Nuestra Señora de Montserrat, con oraciones y recursos audiovisuales

Nuestra Señora de Montserrat, con oraciones y recursos audiovisuales

La montaña de Montserrat, en Cataluña, famosa entre las montañas por su rara configuración, ha sido desde tiempos remotos uno de los lugares escogidos por la Santísima Virgen para manifestar su maternal presencia entre los hombres. Bajo la advocación plurisecular de Santa María de Montserrat, la Madre de Dios y Madre de la Iglesia ha dispensado sus bendiciones sobre los devotos de todo el mundo que a Ella han acudido a través de los siglos. Pero su maternidad se ha dejado sentir más particularmente, desde los pequeños orígenes de la devoción y en todas las épocas de su desarrollo, sobre las tierras presididas por la montaña que levanta su extraordinaria mole en el mismo corazón geográfico de Cataluña. Con razón, pues, la Iglesia, por boca de León XIII, ratificando una realidad afirmada por la historia de numerosas generaciones, proclamó a Nuestra Señora de Montserrat como Patrona de las diócesis catalanas, señalando. asimismo una especial solemnidad litúrgica para honrar a la Santísima Virgen y darle gracias por todos sus beneficios bajo esta su peculiar advocación.

Aunque la devoción a la Virgen Santísima en Montserrat sea, con toda verosimilitud, bastante más antigua, consta, por lo menos, históricamente que en el siglo IX existía en la montaña una ermita dedicada a Santa María. El padre de la patria Wifredo el Velloso la cede, junto con otras tres ermitas de Montserrat, al monasterio de Santa María de Ripoll. Será un gran prelado de este monasterio, figura señera de la Iglesia de su tiempo, el abad Oliva, quien siglo y medio después, estableciendo una pequeña comunidad monástica junto a la ermita de Santa María, dará a la devoción el impulso que la habrá de llevar a la gran expansión futura.

El culto a Santa María en Montserrat queda concretado bien pronto en una imagen. La misma que veneramos hoy. La leyenda dice que San Lucas la labró con los instrumentos del taller de San José, teniendo como modelo a la misma Madre de Jesús, y que San Pedro la trasladó a Barcelona. Escondida por los cristianos, ante la invasión de los moros, en una cueva de la montaña de Montserrat, fue milagrosamente hallada en los primeros tiempos de la Reconquista y también maravillosamente dio origen a la iglesia y monasterio que se erigieron para cobijarla. En realidad, Santa María de Montserrat es una hermosa talla románica del siglo XII. Dorada y policromada, se presenta sentada sobre un pequeño trono en actitud hierática de realeza, teniendo al Niño sobre sus rodillas, protegido por su mano izquierda, mientras en la derecha sostiene una esfera. El Niño levanta la diestra en acto de bendecir y en su izquierda sostiene una piña. Rostro y manos de las dos figuras ofrecen la particularidad de su color negro, debido en buena parte, según opinión de los historiadores, al humo de las velas y lámparas ofrecidas por los devotos en el transcurso de varios siglos. Así es como la Virgen de Montserrat se cuenta entre las más señaladas Vírgenes negras y recibe de los devotos el apelativo cariñoso de Moreneta.

Presidida por esta imagen, la devoción a Santa María de Montserrat se extendió rápidamente por las tierras de Cataluña y, llevada por la fama de los milagros que se obraban en la montaña, alcanzó bien pronto a otros puntos de la Península y se divulgó por el centro de Europa. Las conquistas de la corona catalano-aragonesa la difunden hacia Oriente, estableciéndola sobre todo firmemente en Italia, en donde pasan de ciento cincuenta las iglesias y capillas que se dedicaron a la Virgen negra. Más tarde el descubrimiento de América y el apogeo del imperio hispánico la extienden y consolidan en el mundo entonces conocido. No sólo se dedican a Nuestra Señora de Montserrat las primeras iglesias del Nuevo Mundo, no sólo se multiplican allí los templos, altares, monasterios e incluso poblaciones a Ella dedicados, sino que la advocación mariana de la montaña sigue también los grandes caminos de Europa y llega, por ejemplo, hasta presidir la capilla palatina de la corte vienesa del emperador. Si para España, en los momentos de su plenitud histórica, la Virgen morena de Montserrat es la Virgen imperial que preside sus empresas y centra sus fervores marianos, la misma advocación de Santa María de Montserrat. se presenta en la historia de la piedad mariana como la primera advocación de origen geográfico que alcanza, con las proporciones de la época, un renombre universal.

Es interminable la sucesión de personalidades señaladas por la devoción a Santa María de Montserrat. Los santos la visitan en su santuario: San Juan de Mata, San Pedro Nolasco, San Raimundo de Peñafort, San Vicente Ferrer, San Luis Gonzaga, San Francisco de Borja, San José de Calasanz, San Benito Labre, el Beato Diego de Cádiz, San Antonio María Claret, y sobre todo San Ignacio de Loyola, convertido en capitán del espíritu a los pies de la Virgen negra. Los monarcas y los poderosos suben también a honrarla en su montaña: después del paso de todos los reyes de la corona catalano-aragonesa, con sus dignatarios y con sus casas nobles, el emperador Carlos V visita Montserrat no menos de nueve veces y Felipe II, igualmente devoto de Santa María, se complace en la conversación con sus monjes y sus ermitaños. Es conocida la muerte de ambos monarcas sosteniendo en su mano vacilante la vela bendecida de Nuestra Señora de Montserrat. Los papas se sienten atraídos por la fama de los milagros y el fervor de las multitudes y colman de privilegios al santuario y a su Cofradía. Esa agrupación devota, instituida ya en el siglo XIII para prolongar con sus vínculos espirituales la permanencia de los fieles en Montserrat, constituye uno de los principales medios para la difusión del culto a la Virgen negra de la montaña, hasta llegar a la recobrada pujanza de nuestros días. Las más diversas poblaciones tienen actualmente sus iglesias, capillas o altares dedicados a Nuestra Señora de Montserrat, desde Roma a Manila o Tokio, por ejemplo, pasando al azar por París, Lourdes, Buenos Aires, Jerusalén, Bombay, Nueva York, Florencia, Tánger, Praga, Montevideo o Viena. Los poetas y literatos de todos los tiempos forman también en la sucesión de devotos de Santa María de Montserrat: Alfonso el Sabio la dedica varias cantigas, el canciller de Ayala, Cervantes, Lope de Vega, Goethe, Schiller, Mistral, con los escritores catalanes en su totalidad, cantan las glorias de la Moreneta, de su santuario, de su montaña. Familias distinguidas y humildes devotos se honran en ofrecer sus donativos a la Virgen, para sostener la tradicional magnificencia de su culto, atendido desde los orígenes por los monjes benedictinos, y para cooperar al crecimiento y esplendor de la devoción. Es ésta una bella constante de la historia de Montserrat, desde las antiguas donaciones consignadas en los documentos más primitivos, pasando por el trono de catorce arrobas de plata ofrendado por la familia de los Cardona y el retablo policromado del altar mayor que costeó la munificencia de Felipe II, hasta el trono y la campana mayor de nuestros días, sufragados por fervorosa suscripción popular. También las familias devotas de todas las épocas han tenido un verdadero honor en que sus hijos consagraran los años de la niñez al servicio de Santa María, encuadrados en la famosa Escolanía o agrupación de niños cantores consagrados al culto, importante asimismo por la escuela tradicional de canto y composición que forman sus maestros, existente ya con seguridad en el siglo XIII y probablemente tan antigua como el santuario. Con sus actuaciones musicales, siempre tan admiradas, en la liturgia de Montserrat esos niños constituyen una de las notas más típicas e inseparables de la devoción a la Virgen negra, a cuya imagen aparecen íntimamente unidos en la realidad de su propia vida como en el sencillo simbolismo de las antiguas estampas y las modernas pinturas de Nuestra Señora de Montserrat.

