón termina encerrándose.

Frente a una cultura que enseña continuamente a retener, el Evangelio enseña a darse. Y ahí aparece la gran paradoja cristiana: quien vive aferrado termina vacío; quien aprende a compartir descubre una alegría mucho más profunda.

Orientación catequética:
Conviene conectar constantemente esta reflexión con situaciones reales de los adolescentes: móvil, comparación social, ansiedad por la imagen, miedo a quedarse fuera, dificultad para compartir tiempo o atención, necesidad continua de validación.

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Lectura catequética de las imágenes

Las imágenes de esta sesión no son simples ilustraciones decorativas. Cada una muestra un momento distinto del recorrido interior que provoca la avaricia: aislamiento, repliegue, apego y, finalmente, libertad compartida. Conviene trabajarlas lentamente, dejando silencios y ayudando al grupo a descubrir lo que revelan del corazón humano.


Imagen 1 · El aislamiento del que acumula

La escena presenta a un joven rodeado de objetos, tecnología y comodidad. Sin embargo, la sensación dominante no es bienestar, sino aislamiento. Todo parece estar bajo control, pero él aparece encerrado dentro de su propio mundo. La habitación transmite una falsa sensación de seguridad: muchas cosas, poca comunión.

La imagen ayuda a desmontar una idea equivocada muy frecuente: pensar que la avaricia consiste solo en acumular dinero. Aquí el problema aparece de manera mucho más cercana a los adolescentes. El joven tiene entretenimiento, objetos y distracciones, pero está solo. La acumulación no ha llenado el corazón; simplemente ha ocupado el espacio.

Conviene hacer notar que no hay nada exageradamente malo en la escena. Precisamente ahí está la fuerza catequética de la imagen. La avaricia rara vez se presenta como algo monstruoso. Suele aparecer como comodidad, control o necesidad de protegerse.

Microguion sugerido:
“Mira bien la habitación. Tiene muchas cosas… pero ¿qué sensación transmite realmente? ¿Paz? ¿Alegría? ¿O más bien encierro?”

Es importante evitar comentarios simplistas contra la tecnología o el dinero. El objetivo no es demonizar objetos, sino ayudar a descubrir cómo un corazón puede acabar refugiándose en ellos.

Clave catequética: la avaricia empieza muchas veces cuando las cosas dejan de ser herramientas y empiezan a convertirse en refugio emocional.

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Imagen 2 · Dos direcciones del corazón

La composición de los dos gemelos espalda contra espalda es decisiva. No aparecen como “uno bueno y otro malo”, sino como dos direcciones posibles del mismo corazón humano. Ambos comparten el mismo origen, pero viven orientados de manera distinta.

Uno de los jóvenes se inclina hacia los demás, comparte y participa de la vida común. El otro permanece replegado sobre sí mismo, aferrado a sus objetos y desconectado de quien intenta acercarse. La postura corporal ya cuenta toda la historia: apertura frente a repliegue.

La avaricia aparece aquí como incapacidad de darse. El problema no es poseer algo, sino vivir continuamente defendiéndolo. El joven encerrado no disfruta realmente de lo que tiene; vive pendiente de conservarlo.

Esta imagen permite explicar muy bien una idea central del papa Francisco: el avaro vive dominado por el miedo. Por eso protege continuamente lo suyo y sospecha del otro. El corazón se vuelve incapaz de descansar.

Microguion sugerido:
“Los dos jóvenes son prácticamente iguales. Lo que cambia no es lo que tienen, sino la dirección de su corazón.”

Conviene preguntar al grupo qué personaje transmite más libertad. La mayoría de adolescentes identifica rápidamente la diferencia cuando la observación se hace despacio.

Error frecuente: interpretar la escena como si compartir significara perder. La actividad debe conducir a descubrir exactamente lo contrario: el corazón abierto aparece mucho más ligero y libre.

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Imagen 3 · Cristo invita a soltar

Esta imagen representa el momento más delicado de toda la sesión: la tensión interior entre el apego y la llamada de Cristo. El joven sostiene con fuerza aquello que simboliza su seguridad —móvil, imagen, estatus, control— mientras Jesús se acerca sin violencia ni teatralidad.

La actitud de Cristo es muy importante. No aparece como alguien que arrebata cosas ni como un mendigo que suplica atención. Se acerca con serenidad, pone la mano sobre el hombro del muchacho y señala discretamente el camino. Es una invitación, no una imposición.

El joven tampoco aparece como un rebelde agresivo. Lo verdaderamente interesante es que parece dividido. Hay desconfianza, apego y resistencia, pero también una cierta inquietud interior. La escena transmite la dificultad real de desprenderse de aquello que uno considera imprescindible.

Aquí conviene conectar directamente con el Evangelio del joven rico. Cristo no quiere empobrecerlo, sino liberarlo de aquello que le impide seguirlo con el corazón entero.

Microguion sugerido:
“Jesús no le está quitando algo importante. Le está mostrando que ya vive esclavo de ello.”