A lo largo de más de mil años de historia, en el despliegue de un conjunto tan singular como el que forma la montaña con la ermita inicial, con el santuario y con el monasterio, la Santísima Virgen, en su advocación de Montserrat, ha recibido el culto de las generaciones y ha dispensado sus gracias, sensibles o tal vez ocultas, a quienes la han invocado con fervor. Hoy como nunca suben numerosas multitudes a Montserrat. Peregrinos en su mayoría, pero también no pocos movidos por respetuosa curiosidad. El lugar exige un viaje ex profeso, pero las estadísticas hablan de cifras que cada vez se acercan más al millón anual y que en un solo día pueden redondear fácilmente los diez o doce mil, con un porcentaje siempre acentuado de visitantes extranjeros. En Montserrat encuentran una montaña sorprendente, maravillosa por su configuración peculiar. Encuentran un santuario que les ofrece ciertos tesoros artísticos y humildes valores de espiritualidad humana y sobrenatural. Encuentran la magnificencia del culto litúrgico de la Iglesia, servido por una comunidad de más de ciento cincuenta monjes que consagran su vida a la búsqueda de Dios, a la asistencia de los mismos fieles, a la labor científica y cultural, a los trabajos artísticos. Hijos de San Benito, esos monjes oran, trabajan y se santifican santificando, esforzándose por corresponder a las justas exigencias del pueblo fiel, que confía en su intercesión y busca en ellos una orientación para la vida espiritual y también humana. Por su unión íntima con el monasterio, en fin, el santuario aparece caracterizado como el santuario del culto solemne, del canto de los monjes y especialmente de los niños; pero sobre todo como el santuario de la participación viva de los fieles en la liturgia, o, resumiendo la idea con frase expresiva, como el santuario del misal.

Todo esto encuentra el peregrino en Montserrat. Pero por encima de todas esas manifestaciones, y en el fondo de todas ellas, encuentra a la Santísima Virgen, la cual, como en tantos otros lugares de la tierra, aunque siempre con un matiz particular y distinto, ha querido hacerse presente en Montserrat.

En 1881 fue coronada canónicamente la imagen de Nuestra Señora de Montserrat. Era la primera en España que recibía esta distinción. El mismo León XIII la señalaba como Patrona de las diócesis catalanas y concedía a su culto una especial solemnidad con misa y oficio propios. Hasta entonces la fiesta principal del santuario había sido la de la Natividad de Nuestra Señora, el 8 de septiembre. En realidad, esta solemne fiesta no debía perder su tradicional significación. Todavía hoy conserva su carácter como de fiesta mayor, popular, del santuario. Pero una nueva festividad, con característica de patronal, venía a honrar expresamente a la Santísima Virgen en su advocación de Montserrat. Es la fiesta que no puede dejar de celebrar hoy todo buen devoto de la Virgen negra. Situada al principio como fiesta variable en el mes de abril, después de una breve fluctuación quedó fijada para el día 27. El misterio que la preside es el de la Visitación. En verdad, la Santísima Virgen visita en la montaña a los que acuden a venerarla y, como pide la oración de la solemnidad, les dispone para llegar a la Montaña que es Jesucristo.

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Oraciones a Nuestra Señora de Montserrat

¡Qué consuelo saber que tu Corazón está siempre abierto
para quienes recurren a ti!

Confiamos a tu tierno cuidado e intercesión a nuestros seres queridos
y a todos los que se sienten enfermos, solos o heridos.

Ayúdanos, Santa Madre, a llevar nuestras cargas en esta vida
hasta que lleguemos a participar de la gloria eterna y la paz con Dios.

Amén.

Nuestra Señora de Montserrat, ruega por nosotros.

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Oh Madre Santa, Corazón de amor, Corazón de misericordia,
que siempre nos escucha y consuela, atiende a nuestras súplicas.

Como hijos tuyos, imploramos tu intercesión ante tu Hijo Jesús.

Recibe con comprensión y compasión las peticiones
que hoy te presentamos, especialmente 
[se hace la petición]. Amén.

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Otros recursos en la web

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Recursos audiovisuales

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Nuestra Señora del Buen Consejo

Nuestra Señora del Buen Consejo

Envuelta en una nube luminosa, la imagen de la Madre del Buen Consejo se trasladó de Albania a la ciudad de Genazzano (Italia), iniciando un desfile ininterrumpido de milagros y gracias.

En las lejanas tierras de Albania, más allá del Adriático, se encuentra la pequeña ciudad de Scútari. Edificada en una escarpada colina a cuyos pies fluyen los ríos Drina y Bojana, desde el siglo XIII tenía en su poder un precioso tesoro: la hermosa imagen de «Santa María de Scútari». El santuario que la albergaba era el centro de peregrinación más concurrido del país, un importante punto de referencia para los albaneses en materia de gracias y consuelo espiritual.

La imagen es una pintura realizada sobre una delgada capa de estuco, de 31 cm de ancho por 42,5 cm de largo. Una penumbra de misterio y milagro cubre los orígenes del sagrado fresco: nadie sabe cuándo ni por quién fue pintado.

Intimidad y unión de alma

Detengámonos un poco a contemplar esta maravillosa pintura.

Representa a la Santísima Virgen con inefable afecto maternal, amparando en sus brazos al Niño Jesús bajo un sencillo arco iris. Los colores son suaves, y finos los trazos de los admirables semblantes.

El Niño Jesús refleja el candor de su corta edad y la sabiduría de quien observa toda la obra de la creación como Señor del pasado, del presente y del futuro. Con indescriptible cariño, el Divino Infante presiona ligeramente su rostro contra el de su Madre. Entre ambos existe una atractiva intimi dad; la unión de almas se trasluce en el intercambio de miradas. La Virgen, en altísimo acto de adoración, parece es­tar ocupada en adivinar lo que sucede en lo íntimo del Hijo. Al mismo tiem­po, toma en consideración al fiel que se arrodilla afligido a sus pies, hacién­dolo partícipe, de alguna manera, en la celestial convivencia que el cuadro nos ofrece. No hace falta decir nada; bas­ta con que el necesitado se aproxime, y sentirá producirse en su alma una acción balsámica.

A mediados del siglo XIV Albania atravesaba grandes dificultades. Después de ser disputada durante siglos entre los pueblos vecinos, era invadida entonces por el poderoso imperio turco.

Sin estructura militar capaz de oponerse al enérgico adversario, el pueblo rezaba con angustia, confiándose al auxilio del cielo. La respuesta a tales oraciones no se hizo esperar: en la emergencia surgió un varón de Dios, de noble estirpe y devotísimo de María, decidido a luchar por la Patrona y por la libertad de su país. Su nombre fue Juan Castriota, en albanés llamado Scanderbeg.

A costa de inmensos esfuerzos bélicos, logró mantener la unidad y la fe de su pueblo. Las crónicas de su tiempo exaltan las hazañas realizadas por él y por los valerosos albaneses que lucharon a su lado estimulados por su ardor.

Cuando los combates les daban tregua, se arrodillaban todos a los pies de «Santa María de Scútari», de donde salían fortalecidos y obtenían portentosas y decisivas victorias contra el enemigo de la fe. En eso reluce una característica de aquella que el mundo conocería en el futuro como Madre del Buen Consejo: fortalecer a todos los que, combatiendo el buen combate, se le aproximan buscando aliento y valor.

Sin embargo… al cabo de 23 años de luchas, Scanderbeg fue llevado de esta vida. La falta del piadoso líder era irreparable.

Todos presentían que la derrota estaba próxima. El pueblo se encontraba ante la trágica encrucijada de abandonar la patria o someterse a la esclavitud turca.

Envuelta en una nube luminosa

En esa situación de perplejidad, la Virgen del fresco se aparece en sueños a dos valientes soldados de Scanderbeg, llamados Georgis y De Sclavis, para ordenarles que la sigan en un largo viaje. La imagen les inspiraba una gran confianza y arrodillarse a sus pies era motivo de gran consuelo para ellos.

Cierta mañana estando ambos sumidos en fervorosa oración, ven el más grande milagro de sus vidas.

El maravilloso fresco se desprende de la pared y, llevado por ángeles, envuelto en una blanca y luminosa nube, va retirándose suavemente del recinto. ¡Resulta fácil imaginar la reacción de los buenos hombres! Atónitos, siguen a la Virgen que avanza por los cielos de Scútari. Cuando se dan cuenta, están a orillas del Mar Adriático. ¡Habían recorrido treinta kilómetros sin sentir cansancio! Siempre rodeada por la blanca nube, la milagrosa imagen avanza mar adentro.

Perplejos, Georgis y De Sclavis no quieren dejarla; y entonces verifican, estupefactos y eufóricos, que bajo sus pies las aguas se convierten en sólidos diamantes, regresando al estado líquido tras su paso. ¡Qué milagro! Tal como san Pedro en el lago de Genezaret, estos dos hombres caminan sobre el Adriático guiados por la propia «Estrella del Mar».

Sin saber decir cuánto tiempo caminaron, ni cuántos kilómetros dejaron atrás, los buenos devotos ven nuevas playas. ¡Estaban en la península itálica!
Pero… ¿dónde estaba Santa María de Scútari? Miran a uno y otro lado, escuchan otro idioma, sienten un ambiente tan diferente a su Albania …

Pero ya no ven a la Señora de la luminosa nube. Había desaparecido. ¡Qué gran prueba! Comenzaron entonces una búsqueda infatigable. ¿Dónde estaría Ella ?

Petruccia, una mujer de Fe

En esa misma época, en la pequeña ciudad de Genazzano, no lejos de Roma, vivía una piadosa viuda llamada Petruccia de Nocera.

Para entonces ya era una octogenaria mujer de mucha rectitud, terciaria de la orden agustina, y cuya modesta herencia apenas le alcanzaba para vivir.

Petruccia era muy devota de la Madre del Buen Consejo, venerada en una vieja iglesia de Genazzano. La piadosa señora recibió del Espíritu Santo la siguiente revelación: «María Santísima, en su imagen de Scútari, desea salir de Albania».

Si la comunicación sobrenatural la sorprendió, todavía más asombro causó en ella recibir de la Virgen misma la orden expresa de levantar el templo que debería recibir su fresco, así como la promesa de ser ayudada en el tiempo oportuno.

Comenzó, pues, Petruccia la construcción de la pequeña iglesia. Empleó todos sus recursos… que se terminaron cuando las paredes sólo llegaban al metro de altura. Los escépticos habitantes de la pequeña ciudad convirtieron a la viuda en blanco favorito de sus burlas y sarcasmos, llamándola loca, visionaria, imprudente y anticuada. Pero ella atravesó confiada esta prueba tal como Noé, de quien se mofaban todos mientras construía el arca.

«¡Un milagro! ¡Un milagro!»

Era el día 25 de abril de 1467, fiesta de san Marcos, patrono de Genazzano.

A las dos de la tarde, Petruccia parte camino a la iglesia, pasando por la bulliciosa feria donde se ofrece desde tejidos de Génova y Venecia hasta un elixir de eterna juventud o un «poderosísimo» licor contra cualquier tipo de fiebre.

En medio del vocerío, el pueblo siente una melodía de singular belleza venida del cielo. Se impone el silencio. Todos notan que la música proviene de una nubecita blanca, tan luminosa que ofusca los propios rayos del sol, la cual baja gradualmente hacia la pared in conclusa de una capilla lateral. La muchedumbre acude estupefacta, ocupa el pequeño recinto y ve deshacerse la nube.

Ahí estaba suspendido en el aire, sin ningún soporte visible el sagrado fresco, la Señora del Buen Consejo. «¡Un milagro, un milagro!», gritan todos. ¡Qué alegría para Petruccia y qué consuelo para Georgis y De Sclavis cuando pudieran llegar allá! Se confirmaba el superior designio de la construcción iniciada, y empezaba en Genazzano un largo e ininterrumpido desfile de milagros y gracias obrados por la Virgen.

El Papa Pablo II, tan pronto como supo de los hechos, envió a dos prelados de confianza para investigarlos.

Éstos confirmaron la veracidad de lo que se decía, y atestiguaron diariamente innumerables curaciones, conversiones y prodigios realizados por la Madre del Buen Consejo. En los primeros 110 días después de la llegada, se registraron 161 milagros.

Consejo, corrección, orientación: grandes favores

Entre sus grandes devotos se destacan los papas san Pío V, León XIII –que introdujo a la Madre del Buen Consejo en la letanía lauretana–, san Pío X, Pablo VI y Juan Pablo II; y también numerosos santos como san Pablo de la Cruz, san Juan Bosco, san Alfonso de Ligorio o san Luis Orione. En el propio Santuario de Genazzano puede venerarse el cuerpo incorrupto del Beato Steffano Bellesini, uno de sus párrocos, gran propagandista de la devoción a la Madre del Buen Consejo.

También los Heraldos del Evangelio son devotos suyos. Tienen mucho que agradecerle por favores y gracias más importantes que la cura de enfermedades corporales.

Los milagros más grandes María los realiza en el interior del alma, aconsejando, corrigiendo, orientando.

Quien pueda venerar el milagroso cuadro de la Madre del Buen Consejo en Genazzano comprobará personalmente el torrente de gracias que brota de su semblante celestial, y comprenderá por qué razón quien haya estado alguna vez allá, sueña con regresar un día a esa sublime intimidad.

El fresco de Nuestra Señora del Buen Consejo de Genazzano

En la pequeña y bella ciudad de Genazzano, se encuentra un fresco de más
de siete siglos de existencia. Hasta hoy se desconoce dónde y por quién fue pintado. ¿Habrá sido su autor un ángel? ¿Será originario del Paraíso? Son preguntas osadas. Se comprende que ellas surjan, cuando se conoce la historia de los efectos producidos por esa piadosísima imagen, a lo largo del tiempo.

El fresco causa la impresión de haber sido pintado hace pocos días, incluso si se observa de cerca. Entretanto, hace 535 años que se encuentra junto a la pared de una capilla lateral de la iglesia. Más aún: según atestiguan los documentos, ¡se ha mantenido suspendido en el aire durante todo ese tiempo! Fue él trasladado de Scutari, Albania, a Genazzano por acción angélica.

Así describe esos sobrenaturales acontecimientos uno de los mayores entendidos en la materia:

«Traída por manos angélicas, se encontró [la imagen] suspendida allí en la rústica pared de la nueva iglesia, y con tres nuevos singularísimos prodigios entonces ocurridos. (…) La celeste pintura estaba sustentada por virtud divina a un dedo de la pared, suspendida sin fijarse en ella; y éste es un milagro tanto más estupendo si consideramos que la referida Imagen está pintada con colores vivos en una fina camada de revoque, con la
cual se destacó por sí misma de la iglesia de Scutari, en Albania; como aún por el hecho, comprobado mediante experiencias y observaciones hechas, de que, al tocarse en la Santa Imagen, esta cede» (Fray Angelo María De Orgio, Istoriche di Maria Santísima del Buon Consiglio, nela Chiesa de´Padri Agostiniani di Genazzano, 1748, Roma, p. 20)

En el S. XIX, otro estudioso de renombre observó del celestial fenómeno:

«Todas esas maravillas [de la Santa Imagen] se resumen, en fin, en el prodigio continuo que consiste en encontrar hoy esta Imagen en el mismo lugar y del mismo modo como ella fue ahí dejada por la nube en el día de su aparición, en la presencia de todo un pueblo que tuvo entonces la felicidad de verla por primera vez. Ella se posó a una pequeña altura del piso, a una distancia de aproximadamente un dedo de la pared nueva y rústica de la capilla de San Blas, y allí quedó, suspendida sin ningún soporte» (Raffaele Buonanno, Memorie Storiche della Immagine di Maria SS. Del Buon Consiglio che si venera in Genazzano, Tipografia dell´Immacolata, Nápoles, 20 ed., 1880, p. 44).

En la fiesta del bautismo de San Agustín y de San Marcos, patrono de Genazzano, el 25 de abril de 1467, alrededor de las cuatro de la tarde, una celeste melodía comienza a hacerse por los más variados rincones de la ciudad. Un gran número de personas, reunidas en la plaza del mercado, se ponen a indagar maravilladas de donde vienen los sublimes y arrebatadores acordes. Y he aquí que una divina sorpresa pasa delante de los ojos de todos: en medio de rayos de luz, una pequeña nube blanca desciende hasta una pared de la ya mencionada iglesia, cuyas campanas comienzan a repicar fuertemente y solas. Prodigio aún mayor: al unísono, la totalidad de las campanas de la ciudad tocan con energía.

Al deshacerse lentamente los rayos de luz y la nube, el bellísimo fresco que hasta hoy allí se encuentra pudo ser contemplado por el pueblo, y desde ese día no cesó de derramar copiosas gracias sensibles, haciendo justicia a la preciosa invocación de Madre del Buen Consejo.

La noticia de tan extraordinario acontecimiento se esparció por toda Italia, como un relámpago. Dos días más tarde, se inicia una verdadera avalancha de milagros: un poseso se libra de los demonios, un paralítico camina con naturalidad, una ciega recupera la vista, un joven empleado recién fallecido resucita… En los ciento diez primeros días, María del Buen Consejo distribuye ciento sesenta y un milagros a sus fieles devotos.

Peregrinos de todo el país se mueven para recibir los beneficios de la Madre de Dios.

Delante del santo fresco, una cosa es constante: ninguno de los pedidos que le son dirigidos deja la Virgen de atender de alguna manera. En la dudas, en las perplejidades e incluso en las pruebas, después de un cierto tiempo de oración—mayor o menor, dependiendo de cada caso—María Santísima hace sentir en el fondo del alma en dificultades su sapiencial y maternal consejo, acompañado de mudanzas de fisonomía y de color de la pintura. Es indescriptible ese especialísimo fenómeno.

Fue en Genazzano, a los pies del santo fresco de la Madre del Buen Consejo, que nacieron los Heraldos del Evangelio. Allí, Ella los inspiró, orientó y fortaleció. Por eso, a ejemplo de tantos otros, los Heraldos del Evangelio la consideran como su patrona. Además, por privilegio concedido por el Santo Padre, lucran en el día de su fiesta, 26 de abril, una indulgencia plenaria.