Es importante no reducir la explicación al dinero. El apego puede tener muchas formas: necesidad de control, miedo al rechazo, obsesión por la imagen, dependencia emocional o dificultad para confiar.

Clave catequética: Cristo no humilla al joven por sus apegos; entra en su lucha para conducirlo hacia una libertad más grande.

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Imagen 4 · La verdadera

La última imagen cambia completamente el clima de la sesión. Después del aislamiento, el repliegue y el apego, aparece finalmente la comunión. Los jóvenes comparten tiempo, conversación, ayuda y presencia. La riqueza ya no se mide por lo que cada uno guarda, sino por lo que son capaces de vivir juntos.

Cristo aparece integrado discretamente en la escena. Esto es importante: no domina visualmente la imagen, sino que da unidad a todo el grupo. Su presencia sugiere que la verdadera libertad nace cuando el hombre deja de vivir encerrado en sí mismo.

La imagen evita un error muy habitual: pensar que el Evangelio conduce a una vida triste o empobrecida. Ocurre justamente lo contrario. El desprendimiento libera al corazón para la alegría, la amistad y la comunión.

Microguion sugerido:
“La verdadera riqueza de esta imagen no está en las cosas que aparecen, sino en la relación entre las personas.”

Conviene terminar esta parte haciendo notar que nadie en la escena parece preocupado por defender lo suyo. Todo transmite descanso, sencillez y apertura.

Clave catequética final: quien vive aferrado termina aislado; quien aprende a darse descubre una alegría mucho más profunda.

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Desarrollo de la sesión

Esta sesión necesita un ritmo sereno y profundo. El tema de la avaricia no suele provocar rechazo inmediato en los adolescentes porque muchos no lo identifican como un problema real en su vida. Precisamente por eso el catequista debe conducir el encuentro desde experiencias cercanas y concretas, evitando empezar con discursos abstractos sobre dinero o riqueza.

El clima general debe ser sobrio, cercano y contemplativo. Conviene evitar tanto el tono agresivo como la superficialidad humorística. La sesión toca inseguridades muy profundas: miedo a perder, necesidad de control, ansiedad por la imagen o dificultad para compartir. Si el joven se siente juzgado, se cerrará; si siente que todo es banal, no entrará en el combate interior.

Es importante dejar silencios reales. La avaricia suele esconderse detrás de excusas razonables y necesita tiempo para ser reconocida. El catequista debe resistir la tentación de explicarlo todo continuamente. Muchas veces una pregunta bien hecha y un silencio posterior producen más fruto que una larga explicación.

Orientación general:
El objetivo no es que el joven salga pensando “tener cosas es malo”, sino que descubra aquello que le impide vivir con libertad interior.

La distribución del tiempo debe mantenerse flexible. Si una actividad está generando profundidad real, conviene prolongarla ligeramente aunque haya que recortar explicaciones secundarias. La sesión debe sentirse como un camino interior progresivo: reconocer el apego, descubrir el miedo que lo sostiene y abrirse a la libertad que propone Cristo.

Propuesta aproximada de duración: Actividad 1 (10 minutos), Actividad 2 (12 minutos), Actividad 3 (10 minutos), Lectio divina (15 minutos), Actividad 5 y cierre (10-12 minutos).

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Actividad 1 · “¿Qué no quieres soltar?”

Objetivo: ayudar al joven a identificar sus propios apegos y descubrir que la avaricia no se limita al dinero, sino que puede afectar a cualquier realidad convertida en falsa seguridad.

Duración aproximada: 10 minutos.

Materiales: hojas pequeñas o tarjetas y bolígrafos.

El catequista comienza retomando brevemente la imagen del joven aislado y la pregunta central de la sesión. No conviene hacerlo deprisa. El grupo debe sentir que la pregunta va dirigida personalmente a cada uno.

Microguion inicial:
“Todos tenemos cosas importantes. El problema empieza cuando algo ocupa tanto espacio dentro de nosotros que sentimos miedo de perderlo. Hoy no vamos a preguntar cuánto tienes. Vamos a preguntarnos otra cosa: ¿qué no quieres soltar?”

Se reparte una tarjeta a cada participante. El catequista explica que nadie tendrá que leerla en voz alta. Esto es importante para favorecer sinceridad real y evitar respuestas superficiales.

Después, se van planteando lentamente varias preguntas, dejando silencio entre una y otra:

  • ¿Qué perderías y sentirías que tu vida se desordena?
  • ¿Qué necesitas continuamente para sentirte tranquilo?
  • ¿Qué te cuesta compartir o dejar?
  • ¿Qué ocupa demasiado espacio en tu cabeza o en tu tiempo?
  • ¿Qué defiendes continuamente aunque te haga daño?

Cada joven escribe una palabra o frase breve. El catequista debe evitar comentarios rápidos o bromas durante este momento. El silencio es parte esencial de la actividad.

Después de unos minutos, se invita a doblar la tarjeta y conservarla. Más adelante volverán a ella durante la sesión.

Qué provoca esta actividad:
La mayoría de adolescentes descubre aquí que sus apegos reales no suelen ser dinero, sino control, imagen, móvil, aprobación, comodidad o necesidad de validación.