Revista Heraldos del Evangelio, Abril/2002, n. 4, p. 24-25 y Abril/Mayo 2003, n. 5, p. 32 a 33)

San Isidoro de Sevilla, con oración «Adsumus» y otros recursos

San Isidoro de Sevilla, con oración «Adsumus» y otros recursos

Haría falta un grueso volumen para dibujar la figura prócer del español que más ha influido en el mundo por el brillo de su ciencia y el calor de su santidad; pero bastarán unas líneas para recoger lo más saliente de su personalidad como español, como hombre de ciencia y, sobre todo, como santo.

Nació Isidoro muy probablemente en Sevilla, hacia el año 556, poco después de haber llegado allí sus padres, que habían huido de Cartagena para no pactar con los intrusos bizantinos de Justiniano. Fue Isidoro el menor de un matrimonio de cuatro hijos, Leandro, Fulgencio, Florentina, aureolados todos con la corona de la santidad.

Bajo el mecenazgo de San Leandro —electo obispo de Sevilla en 578—, fue educado el joven Isidoro en la piedad y en las ciencias, dedicándose especialmente al estudio de las tres lenguas consideradas en aquel entonces como sagradas: el hebreo, el griego y el latín. Era natural que su hermano mayor pusiera todo su interés en cultivar la personalidad de Isidoro en todos los órdenes, moviéndole a ello, según su propio testimonio, el gran afecto que le profesaba y cuyo amor, decía, «prefiero a todas las cosas acá abajo, y en quien descanso con el más profundo cariño». Había Leandro fundado un monasterio en Sevilla y retenía en sus manos la dirección espiritual del mismo. Al cenobio acudían jóvenes de toda la Península atraídos por la fama de su fundador, pero mientras algunos gozaban de un régimen de internado bastante suave, por no aspirar ellos a la vida claustral, otros eran sometidos a una disciplina más rigorista. Ya desde el principio determinó San Leandro que su hermano siguiera en todo la vida regular, y que se le sometiera a la educación severa y rígida reservada a aquellos que aspiraban a abrazar la vida monástica.

Aquella vida de mortificaciones y de renuncias había inclinado el corazón de Isidoro a vestir el hábito monacal. Un día, joven todavía, recibió de San Leandro el santo hábito y rodaba por el suelo su hermosa cabellera, que el santo obispo cortaba mientras pronunciaba las siguientes palabras deprecatorias: «Sea de vida laudable. Sea sabio y humilde. Sea veraz en la ciencia. Sea ortodoxo en la doctrina. Sea solícito en el trabajo, asiduo en la oración, eficaz en la misericordia, fijo en la paz, pronto para la limosna y piadoso con los súbditos». La súplica del obispo en favor del joven novicio fue escuchada en el cielo, que en adelante dirigió los pasos del nuevo monje hacia el sublime ideal religioso tan hermosamente sintetizado en las mencionadas palabras de la antigua liturgia española.

Vivía en aquel entonces España unos años decisivos para su porvenir político y religioso. El rey Leovigildo apoyaba la herejía arriana, en tanto que Leandro era el máximo campeón de la ortodoxia. La lucha por la fe decidióse en el momento en que Recaredo, hijo de Leovigildo, se declaró católico, a los diez meses de haber subido al trono, abjurando públicamente de la herejía. Pero el campo hispano no estaba libre del arrianismo, que brotaba aquí y allá, incluso en los palacios episcopales. Para combatirlo y arrancarlo de raíz emprendió Leandro una campana intensa que le obligó a cruzar la Península en todas direcciones. Sus continuos viajes y sus prolongadas ausencias de Sevilla aconsejaron que le reemplazara Isidoro en la dirección del monasterio. Contaba entonces treinta años de edad.

Como abad del monasterio, distinguióse Isidoro por lo escrupulosa observancia regular, por su bondad, sentido de la justicia y por el entrañable amor hacia sus súbditos, que él apreciaba y tenía como a hijos. Al poco de tomar el timón del monasterio percatóse de que, para llevar una vida monástica irreprensible, hacía falta dotar al monasterio de un código de leyes que regulara la vida de comunidad, señalara los derechos y deberes de superiores y súbditos y acabara con la pluralidad de reglas y observancias que destruían la vida común y anulaban la acción del abad. En contra de las deformaciones del espíritu claustral, camufladas las más de las veces con pretextos de mayor perfección y renuncia, señaló Isidoro certeramente los elementos esenciales de la vida monástica, que son: «La renuncia completa de sí mismo, la estabilidad en el monasterio, la pobreza, la oración litúrgica, la lección y el trabajo».

Los monjes giróvagos disipan el espíritu y su conducta no siempre sirve de edificación a los fieles; de ahí el voto de estabilidad. Los peculios particulares crean la relajación del monje y dan pie a muchos abusos. En contra de los mismos formuló él el célebre aforismo: «Todo cuanto adquiere el monje, para el monasterio lo adquiere».

Otro enemigo de la vida monástica era la ociosidad, que Isidoro combatió imponiendo a sus monjes la obligación del trabajo, tanto manual como intelectual. Con el trabajo manual se procuraban los monjes lo indispensable para su sostenimiento, contribuían con su ejemplo a que el pueblo se interesara por el empleo de los métodos de producción más efectivos y con su esfuerzo físico procuraban a su cuerpo la agilidad, el vigor y robustez que son el soporte obligado de una vida espiritual sana.

Gran importancia concedió San Isidoro al trabajo intelectual de los monjes. Después de la iglesia debía ser la biblioteca la pieza más importante del monasterio. Los códices y libros allí almacenados tenían para Isidoro carácter de cosas sagradas. Si algún monje deterioraba algún manuscrito, recibía por ello la penitencia correspondiente. Por la mañana se prestaban los libros, que se devolvían después de vísperas al bibliotecario, quien comprobaba el estado del códice que se había prestado. Al estudio diario se añadían las lecturas durante la misa y el oficio divino, la lectura en el comedor, mientras duraba la refección, y las conferencias en determinados días de la semana. Entre las actividades del monje figuraba la de copiar códices, tarea ésta considerada como cosa santa. En el escritorio isidoriano de Sevilla ocupaba el primer plano la Biblia, sobre cuyo texto se hacían concienzudos estudios y mejoras que debían extenderse por toda España y Europa.

Isidoro fue en este punto un dechado y ejemplo para sus monjes. Conocía todos los libros de su tiempo; podía dar razón de todos los autores griegos y latinos, Padres de la Iglesia y otros escritores de menos talla. Su biblioteca era la mejor de su tiempo, tanto por su calidad como por el número de ejemplares. A todos los autores de la antigüedad se les concedía un sitio en sus estantes; a todas las ciencias, eclesiásticas y profanas, franqueaba Isidoro las puertas de su biblioteca. Pero entre sus libros había uno por el cual sentía enorme pasión, la Biblia, porque, según él, «encierra la suma de los misterios y sacramentos divinos; es el arca sagrada que guarda las cosas antiguas y las nuevas del tesoro del Señor». Conocidos son sus esfuerzos para unificar el texto latino de las Sagradas Escrituras. Entre sus libros es muy conocido el Libro de los Proemios, que contiene una corta introducción a cada uno de los libros sagrados.

Entre las obras más famosas que escribió cabe señalar su libro de las Etimologías, verdadera enciclopedia de las ciencias antiguas, que revela la inmensa erudición de Isidoro. Como historiador le han hecho célebre su Historia de los godos, vándalos y suevos, la llamada Crónica Mayor y el Libro de los varones ilustres. Con esta producción bibliográfica influyó San Isidoro en la literatura medieval, a la cual retransmitió la inmensa literatura de la antigüedad. «Como puente entre dos edades, como firme pilar en una época de transición, como depositario del saber antiguo al tiempo que heraldo de la ciencia medieval, San Isidoro ocupa un lugar singularísimo en la historia de la cultura europea. El puesto honroso de quien, consciente de una misión, la cumple con humilde y heroica voluntad de entrega» (Montero Díaz).

Pero, además de padre de los monjes, fue Isidoro obispo de Sevilla. El gobierno de su dilatada diócesis debía alejarle un tanto de sus actividades literarias para dedicarse al cuidado pastoral de las almas confiadas a sus desvelos. Según confesión propia, el verdadero obispo debía dedicarse a la lectura de la Biblia y exponerla a sus fieles, imitar el ejemplo de los santos, vivir una vida intensa de oración, mortificar su cuerpo con vigilias y abstinencias, y, sobre todo, practicar la caridad y la misericordia para con sus hermanos y súbditos. Con la dignidad episcopal ensanchóse el horizonte del magisterio de Isidoro, que transformó el púlpito de la catedral de Sevilla en cátedra de la verdad. El pueblo acudía en tropel a escucharle, porque, según testimonio de San Ildefonso, «había adquirido tanta facilidad de palabra y ponía tal hechizo en cuanto decía, que nadie le escuchaba sin sentirse maravillado». Pero, más que por sus dotes oratorias, le escuchaba el pueblo por la solidez de su doctrina teológica y por la unción que ponía el Santo en sus palabras.

Entre los puntos capitales del programa episcopal de San Isidoro figuraba su solicitud por el clero, la porción escogida de la heredad del Señor, según palabras suyas. Y era tanto más necesario este cuidado en cuanto que la herejía arriana había penetrado hondamente en las filas clericales y había creado un sector que llevaba una vida sacerdotal nada conforme con su excelsa vocación. De ahí que empezara por una depuración a fondo en las filas de los ministros del altar, prefiriendo pocos y buenos a gran número de ellos carentes de espíritu sacerdotal. Para su formación contaba con la escuela catedralicia, en donde los futuros ministros de la Iglesia eran educados religiosa e intelectualmente, y no sentía reparo alguno en tomar parte activa en este magisterio. Los candidatos al sacerdocio vivían en comunidad, y dispuso que este mismo régimen de vida observaran los clérigos e incluso los mismos obispos, empezando él por dar ejemplo de una vida santa en común. Con el fin de facilitar la santificación propia y desarmar a los murmuradores dictó a los obispos de España la siguiente ley: «Para que no se dé motivo a la murmuración, en adelante los obispos tendrán en su casa el testimonio de personas en quienes no puede haber sospecha ninguna». Entre las obligaciones episcopales señala la visita anual de las iglesias, que debe hacerse personalmente, o por medio de delegados, De esta manera el obispo velará por la buena marcha espiritual y material de las iglesias parroquiales.

El obispo era en aquel entonces el funcionario más poderoso. Por su doble personalidad, política y religiosa, debía influir necesariamente en los destinos de España. Pero, aunque ligado con la monarquía por el vínculo de vasallaje, no olvidó nunca, sin embargo, que antes se debía a la Iglesia y a la grey que se le había confiado. Supo Isidoro armonizar sus obligaciones episcopales con sus deberes hacia la Patria. Sentía él un amor intenso por España, que ha expresado con un lirismo impresionante en sus Laudes Hispaniae. En su vida mostróse enemigo de los bizantinos, habla de las «insolencias romanas», elogia la actitud política de Leovigildo, a pesar de su arrianismo, y canta la grandeza del reino visigodo. «No puede rigurosamente hablarse de sentimiento nacional. Pero es evidente su adscripción a la unidad peninsular, una conciencia clara de Hispania como ámbito estatal, una decidida nostalgia de fusión étnica y convivencia religiosa» (Montero Díaz).

Uno de los actos de más resonancia de su vida episcopal fue la celebración del Concilio IV de Toledo, a finales del año 633, que Isidoro convocó con el fin de dotar a la nación de una legislación que asegurara su porvenir y la estabilidad de sus instituciones, y reorganizar al mismo tiempo la vida religiosa.

El que había sido moderador de monjes, metropolitano de la Bética, fecundo escritor, mentor de reyes y moderador de concilios, Padre de la Iglesia y de la Patria, encorvábase bajo el peso de los años. Al echar una mirada retrospectiva, dolíase en su corazón de las debilidades, defectos e imperfecciones de su larga vida, pero le confortaba la perspectiva del perdón. Rebasados los ochenta años, Isidoro todavía predicaba al pueblo y leía las páginas de la Biblia. En los últimos años distribuyó cuantiosas limosnas a los pobres.

La muerte se acercaba a grandes pasos. Su estómago se negaba a retener el alimento; la fiebre devoraba su cuerpo y su rostro aparecía demacrado. Presintiendo un próximo desenlace, se hizo trasladar a la basílica de San Vicente para pedir penitencia en una ceremonia emocionante. Un sacerdote rasuró la cabeza del moribundo, vistióle de cilicio y derramó sobre él un puñado de ceniza en forma de cruz, Hizo después Isidoro su confesión con palabras que arrancaron las lágrimas de todos los presentes. Tres días después, el 4 de abril de 636, su alma voló al cielo para recibir la recompensa de una vida santa, dedicada al servicio de la Iglesia. Dante, en su Divina comedia, vio en el paraíso llamear el espíritu ardiente de Isidoro» (Paraíso, canto X, 130).

Fuente original

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Otras biografías en la red

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Oración «Adsumus» de san Isidoro de Sevilla

Aquí estamos, Señor Espíritu Santo.

Aquí estamos, frenados por la inercia del pecado,
pero reunidos especialmente en tu Nombre.
Ven a nosotros y permanece con nosotros.

Dígnate penetrar en nuestro interior.
Enséñanos lo que hemos de hacer,
por dónde debemos caminar,
y muéstranos lo que debemos practicar
para que, con Tu ayuda, sepamos agradarte en todo.

Sé Tú el único inspirador y realizador de nuestras decisiones,
Tú, el único que, con Dios Padre y su Hijo,
posees un nombre glorioso,
no permitas que quebrantemos la justicia,
Tú, que amas la suprema equidad:
que la ignorancia no nos arrastre al desacierto;
que el favoritismo no nos doblegue;
que no nos corrompa la acepción de personas o de cargos.

Por el contrario, únenos eficazmente a Ti,
sólo con el don de tu Gracia,
para que seamos UNO en Ti,
y en nada nos desviemos de la verdad.

Y, lo mismo que estamos reunidos en Tu Nombre, así también,
mantengamos en todo la justicia,
moderados por la piedad,
para que, hoy, nuestras opiniones en nada se aparten de Ti,
y, en el futuro, obrando rectamente,
consigamos los premios eternos.

Amén.

V/ Santa María

R/ Ruega por nosotros

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Recursos audiovisuales

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Nuestra Señora de Montserrat, con oraciones y recursos audiovisuales

Nuestra Señora de Montserrat, con oraciones y recursos audiovisuales

La montaña de Montserrat, en Cataluña, famosa entre las montañas por su rara configuración, ha sido desde tiempos remotos uno de los lugares escogidos por la Santísima Virgen para manifestar su maternal presencia entre los hombres. Bajo la advocación plurisecular de Santa María de Montserrat, la Madre de Dios y Madre de la Iglesia ha dispensado sus bendiciones sobre los devotos de todo el mundo que a Ella han acudido a través de los siglos. Pero su maternidad se ha dejado sentir más particularmente, desde los pequeños orígenes de la devoción y en todas las épocas de su desarrollo, sobre las tierras presididas por la montaña que levanta su extraordinaria mole en el mismo corazón geográfico de Cataluña. Con razón, pues, la Iglesia, por boca de León XIII, ratificando una realidad afirmada por la historia de numerosas generaciones, proclamó a Nuestra Señora de Montserrat como Patrona de las diócesis catalanas, señalando. asimismo una especial solemnidad litúrgica para honrar a la Santísima Virgen y darle gracias por todos sus beneficios bajo esta su peculiar advocación.

Aunque la devoción a la Virgen Santísima en Montserrat sea, con toda verosimilitud, bastante más antigua, consta, por lo menos, históricamente que en el siglo IX existía en la montaña una ermita dedicada a Santa María. El padre de la patria Wifredo el Velloso la cede, junto con otras tres ermitas de Montserrat, al monasterio de Santa María de Ripoll. Será un gran prelado de este monasterio, figura señera de la Iglesia de su tiempo, el abad Oliva, quien siglo y medio después, estableciendo una pequeña comunidad monástica junto a la ermita de Santa María, dará a la devoción el impulso que la habrá de llevar a la gran expansión futura.

El culto a Santa María en Montserrat queda concretado bien pronto en una imagen. La misma que veneramos hoy. La leyenda dice que San Lucas la labró con los instrumentos del taller de San José, teniendo como modelo a la misma Madre de Jesús, y que San Pedro la trasladó a Barcelona. Escondida por los cristianos, ante la invasión de los moros, en una cueva de la montaña de Montserrat, fue milagrosamente hallada en los primeros tiempos de la Reconquista y también maravillosamente dio origen a la iglesia y monasterio que se erigieron para cobijarla. En realidad, Santa María de Montserrat es una hermosa talla románica del siglo XII. Dorada y policromada, se presenta sentada sobre un pequeño trono en actitud hierática de realeza, teniendo al Niño sobre sus rodillas, protegido por su mano izquierda, mientras en la derecha sostiene una esfera. El Niño levanta la diestra en acto de bendecir y en su izquierda sostiene una piña. Rostro y manos de las dos figuras ofrecen la particularidad de su color negro, debido en buena parte, según opinión de los historiadores, al humo de las velas y lámparas ofrecidas por los devotos en el transcurso de varios siglos. Así es como la Virgen de Montserrat se cuenta entre las más señaladas Vírgenes negras y recibe de los devotos el apelativo cariñoso de Moreneta.