Error frecuente: responder de forma demasiado genérica (“dinero”, “cosas materiales”) sin bajar a experiencias concretas.

Reconducción: el catequista puede insistir suavemente:

Microguion de reconducción:
“No pienses en lo que debería preocuparle a un cristiano. Piensa en lo que realmente ocupa espacio dentro de ti.”

Sentido catequético: romper la idea de que la avaricia es un problema lejano y ayudar al joven a descubrir dónde busca realmente su seguridad.

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Actividad 2 · La lógica de la avaricia

Objetivo: descubrir cómo el miedo a perder puede transformar lentamente la forma de relacionarse con los demás y con las cosas.

Duración aproximada: 12 minutos.

La actividad comienza observando la imagen de los dos gemelos. El catequista no debe explicar enseguida. Primero conviene dejar un tiempo breve de observación silenciosa.

Después se pide al grupo que describa qué sensaciones transmite cada personaje. La mayoría percibe rápidamente que uno aparece más libre y ligero, mientras que el otro transmite tensión y repliegue.

Microguion:
“Los dos jóvenes tienen prácticamente lo mismo. La diferencia no está en las cosas que poseen, sino en la dirección de su corazón.”

El catequista ayuda entonces a descubrir la lógica interior de la avaricia:

  • primero aparece el miedo;
  • después la necesidad de controlar;
  • más tarde el repliegue sobre uno mismo;
  • y finalmente la incapacidad de compartir y descansar.

Es importante explicar que el avaro rara vez disfruta realmente de lo que tiene. Vive más pendiente de protegerlo que de gozarlo. La acumulación promete seguridad, pero termina generando vigilancia continua.

El catequista puede invitar entonces a relacionar esta dinámica con experiencias muy concretas:

  • obsesión por el móvil;
  • comparación constante en redes sociales;
  • dificultad para compartir tiempo;
  • miedo a quedar mal delante de otros;
  • necesidad continua de reconocimiento.

Clave importante:
La avaricia no siempre hace que una persona tenga más cosas; muchas veces hace que tenga menos libertad.

Error frecuente: interpretar la generosidad como ingenuidad o debilidad.

Reconducción: el catequista puede insistir en que el joven abierto de la imagen no parece más débil, sino más ligero y capaz de vivir.

Sentido catequético: ayudar a descubrir que el verdadero combate no está entre “tener o no tener”, sino entre vivir encerrado o vivir abierto.

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Actividad 3 · Aprender a desprenderse

Objetivo: ayudar al joven a descubrir que el desprendimiento cristiano no consiste solo en “dar cosas”, sino en aprender a vivir con más libertad interior.

Duración aproximada: 10 minutos.

Materiales: las tarjetas utilizadas en la Actividad 1.

El catequista pide recuperar la tarjeta guardada anteriormente. Conviene hacerlo despacio, dejando que el grupo recuerde el momento inicial de sinceridad. No es necesario preguntar en voz alta qué escribió cada uno.

Se explica entonces una idea importante: muchas personas creen que la libertad consiste en poder hacer lo que quieren, pero el Evangelio muestra algo más profundo. La verdadera libertad aparece cuando el corazón deja de depender obsesivamente de aquello que posee.

Microguion:
“Si algo ocupa tanto espacio dentro de ti que no puedes imaginarte sin ello, quizá ya no lo estás usando tú… quizá eso te está usando a ti.”

El catequista invita después a realizar un ejercicio muy concreto. Cada joven debe pensar una acción pequeña, realista y verificable para empezar a desprenderse de aquello que domina demasiado espacio en su vida.

Conviene insistir mucho en que no se trata de hacer promesas exageradas. Lo importante es comenzar a romper el apego de manera concreta y sincera.

Pueden sugerirse ejemplos como:

  • dejar el móvil un tiempo concreto cada día;
  • compartir algo que normalmente se protege demasiado;
  • dedicar tiempo real a alguien sin mirar continuamente la pantalla;
  • hacer una renuncia voluntaria pequeña;
  • dejar de compararse continuamente con otros.

Después de unos minutos, cada joven escribe detrás de la tarjeta una decisión concreta para esa semana. Nadie tiene obligación de leerla públicamente.

Qué provoca esta actividad:
El joven empieza a descubrir que el combate contra la avaricia no es teórico. Se juega en pequeños actos reales de desprendimiento y confianza.

Error frecuente: plantear renuncias imposibles o puramente emocionales.

Reconducción: el catequista debe insistir en decisiones pequeñas, concretas y mantenibles.

Sentido catequético: comprender que la libertad interior se educa mediante actos concretos de desprendimiento.

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Actividad 4 · Lectio divina

La lectio divina constituye el centro espiritual de toda la sesión. Aquí el joven deja de mirar solamente sus propios comportamientos para colocarse delante de la mirada de Cristo. El catequista debe crear un clima distinto: menos explicativo y más contemplativo.