Presidida por esta imagen, la devoción a Santa María de Montserrat se extendió rápidamente por las tierras de Cataluña y, llevada por la fama de los milagros que se obraban en la montaña, alcanzó bien pronto a otros puntos de la Península y se divulgó por el centro de Europa. Las conquistas de la corona catalano-aragonesa la difunden hacia Oriente, estableciéndola sobre todo firmemente en Italia, en donde pasan de ciento cincuenta las iglesias y capillas que se dedicaron a la Virgen negra. Más tarde el descubrimiento de América y el apogeo del imperio hispánico la extienden y consolidan en el mundo entonces conocido. No sólo se dedican a Nuestra Señora de Montserrat las primeras iglesias del Nuevo Mundo, no sólo se multiplican allí los templos, altares, monasterios e incluso poblaciones a Ella dedicados, sino que la advocación mariana de la montaña sigue también los grandes caminos de Europa y llega, por ejemplo, hasta presidir la capilla palatina de la corte vienesa del emperador. Si para España, en los momentos de su plenitud histórica, la Virgen morena de Montserrat es la Virgen imperial que preside sus empresas y centra sus fervores marianos, la misma advocación de Santa María de Montserrat. se presenta en la historia de la piedad mariana como la primera advocación de origen geográfico que alcanza, con las proporciones de la época, un renombre universal.

Es interminable la sucesión de personalidades señaladas por la devoción a Santa María de Montserrat. Los santos la visitan en su santuario: San Juan de Mata, San Pedro Nolasco, San Raimundo de Peñafort, San Vicente Ferrer, San Luis Gonzaga, San Francisco de Borja, San José de Calasanz, San Benito Labre, el Beato Diego de Cádiz, San Antonio María Claret, y sobre todo San Ignacio de Loyola, convertido en capitán del espíritu a los pies de la Virgen negra. Los monarcas y los poderosos suben también a honrarla en su montaña: después del paso de todos los reyes de la corona catalano-aragonesa, con sus dignatarios y con sus casas nobles, el emperador Carlos V visita Montserrat no menos de nueve veces y Felipe II, igualmente devoto de Santa María, se complace en la conversación con sus monjes y sus ermitaños. Es conocida la muerte de ambos monarcas sosteniendo en su mano vacilante la vela bendecida de Nuestra Señora de Montserrat. Los papas se sienten atraídos por la fama de los milagros y el fervor de las multitudes y colman de privilegios al santuario y a su Cofradía. Esa agrupación devota, instituida ya en el siglo XIII para prolongar con sus vínculos espirituales la permanencia de los fieles en Montserrat, constituye uno de los principales medios para la difusión del culto a la Virgen negra de la montaña, hasta llegar a la recobrada pujanza de nuestros días. Las más diversas poblaciones tienen actualmente sus iglesias, capillas o altares dedicados a Nuestra Señora de Montserrat, desde Roma a Manila o Tokio, por ejemplo, pasando al azar por París, Lourdes, Buenos Aires, Jerusalén, Bombay, Nueva York, Florencia, Tánger, Praga, Montevideo o Viena. Los poetas y literatos de todos los tiempos forman también en la sucesión de devotos de Santa María de Montserrat: Alfonso el Sabio la dedica varias cantigas, el canciller de Ayala, Cervantes, Lope de Vega, Goethe, Schiller, Mistral, con los escritores catalanes en su totalidad, cantan las glorias de la Moreneta, de su santuario, de su montaña. Familias distinguidas y humildes devotos se honran en ofrecer sus donativos a la Virgen, para sostener la tradicional magnificencia de su culto, atendido desde los orígenes por los monjes benedictinos, y para cooperar al crecimiento y esplendor de la devoción. Es ésta una bella constante de la historia de Montserrat, desde las antiguas donaciones consignadas en los documentos más primitivos, pasando por el trono de catorce arrobas de plata ofrendado por la familia de los Cardona y el retablo policromado del altar mayor que costeó la munificencia de Felipe II, hasta el trono y la campana mayor de nuestros días, sufragados por fervorosa suscripción popular. También las familias devotas de todas las épocas han tenido un verdadero honor en que sus hijos consagraran los años de la niñez al servicio de Santa María, encuadrados en la famosa Escolanía o agrupación de niños cantores consagrados al culto, importante asimismo por la escuela tradicional de canto y composición que forman sus maestros, existente ya con seguridad en el siglo XIII y probablemente tan antigua como el santuario. Con sus actuaciones musicales, siempre tan admiradas, en la liturgia de Montserrat esos niños constituyen una de las notas más típicas e inseparables de la devoción a la Virgen negra, a cuya imagen aparecen íntimamente unidos en la realidad de su propia vida como en el sencillo simbolismo de las antiguas estampas y las modernas pinturas de Nuestra Señora de Montserrat.

A lo largo de más de mil años de historia, en el despliegue de un conjunto tan singular como el que forma la montaña con la ermita inicial, con el santuario y con el monasterio, la Santísima Virgen, en su advocación de Montserrat, ha recibido el culto de las generaciones y ha dispensado sus gracias, sensibles o tal vez ocultas, a quienes la han invocado con fervor. Hoy como nunca suben numerosas multitudes a Montserrat. Peregrinos en su mayoría, pero también no pocos movidos por respetuosa curiosidad. El lugar exige un viaje ex profeso, pero las estadísticas hablan de cifras que cada vez se acercan más al millón anual y que en un solo día pueden redondear fácilmente los diez o doce mil, con un porcentaje siempre acentuado de visitantes extranjeros. En Montserrat encuentran una montaña sorprendente, maravillosa por su configuración peculiar. Encuentran un santuario que les ofrece ciertos tesoros artísticos y humildes valores de espiritualidad humana y sobrenatural. Encuentran la magnificencia del culto litúrgico de la Iglesia, servido por una comunidad de más de ciento cincuenta monjes que consagran su vida a la búsqueda de Dios, a la asistencia de los mismos fieles, a la labor científica y cultural, a los trabajos artísticos. Hijos de San Benito, esos monjes oran, trabajan y se santifican santificando, esforzándose por corresponder a las justas exigencias del pueblo fiel, que confía en su intercesión y busca en ellos una orientación para la vida espiritual y también humana. Por su unión íntima con el monasterio, en fin, el santuario aparece caracterizado como el santuario del culto solemne, del canto de los monjes y especialmente de los niños; pero sobre todo como el santuario de la participación viva de los fieles en la liturgia, o, resumiendo la idea con frase expresiva, como el santuario del misal.

Todo esto encuentra el peregrino en Montserrat. Pero por encima de todas esas manifestaciones, y en el fondo de todas ellas, encuentra a la Santísima Virgen, la cual, como en tantos otros lugares de la tierra, aunque siempre con un matiz particular y distinto, ha querido hacerse presente en Montserrat.

En 1881 fue coronada canónicamente la imagen de Nuestra Señora de Montserrat. Era la primera en España que recibía esta distinción. El mismo León XIII la señalaba como Patrona de las diócesis catalanas y concedía a su culto una especial solemnidad con misa y oficio propios. Hasta entonces la fiesta principal del santuario había sido la de la Natividad de Nuestra Señora, el 8 de septiembre. En realidad, esta solemne fiesta no debía perder su tradicional significación. Todavía hoy conserva su carácter como de fiesta mayor, popular, del santuario. Pero una nueva festividad, con característica de patronal, venía a honrar expresamente a la Santísima Virgen en su advocación de Montserrat. Es la fiesta que no puede dejar de celebrar hoy todo buen devoto de la Virgen negra. Situada al principio como fiesta variable en el mes de abril, después de una breve fluctuación quedó fijada para el día 27. El misterio que la preside es el de la Visitación. En verdad, la Santísima Virgen visita en la montaña a los que acuden a venerarla y, como pide la oración de la solemnidad, les dispone para llegar a la Montaña que es Jesucristo.

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Oraciones a Nuestra Señora de Montserrat

¡Qué consuelo saber que tu Corazón está siempre abierto
para quienes recurren a ti!

Confiamos a tu tierno cuidado e intercesión a nuestros seres queridos
y a todos los que se sienten enfermos, solos o heridos.

Ayúdanos, Santa Madre, a llevar nuestras cargas en esta vida
hasta que lleguemos a participar de la gloria eterna y la paz con Dios.

Amén.

Nuestra Señora de Montserrat, ruega por nosotros.

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Oh Madre Santa, Corazón de amor, Corazón de misericordia,
que siempre nos escucha y consuela, atiende a nuestras súplicas.