Conviene bajar ligeramente la luz de la sala o favorecer un ambiente más silencioso. Nadie debería tener móviles visibles durante este momento. El ritmo debe ser pausado, sin prisas.

Orientación importante para el catequista:
No conviertas la lectio en una explicación bíblica larga. La clave está en ayudar al grupo a entrar dentro de la escena evangélica.

Texto bíblico · Marcos 10, 17-22

«Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. Jesús se le quedó mirando, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico».

El texto se lee lentamente una primera vez. Después se deja aproximadamente un minuto de silencio real. El catequista no debe tener miedo a ese silencio. Muchas veces es ahí donde el joven empieza a escuchar interiormente.

Tras la primera lectura, conviene invitar al grupo a fijarse en tres detalles concretos:

  • la mirada de Jesús;
  • la tristeza final del joven;
  • la dificultad para soltar aquello que le da seguridad.

Microguion contemplativo:
“Imagínate dentro de la escena. Jesús no te humilla ni te desprecia. Te mira y te ama. Pero también ve aquello que te ata por dentro.”

El texto se lee entonces una segunda vez, todavía más despacio. Conviene marcar especialmente las frases:

  • «Jesús se le quedó mirando»;
  • «lo amó»;
  • «se marchó triste».

Después de la lectura, el catequista puede dejar algunas preguntas para la oración interior. No hace falta responderlas en voz alta inmediatamente.

  • ¿Qué me costaría más soltar si Jesús me lo pidiera?
  • ¿Qué ocupa demasiado espacio dentro de mí?
  • ¿Qué me impide seguir más libremente a Cristo?
  • ¿Dónde busco realmente mi seguridad?

Conviene terminar este momento con un silencio final más largo. El catequista no debe precipitar el cierre. La sesión necesita que el Evangelio repose dentro del grupo.

Clave espiritual:
El joven rico no se marcha porque Jesús le haya tratado mal, sino porque descubre que todavía no es libre.

Error frecuente: convertir la lectio en un debate moral o en una explicación doctrinal continua.

Sentido catequético: experimentar la mirada amorosa de Cristo y reconocer aquello que esclaviza interiormente el corazón.

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Actividad 5 · El combate contra la avaricia

Objetivo: ayudar al joven a comprender que el combate contra la avaricia no consiste simplemente en “dar cosas”, sino en aprender a vivir confiando más en Dios y menos en las falsas seguridades.

Duración aproximada: 10-12 minutos.

La actividad comienza retomando la imagen de Cristo junto al joven aferrado a sus seguridades. Conviene contemplarla unos instantes en silencio antes de empezar a hablar. El catequista debe ayudar al grupo a entrar en la tensión interior de la escena: el muchacho siente atracción por Cristo, pero también miedo a perder aquello que cree que le da estabilidad.

Es importante insistir en un aspecto decisivo: Jesús no aparece quitándole nada violentamente. Su gesto es sereno. Lo toca con cercanía y le muestra un camino. El Evangelio nunca humilla al hombre; lo invita a descubrir una libertad más grande.

Microguion:
“Cristo no quiere empobrecerte. Quiere liberarte de aquello que ya no te deja vivir con el corazón abierto.”

El catequista invita entonces a pensar en pequeñas esclavitudes cotidianas que pueden revelar apego interior:

  • necesidad continua de revisar el móvil;
  • miedo a quedarse fuera de algo;
  • obsesión por la imagen o la aprobación;
  • dificultad para compartir tiempo o atención;
  • incapacidad de descansar sin distracciones constantes.

Después se propone un pequeño gesto simbólico. Cada joven toma nuevamente la tarjeta de las actividades anteriores y la sostiene unos segundos en silencio. El catequista explica que ese papel representa aquello que cada uno necesita aprender a entregar más libremente a Dios.

No se destruye la tarjeta ni se obliga a mostrarla. Lo importante no es el gesto exterior, sino la decisión interior. Conviene evitar teatralidades.

Qué provoca esta actividad:
Muchos adolescentes descubren que el problema no es simplemente “tener cosas”, sino vivir dependiendo emocionalmente de ellas.

Error frecuente: pensar que la vida cristiana consiste en renunciar continuamente a todo.

Reconducción: el catequista debe insistir en que el Evangelio no conduce a una vida vacía, sino a una vida más libre y más capaz de amar.

Sentido catequético: comprender que el verdadero combate espiritual consiste en aprender a confiar más en Cristo que en las seguridades que uno acumula.

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Orientaciones para el catequista

Esta sesión exige bastante madurez por parte del catequista. La avaricia suele esconderse detrás de actitudes aparentemente normales y razonables. Por eso el acompañamiento debe ser sereno, profundo y muy concreto.

Conviene evitar un tono agresivo o culpabilizador. Muchos adolescentes ya viven ansiedad, comparación constante y necesidad de validación. Si la sesión se convierte en una condena moral de los objetos o de la tecnología, perderá completamente su profundidad espiritual.

También es importante no presentar el desprendimiento cristiano como tristeza o empobrecimiento. El Evangelio no propone una vida miserable, sino una vida libre. El objetivo es que el joven descubra que el apego no protege realmente el corazón; lo encierra.

El catequista debe vigilar especialmente la tentación de hablar demasiado. Esta sesión necesita silencios, preguntas abiertas y tiempos de observación. Muchas veces los adolescentes reaccionan más profundamente ante una imagen contemplada despacio que ante largas explicaciones.

Conviene además conectar continuamente con experiencias reales y cotidianas:

  • dependencia del móvil;
  • comparación social;
  • miedo al rechazo;
  • obsesión por la imagen;
  • dificultad para compartir tiempo;
  • necesidad constante de reconocimiento.

Es importante que el grupo perciba que la avaricia no es un problema lejano reservado a personas ricas. El verdadero combate se juega dentro del corazón y afecta a cualquier realidad que ocupe el lugar de la confianza en Dios.

Advertencia importante:
No fuerces testimonios personales delante del grupo. El tema toca inseguridades profundas y necesita respeto, silencio y acompañamiento prudente.

Clave final para el catequista: el objetivo último de la sesión no es que el joven “tenga menos”, sino que aprenda a vivir más libremente y con mayor capacidad de amar.

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Oración final

Conviene rezar esta oración lentamente, dejando pequeñas pausas entre los párrafos. El grupo debe sentir que la sesión termina abriéndose a la confianza y no cerrándose en un simple esfuerzo moral.

Señor Jesús,
muchas veces buscamos seguridad en cosas que terminan encerrándonos.
Nos aferramos al control, a la imagen, al reconocimiento o a aquello que creemos que nos protege.
Y sin darnos cuenta, el corazón se vuelve más pequeño y más temeroso.

Tú conoces nuestras esclavitudes escondidas.
Sabes qué cosas ocupan demasiado espacio dentro de nosotros.
Míranos como miraste al joven del Evangelio:
con verdad, pero también con amor.

Enséñanos a vivir con libertad interior.
A usar las cosas sin quedar atrapados por ellas.
A compartir sin miedo.
A confiar más en Ti que en nuestras falsas seguridades.

Haz nuestro corazón más sencillo, más abierto y más capaz de amar.
Que no vivamos defendiendo continuamente lo nuestro,
sino aprendiendo a entregarnos con alegría.

Amén.

Puede terminarse rezando juntos lentamente:

Padre nuestro, que estás en el cielo…


Documento base utilizado:


Papa Francisco · Audiencia General · 24 de enero de 2024


Evangelio del día: Cuidado con la avaricia

Evangelio del día: Cuidado con la avaricia

Lucas 12, 13-21. Lunes de la 29.ª semana del Tiempo Ordinario. La razón, incluida la nuestra, está oscurecida, como constatamos cada día, puesto que el egoísmo, la raíz de la avaricia, consiste en quererme a mí mismo por encima de todo y en considerar que el mundo existe para mí. Este egoísmo lo llevamos todos.

Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?». Después les dijo: «Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas». Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo «¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha». Después pensó: «Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida». Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?». Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

Sagrada Escritura en el portal web de la Santa Sede

Lecturas

Primera lectura: Carta de san Pablo a los Efesios, Ef 2, 1-10

Salmo: Sal 100(99), 2-5

Oración introductoria

Señor, me acerco a Ti con toda mi fragilidad. Tú me conoces mejor de lo que yo mismo me conozco. Me pongo en tu presencia para acompañarte y consolarte, porque no me interesa acumular riquezas sino vivir con mucha fe, esperanza y caridad, seguro de que contigo siempre tengo un futuro que es bello porque está lleno de tu amor.

Petición

Dios mío, dame la sabiduría para comprender lo que es verdaderamente importante en esta vida.

Meditación del Santo Padre Francisco

El dinero sirve para realizar muchas obras buenas, para hacer progresar a la humanidad, pero cuando se transforma en la única razón de vida, destruye al hombre y sus vínculos con el mundo exterior. Es ésta la enseñanza que el Papa Francisco sacó del pasaje litúrgico del Evangelio de Lucas (12, 13-21) durante la misa celebrada el lunes 21 de octubre.

Al inicio de su homilía el Santo Padre recordó la figura del hombre que pide a Jesús que intime a su propio hermano para que reparta con él la herencia. Para el Pontífice, de hecho, el Señor nos habla a través de este personaje «de nuestra relación con las riquezas y con el dinero». Un tema que no es sólo de hace dos mil años, sino que se representa todavía hoy, todos los días. «Cuántas familias destruidas —comentó— hemos visto por problemas de dinero: ¡hermano contra hermano; padre contra hijos!». Porque la primera consecuencia del apego al dinero es la destrucción del individuo y de quien le está cerca. «Cuando una persona está apegada al dinero —explicó el Obispo de Roma— se destruye a sí misma, destruye a la familia».