Como hijos tuyos, imploramos tu intercesión ante tu Hijo Jesús.

Recibe con comprensión y compasión las peticiones
que hoy te presentamos, especialmente 
[se hace la petición]. Amén.

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Otros recursos en la web

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Recursos audiovisuales

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San Marcos, evangelista

San Marcos, evangelista

«Yo creo en el testimonio
 de un hombre que se deja degollar
 por la verdad de lo que atestigua».

Blas Pascal

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Resulta interesante y consolador reconstruir, a través de los datos consignados por San Lucas en los Hechos de los Apóstoles, el desarrollo de las primitivas comunidades cristianas.

La de Jerusalén, que fue la primera —fundada el mismo día de Pentecostés con los «casi tres mil» convertidos por el primer sermón de San Pedro—, tenía varios centros de reunión, de los cuales tal vez el principal era «la casa de María».

Vivía esta buena mujer —acaso viuda, pues su marido no se nombra nunca— en una casa espaciosa y bien amueblada, que, según todas las probabilidades y los testimonios de la antigüedad, fue donde celebró Jesús la última Cena, donde se reunieron los discípulos después de la muerte del Señor y de su ascensión, y donde tuvo lugar la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Acaso era suyo también el huerto de Getsemaní —»Molino de aceite»—, en el monte de los Olivos, donde el Señor acostumbraba a pasar las noches en oración cuando moraba en Jerusalén.

Era la de María una familia levítica. Su marido había sido sacerdote del templo de Jerusalén. Su hijo, según la costumbre helenista, llevaba dos nombres: judío el uno y romano el otro. Se llamaba Juan Marcos.

Juan Marcos era muy niño cuando Jesús predicaba y tenía relaciones con sus padres. La noche del prendimiento dormía tranquilamente en la casita de campo de Getsemaní. Le despertó el ruido de las armas y el tropel de las gentes que llevaban preso a Jesús, y, envuelto en una sábana, salió a curiosear. Los soldados le echaron mano. Pero él logró desenredarse de la sábana y huyó desnudo.

Después de Pentecostés siguió siendo la casa de María el centro de reunión más frecuentado por los apóstoles y acaso la morada habitual de San Pedro. Allí se hizo la elección de San Matías, allí se celebraba la «fracción del pan», allí hacían entrega de sus haberes los nuevos convertidos para que los apóstoles al principio, y más tarde los diáconos, los distribuyesen entre los pobres.

Uno de los primeros bautizados por San Pedro fue Juan Marcos, el hijo de María, la dueña de la casa.

El niño Juan Marcos del año 30 era ya un hombre cuando el año 44 decidió marcharse con su primo José Bar Nabu’ah a la ciudad del Orontes.

Era José hijo de una familia levítica establecida en Chipre y primo carnal de Marcos. Sus padres le enviaron a Jerusalén a los quince años para que estudiara las Escrituras a los pies de Gamaliel, como Saulo, y acaso al mismo tiempo que éste. Era natural que se hospedara en la casa de su tía. Allí le sorprendieron los acontecimientos que dieron lugar a la fundación de la Iglesia cristiana. José creyó desde el principio y quién sabe si hasta siguió al Maestro en alguna de sus correrías. Los apóstoles aprovecharon muy pronto para la catequesis entre los judíos su gran conocimiento de la Ley, y, visto su celo en el desempeño de su ministerio, le apellidaron Bernabé —»Bar Nabu’ah»—, el hijo de la consolación o de la profecía, el hombre de la palabra dulce e insinuante.

En los comienzos de la fe en Antioquía fue enviado allí para predicar, y allá reclamó la ayuda de su antiguo condiscípulo, ya convertido, Saulo.

Ahora, por los años 42 al 44, ante las profecías insistentes que preanunciaban una grande hambre en Palestina, los fieles antioquenos habían hecho una colecta para los de Jerusalén, y Bernabé y Saulo habían venido a traerla. Se hospedaron, como era natural, en casa de María.

Cuando, cumplida su misión, volvieron a Antioquía se fue con ellos Juan Marcos.

Un día el Espíritu Santo pidió que Saulo y Bernabé emprendieran un viaje de misión. Juan Marcos no acierta a separarse de su primo, y marcha con Bernabé.

Acaso por iniciativa de éste, explicable por su afecto hacia la patria chica, se dirigen a Chipre. Atraviesan la isla de Salamina a Pafo, bautizando, entre otros, al procónsul Sergio Paulo, y reembarcan hacia las costas de Panfilia.

A la vista del país escabroso e inhóspito que atravesaban, Juan Marcos se acobardó. Acaso en el camino que separaba Attalía de Perge sufrieron por parte de las bandas famosas de esclavos fugitivos que infestaban los montes de Pisidia lo que San Pablo llamarla más tarde, en su carta segunda a los corintios, «peligros de los ladrones», «peligros de los caminos» o «peligros de la soledad». Sobre todo pesaba mucho en el corazón aún tierno de Marcos el recuerdo de su madre. Y desde Perge, sin escuchar las razones de sus decididos compañeros, se volvió a Jerusalén.

Cuando el año 49 Pablo v Bernabé, a la vuelta de su primera misión, hubieron de subir a Jerusalén para resolver en el primer Concilio apostólico la cuestión de los judaizantes, volvieron, sin duda, a la casa de María. Juan Marcos estaba pesaroso de no haberlos acompañado y escuchaba con envidia la relación de sus aventuras apostólicas.

Bajó de nuevo con ellos a Antioquía.

A los pocos días —escribe San Lucas en los Hechos de los Apóstoles— le dijo Pablo a Bernabé: «Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en las que hemos predicado la palabra del Señor, y a ver qué tal les va.»

Bernabé quería llevar consigo también a Juan, llamado Marcos; pero Pablo juzgaba que no debían llevarlo, por cuanto (en el primer viaje) los había dejado desde Panfilia y no había ido con ellos a la obra.

Se produjo cierto disentimiento entre ellos, de suerte que se separaron uno de otro, y Bernabé, tomando consigo a Marcos, se embarcó para Chipre, mientras que Pablo, llevando consigo a Silas, partió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor» (Act. 15,36-40).

Aquí terminan los datos que sobre la vida del evangelista nos refieren los Hechos de los Apóstoles.

No sabemos cuánto duró este segundo viaje que San Marcos hizo en compañía de su primo Bernabé. Poco debió de durar, porque la tradición posterior nada nos dice de él, y, en cambio, todos los testimonios antiguos nos hablan de su ministerio en compañía de Pedro.

A raíz del concilio de Jerusalén bajó San Pedro a Antioquía, y, al parecer, se hizo cargo del gobierno de aquella comunidad. Al regreso del viaje segundo con Bernabé, San Marcos debió marchar a Roma con San Pedro, que —no sabemos cuándo, pero ciertamente entre el 50 y el 60— llegó a la capital del Imperio.

En Roma se hallaba San Marcos cuando en la primavera del año 61 llegó San Pablo, custodiado por el centurión Julio, a presentar su apelación al César.

Para estas fechas había ya escrito su Evangelio, que es el segundo de los cuatro admitidos por la Iglesia. Un día en que Pedro exponía la catequesis cristiana en casa del senador Pudente —padre de Santa Pudenciana y Santa Práxedes— ante un selecto auditorio de caballeros romanos, pidiéronle éstos a Marcos que, pues llevaba muchos años en compañía de San Pedro y se sabía muy bien sus explicaciones, se las escribiera para poder ellos conservarlas y repasarlas en casa. No quiso hacerlo Juan Marcos sin contar antes con el apóstol; mas éste —según el testimonio de San Clemente Alejandrino, que nos ha conservado estos datos— ni lo aprobó ni se opuso. Más tarde, cuando vio el Evangelio redactado por San Marcos, recomendó su lectura en las iglesias, según refiere Eusebio.

Este sencillo episodio nos demuestra la mentalidad de los apóstoles sobre la Escritura como fuente de revelación. Sabido es que los protestantes afirman ser la Sagrada Escritura la única fuente en la que se contiene la doctrina revelada, y rechazan bajo este aspecto la tradición de la Iglesia. Olvidan que Cristo no escribió nada y que los Evangelios no contienen todo lo que Cristo hizo y enseñó. Por la misma fuente que ellos admiten se les convence fácilmente de su error. Es el propio San Juan quien nos asegura:

«Muchas otras cosas hizo Jesús, las cuales, si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros.»

En la predicación era otra cosa. Un día este tema y otro día otro, unas cosas este apóstol y otras aquél, es seguro que entre todos no dejaron de transmitir ni una sola de las enseñanzas que del Maestro recibieron. La mayoría de ellos no escribieron nada. Los que lo hicieron, lo hicieron ocasionalmente, como en las Epístolas, o fragmentariamente, como en los Evangelios.