Cierto, el dinero no hay que demonizarlo en sentido absoluto. «El dinero —precisó el Papa Francisco— sirve para llevar adelante muchas cosas buenas, muchos trabajos, para desarrollar la humanidad». Lo que hay que condenar, en cambio, es su uso distorsionado. Al respecto el Pontífice repitió las mismas palabras pronunciadas por Jesús en la parábola del «hombre rico» contenida en el Evangelio: «El que atesora para sí, no es rico ante Dios». De aquí la advertencia: «Guardaos de toda clase de codicia». Es ésta en efecto «la que hace daño en relación con el dinero»; es la tensión constante a tener cada vez más que «lleva a la idolatría» del dinero y acaba con destruir «la relación con los demás». Porque la codicia hace enfermar al hombre, conduciéndole al interior de un círculo vicioso en el que cada pensamiento está «en función del dinero».

Por lo demás, la característica más peligrosa de la codicia es precisamente la de ser «un instrumento de idolatría; porque va por el camino contrario» del trazado por Dios para los hombres. Y al respecto el Santo Padre citó a san Pablo, quien recuerda «que Jesucristo, que era rico, se hizo pobre para enriquecernos a nosotros». Así que hay un «camino de Dios», el «de la humildad, abajarse para servir», y un recorrido que va en la dirección opuesta, adonde conduce la codicia y la idolatría: «Tú que eres un pobre hombre, te haces dios por la vanidad».

Por este motivo —añadió el Pontífice— «Jesús dice cosas tan duras y fuertes contra el apego al dinero»: por ejemplo, cuando recuerda «que no se puede servir a dos señores: o a Dios o al dinero»; o cuando exhorta «a no preocuparnos, porque el Señor sabe de qué tenemos necesidad»; o también cuando «nos lleva al abandono confiado hacia el Padre, que hace florecer los lirios del campo y da de comer a los pájaros del cielo».

La actitud en clara antítesis a esta confianza en la misericordia divina es precisamente la del protagonista de la parábola evangélica, quien no conseguía pensar en otra cosa más que en la abundancia del trigo recogido en los campos y en los bienes acumulados. Interrogándose sobre qué hacer con ello —explicó el Papa Francisco—, «podía decir: daré esto a otro para ayudarle». En cambio «la codicia le llevó a decir: construiré otros graneros y los llenaré. Cada vez más». Un comportamiento que, según el Papa, cela la ambición de alcanzar una especie de divinidad, «casi una divinidad idolátrica», como testimonian los pensamientos mismos del hombre: «Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente».

Pero es precisamente entonces cuando Dios le reconduce a su realidad de criatura, poniéndole en guardia con la frase: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma». Porque —observó el Obispo de Roma— «este camino contrario al camino de Dios es una necedad, lleva lejos de la vida. Destruye toda fraternidad humana». Mientras que el Señor nos muestra el verdadero camino. Que «no es el camino de la pobreza por la pobreza»; al contrario, «es el camino de la pobreza como instrumento, para que Dios sea Dios, para que Él sea el único Señor, no el ídolo de oro». En efecto, «todos los bienes que tenemos, el Señor nos los da para hacer marchar adelante el mundo, para que vaya adelante la humanidad, para ayudar a los demás».

De ahí el deseo de que «permanezca hoy en nuestro corazón la palabra del Señor», con su invitación a mantenerse lejos de la codicia, porque, «aunque uno esté en la abundancia, su vida no depende de lo que posee».

Santo Padre Francisco: El dinero sirve pero la codicia mata

Meditación del lunes, 21 de octubre de 2013

Meditación del Santo Padre Benedicto XVI

Santidad, soy don Giampiero Ialongo, uno de los muchos párrocos que desempeñamos nuestro ministerio en la periferia de Roma, concretamente en Torre Angela, en el confín con Torbellamonaca, Borghesiana, Borgata Finocchio y Colle Prenestino. Estas periferias, como muchas otras, a menudo están olvidadas y descuidadas por parte de las instituciones. Me alegra que nos haya convocado esta tarde el presidente del municipio. Veremos qué sale de este encuentro con las autoridades municipales.

En nuestras periferias, quizá más que en otras zonas de nuestra ciudad, existe un fuerte malestar como consecuencia de la crisis económica internacional que comienza a gravar sobre las condiciones concretas de vida de numerosas familias. Como Cáritas parroquial, y sobre todo como Cáritas diocesana, hemos puesto en marcha muchas iniciativas encaminadas ante todo a la escucha, pero también a una ayuda material, concreta, a todas las personas que se dirigen a nosotros, sin distinción de raza, cultura o religión.

A pesar de ello, somos conscientes de que cada vez más se trata de una auténtica emergencia. Me parece que muchas, demasiadas personas —no sólo jubilados, sino también personas que tienen un empleo regular, un contrato a tiempo indeterminado— encuentran grandes dificultades para cuadrar las cuentas familiares. Regalamos paquetes de víveres o ropa; a veces damos ayuda económica concreta para pagar los recibos o el alquiler. Eso puede constituir una ayuda, pero creo que no es la solución. Estoy convencido de que como Iglesia deberíamos preguntarnos qué más podemos hacer, y sobre todo qué motivos han llevado a esta situación generalizada de crisis.

Deberíamos tener la valentía de denunciar un sistema económico y financiero injusto en sus raíces. Yo creo que, ante los desequilibrios introducidos por este sistema, no basta un poco de optimismo. Hace falta una palabra autorizada, una palabra libre, que ayude a los cristianos, como la que usted ya ha pronunciado, Santo Padre, para administrar con sabiduría evangélica y con responsabilidad los bienes que Dios ha dado para todos y no sólo para unos pocos. Aunque ya en otras ocasiones hemos escuchado su palabra sobre esto, me gustaría escucharla una vez más, en este contexto. Gracias, Santidad.

RESPUESTA DEL SANTO PADRE EMÉRITO BENDICTO XVI

Ante todo, quiero dar las gracias al cardenal vicario por sus palabras de confianza: Roma puede dar más candidatos para la mies del Señor. Sobre todo debemos orar al Señor de la mies, pero también debemos hacer lo que está de nuestra parte para animar a los jóvenes a decir sí al Señor. Desde luego, son precisamente los sacerdotes jóvenes quienes deben dar ejemplo a la juventud de que es hermoso trabajar para el Señor. En este sentido, estamos llenos de esperanza. Oremos al Señor y hagamos lo que esté de nuestra parte.

Ahora afrontemos esta cuestión, que toca el nervio de los problemas de nuestro tiempo. Yo distinguiría dos niveles. El primero, es el de la macroeconomía, que luego se realiza y afecta incluso al último ciudadano, el cual siente las consecuencias de una construcción equivocada. Naturalmente, denunciar esto es un deber de la Iglesia. Como sabéis, desde hace mucho tiempo estoy preparando una encíclica sobre estos puntos. Y, en este largo camino, veo que es difícil hablar con competencia, porque, si no se afrontan con competencia ciertas cuestiones económicas, no podemos ser creíbles. Por otra parte, también es preciso hablar con razonamientos éticos, fundados y suscitados por una conciencia formada según el Evangelio.

Así pues, hay que denunciar esos errores fundamentales que ahora se manifiestan en el hundimiento de los grandes bancos estadounidenses; son errores en el fondo. En definitiva, se trata de la avaricia humana como pecado o, como dice la carta a los Colosenses, la avaricia como idolatría. Debemos denunciar esta idolatría que va contra el verdadero Dios, que es la falsificación de la imagen de Dios, suplantándola con otro dios, «mammona». Debemos hacerlo con valentía, pero también de forma concreta, porque los grandes moralismos no ayudan si no se apoyan en conocimientos de las realidades, los cuales ayudan también a comprender qué se puede hacer en concreto para cambiar poco a poco la situación. Y, para poder hacerlo, naturalmente es necesario el conocimiento de esta verdad y la buena voluntad de todos.

Aquí llegamos al punto principal: ¿existe realmente el pecado original? Si no existiera, podríamos apelar a la razón lúcida, con argumentos accesibles a cada uno e irrefutables, y a la buena voluntad que existiría en todos. Sólo de este modo podríamos seguir adelante y reformar la humanidad. Pero no es así. La razón, incluida la nuestra, está oscurecida, como constatamos cada día, puesto que el egoísmo, la raíz de la avaricia, consiste en quererme a mí mismo por encima de todo y en considerar que el mundo existe para mí. Este egoísmo lo llevamos todos. Este es el oscurecimiento de la razón: puede ser muy docta, con argumentos científicos estupendos, y a pesar de ello sigue oscurecida por falsas premisas. De este modo, avanza con gran inteligencia, a grandes pasos, pero por un camino equivocado.

También la voluntad, como dicen los santos Padres, está inclinada. El hombre sencillamente no está dispuesto a hacer el bien, sino que se busca sobre todo a sí mismo, o busca el bien de su propio grupo. Por eso, encontrar realmente el camino de la razón, de la razón verdadera, ya no resulta fácil, y en el diálogo se desarrolla con dificultad. Sin la luz de la fe, que entra en las tinieblas del pecado original, la razón no puede salir adelante. Y la fe luego encuentra precisamente la resistencia de nuestra voluntad. Esta no quiere ver el camino, que también sería un camino de renuncia a sí mismo y de corrección de la propia voluntad en favor de los demás y no de sí mismo.

Por eso, hay que hacer una denuncia razonable y razonada de los errores, no con grandes moralismos, sino con razones concretas, que resulten comprensibles en el mundo de la economía de hoy. Esta denuncia es importante; para la Iglesia es un mandato desde siempre. Sabemos que en la nueva situación que se ha creado en el mundo industrial, la doctrina social de la Iglesia, comenzando por León XIII trata de hacer estas denuncias —y no sólo las denuncias, que resultan insuficientes—, sino también de mostrar los caminos difíciles donde, paso a paso, se exige el asentimiento de la razón y el asentimiento de la voluntad, juntamente con la corrección de mi conciencia, con la voluntad de renunciar en cierto sentido a mí mismo para colaborar en lo que es la verdadera finalidad de la vida humana, de la humanidad.

Dicho esto, la Iglesia tiene siempre la misión de estar vigilante, de hacer todo lo posible por conocer las razones del mundo económico, de entrar en ese razonamiento y de iluminar ese razonamiento con la fe que nos libra del egoísmo del pecado original. La Iglesia tiene la misión de entrar en este discernimiento, en este razonamiento; de hacerse escuchar, incluso en los diversos niveles nacionales e internacionales, para ayudar a corregir. Y esto no resulta fácil, porque muchos intereses personales y de grupos nacionales se oponen a una corrección radical. Quizá sea pesimismo, pero a mí me parece realismo, pues mientras exista el pecado original no llegaremos nunca a una corrección radical y total. Sin embargo, debemos hacer todo lo posible para lograr al menos correcciones provisionales, suficientes para ayudar a la humanidad a vivir y para poner freno al dominio del egoísmo, que se presenta bajo pretextos de ciencia y de economía nacional e internacional.

Este es el primer nivel. El segundo es ser realistas y ver que estas grandes finalidades de la macro-ciencia no se realizan en la micro-ciencia, la macroeconomía en la microeconomía, sin la conversión de los corazones. Si no hay justos, tampoco hay justicia. Debemos aceptar esto. Por eso, la educación en orden a la justicia es un objetivo prioritario; podríamos decir también que es la prioridad. San Pablo dice que la justificación es efecto de la obra de Cristo. No es un concepto abstracto, que se refiera a pecados que hoy no nos interesan, sino que se refiere precisamente a la justicia integral. Sólo Dios puede dárnosla, pero nos la da con nuestra cooperación en diversos niveles, en todos los niveles posibles.

No se puede crear la justicia en el mundo sólo con modelos económicos buenos, aunque son necesarios. La justicia sólo se realiza si hay justos. Y no hay justos si no existe el trabajo humilde, diario, de convertir los corazones, y de crear justicia en los corazones. Sólo así se extiende también la justicia correctiva. Por eso, el trabajo del párroco es tan fundamental, no sólo para la parroquia, sino también para toda la humanidad. Porque, como he dicho, si no hay justos, la justicia sería sólo abstracta. Y las estructuras buenas no se realizan si se opone el egoísmo incluso de personas competentes.

Nuestro trabajo humilde, diario, es fundamental para conseguir las grandes finalidades de la humanidad. Y debemos trabajar juntos en todos los niveles. La Iglesia universal debe denunciar, pero también anunciar qué se puede hacer y cómo se puede hacer. Las Conferencias episcopales y los obispos deben actuar. Pero todos debemos educar en orden a la justicia. Me parece que sigue siendo verdadero y realista el diálogo de Abraham con Dios (cf. Gn 18, 22-23), cuando el primero dice: ¿En verdad vas a destruir la ciudad? Tal vez haya cincuenta justos, o tal vez diez. Y diez justos bastan para que la ciudad sobreviva. Ahora bien, si no hay diez justos, la ciudad no sobrevivirá, a pesar de toda la doctrina económica. Por eso, debemos hacer lo necesario para educar y garantizar al menos diez justos y, si es posible, muchos más. Con nuestro anuncio hacemos precisamente que haya muchos justos, que esté realmente presente la justicia en el mundo.

Como efecto, los dos niveles son inseparables. Por una parte, si no anunciamos la macro-justicia, no crecerá la micro-justicia. Pero, por otra, si no hacemos el trabajo muy humilde de la micro-justicia, tampoco crecerá la macro-justicia. Y, como dije ya en mi primera encíclica, siempre, con todos los sistemas que puedan existir en el mundo, además de la justicia que buscamos, es necesaria la caridad. Abrir los corazones a la justicia y a la caridad es educar en la fe, es llevar a Dios.

Santo Padre Benedicto XVI

Respuestas a las preguntas de los párrocos romanos

Jueves, 26 de febrero de 2009

Catecismo de la Iglesia Católica, CEC

I. El destino universal y la propiedad privada de los bienes

2402 Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (cf Gn 1, 26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres.

2403 El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienescontinúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio.

2404 “El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (GS 69, 1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos.

2405 Los bienes de producción —materiales o inmateriales— como tierras o fábricas, profesiones o artes, requieren los cuidados de sus poseedores para que su fecundidad aproveche al mayor número de personas. Los poseedores de bienes de uso y consumo deben usarlos con templanza reservando la mejor parte al huésped, al enfermo, al pobre.

2406 La autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en función del bien común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad (cf GS 71, 4; SRS 42; CA 4048).

Catecismo de la Iglesia Católica

Propósito

Ser responsable en el uso del dinero y demás talentos, cooperando, así, en la edificación de la justicia y la caridad.

Diálogo con Cristo

Acumular, comprar, buscar el placer… es el afán prioritario de nuestra cultura. Señor Jesús, frecuentemente me encuentro contemplando las cosas buenas de este mundo, pero no como medios sino como un fin. Necesito tener claras mis prioridades: Tú, primero, y luego todo lo demás, según me lleven hacia Ti. Dame la sabiduría para saber que la vida es corta y debo vivirla sólo para Ti.

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