El episodio de San Pedro y San Marcos demuestra que la preocupación fundamental de los apóstoles y el medio en que todos pensaron principalmente para la transmisión de sus enseñanzas fue la predicación oral. A través de ella, y por tradición, se han conservado en la Iglesia muchas cosas que no hallamos consignadas en las Santas Escrituras. Y, consiguientemente, estamos en lo cierto los católicos al admitir, contra los protestantes, como doble fuente de revelación la Escritura y la Tradición.

Un resumen de la predicación catequística de San Pedro es el Evangelio de San Marcos. Quizá por eso —y no porque sirviera al apóstol de intermediario para entenderse con los romanos— le llamaron San Papías y San Ireneo, y con ellos toda la tradición posterior, «el intérprete de Pedro».

De la estancia de San Marcos en Roma y de sus ulteriores viajes sabemos muy poco. En Roma seguía cuando, hacia el año 62, San Pablo enviaba recuerdos de él a los colosenses (4,10) y a Filemón (24), anunciándoles el próximo viaje de San Marcos a Colosas. Y en Efeso se encontraba hacia el 67, cuando el mismo San Pablo, cautivo por segunda vez, escribía la última carta a Timoteo, rogándole se viniese a Roma con Marcos, cuyos servicios echaba de menos.

Se le atribuye la fundación de la Iglesia de Alejandría.

La leyenda de las Actas apócrifas de Bernabé y de Marcos, recogida por Simón de Metafraste, sabe detalles muy curiosos de esta misión.

Al entrar San Marcos en la aldea de Mendión, muy próxima a Alejandría, se le descosió milagrosamente una sandalia.

 —Esto quiere decir —exclamó— que el camino que llevo está expedito y me será muy fácil.

Llegóse al tugurio de un modesto remendón y le rogó que le cosiera la sandalia. El zapatero se atravesó involuntariamente con la lezna la mano y por toda queja dijo:

—No hay mas que un Dios.

Marcos oró al Señor y curó milagrosamente la mano del remendón, que inmediatamente se bautizó con toda su familia.

Tras largo tiempo de predicación muy fructuosa le sobrevino la persecución y el martirio.

Aquel año coincidió el domingo de Pascua con la Fiesta de Serápides en el 24 de abril, que los egipcios llamaban Farmuti. Los paganos, enfurecidos por los éxitos del evangelista, que estaba dejando vacíos sus templos, creyeron prestar un servicio a su diosa si en el día de su fiesta se deshacían de él. Prendiéronle por la noche. mientras celebraba los divinos oficios, y, atándole al cuello una soga, le llevaron a la cárcel, mientras entre danzas lascivas y gestos de borrachos clamaban a coro:

—¡Llevemos este búfalo al abrevadero!

Allí pasó la noche, y fue recreado con una visión de Jesús, que le animaba al martirio.

Cuando a la mañana siguiente le llevaban, igualmente con la soga al cuello, al lugar del suplicio, entregó su alma a Dios, repitiendo las palabras del Maestro en la Cruz:

—En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

Era —termina Simón Metafraste— el mes que los egipcios llaman Farmuti y los judíos Nisán, el día séptimo antes de las calendas de mayo, según cuentan los romanos, esto es, el 25 de abril, bajo el emperador Claudio Nerón César, aunque… para nosotros, los cristianos, mejor seria decir: Reinando Nuestro Señor Jesucristo, de quien es toda gloria e imperio, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Guía para vivir el Año Santo de la Misericordia junto al Papa Francisco: Abril 2016

Guía para vivir el Año Santo de la Misericordia junto al Papa Francisco: Abril 2016

Nos será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor… La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer… 

firmafrancisco

(Misericordiae Vultus, 20)

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Dios va más allá de la justicia, con la misericordia y el perdón

Escuchamos al Papa Francisco

Nos será inútil en este contexto recordar la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor… La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer… Si Dios se detuviera en la justicia, dejaría de ser Dios; sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta, y la experiencia enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla. Por esto, Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia… Esta justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo, entonces, es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo, porque nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.

Misericordiae Vultus, 20

¡Qué grandes son tus obras, Señor, qué profundos tus designios!

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Escuchamos la Palabra de Dios

Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Pero cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí; ofrecían sacrificios a los Baales y quemaban incienso a los ídolos. ¡Y yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! Pero ellos no reconocieron que yo los cuidaba. Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer. Efraím volverá a Egipto y Asiria será su rey, porque rehusaron volver a mí. La espada hará estragos en sus ciudades, destrozará los barrotes de sus puertas y los devorará a causa de sus intrigas. Mi pueblo está aferrado a su apostasía: se los llama hacia lo alto, pero ni uno solo se levanta. ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? ¿Cómo voy a entregarte, Israel? ¿Cómo voy a tratarte como a Admá o a dejarte igual que Seboím? Mi corazón se convulsiona dentro de mí, y al mismo tiempo se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraín, porque soy Dios, no un hombre; el Santo en medio de ti y no es mi deseo aniquilar…

Oseas 11, 1-9

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Un salmo para alabar

A cada estrofa del salmo repetimos:

¡Qué grandes son tus obras, Señor, qué profundos tus designios!

Es bueno dar gracias al Señor,
y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre;
proclamar tu amor de madrugada,
y tu fidelidad en las vigilias de la noche,
con el arpa de diez cuerdas y la lira,
con música de cítara.

Tú me alegras, Señor, con tus acciones,
cantaré jubiloso por la obra de tus manos.
El hombre insensato no conoce
y el necio no entiende estas cosas.

El justo florecerá como la palmera,
crecerá como los cedros del Líbano:
trasplantado en la Casa del Señor,
florecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez seguirá dando frutos,
se mantendrá fresco y frondoso,
para proclamar qué justo es el Señor, mi Roca,
en quien no existe la maldad.

Salmo 92

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Para reflexionar y/o compartir en grupo

  1. Pensamos en situaciones en nuestras vidas en las que reclamamos justicia o que percibimos que fueron muy injustos con nosotros. ¿Qué sentimos en dichos momentos? Realizamos una pequeña lista. La compartimos en grupos de a cuatro.
  2. ¿En qué situaciones consideramos que el perdón sería superador de la justicia? Pensemos ejemplos concretos. 
  3. Compartimos lo que nos sugiere la frase del Papa Francisco: “La justicia de Dios es su perdón”.
  4. ¿Creemos que es posible compatibilizar justicia con misericordia? ¿De qué manera? 
  5. ¿Qué nos enseñó Jesús al respecto? ¿En qué episodios evangélicos Jesús nos mostró que es posible entender que la misericordia va más allá de la justicia?

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Intenciones

A cada intención respondemos: ¡Señor de la Paciencia, te rogamos que conviertas nuestro corazón de piedra en un corazón sensible!

  • Protege al el Papa Francisco y haz que su testimonio valiente de la Misericordia de Dios sirva de unión entre todos los pueblos. Oremos… 
  • Te pedimos que la misericordia sea la regla de vida de todos los discípulos de Jesús, reunidos en su Iglesia. Oremos… 
  • Enséñanos a ser justos, pero sobre todo, ayúdanos a ser misericordiosos con nuestros hermanos. Oremos… 
  • Padre, te suplicamos que salves nuestras almas, liberándolas de todas nuestras limitaciones, para que los frutos de nuestras obras sean manifestaciones de tu amor. Oremos… 
  • Te pedimos que cambies nuestras decisiones egoístas, nuestra arrogancia, nuestra tristeza y toda huella negativa que se encuentre en nuestro interior. Oremos… 
  • Te pedimos perdón por todos los aquellos a quienes hemos herido, para que por la intercesión de Jesús Misericordioso, nos ayudes a reconciliarnos con ellos y sanar sus heridas. Oremos…

Agregamos nuestras intenciones personales y comunitarias…

Rezamos un Padrenuestro, un Avemaría y el Gloria.

Repetimos con convicción la advocación: ¡Jesús, en vos confío!  ¡Jesús, en vos confío!  ¡Jesús, en vos confío!

Oración: : Señor de la Paciencia, por el don de tu gracia, abres las puertas de nuestro corazón, para que podamos experimentar tu consuelo y perdón. Te rogamos que nos ayudes a ser misericordiosos con nuestros hermanos y que, por el don de la fe en Jesús, nos traigas la Salvación. ¡Por tu gran misericordia, perdona nuestras faltas y ayúdanos a vivir conforme a tu Palabra! Te lo pedimos a Ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!

Señal de la Cruz

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Compromiso personal del mes

Este mes de abril voy a reconciliarme con aquel familiar o amigo que hace tiempo que estoy distanciado. También podré consolar a aquel prójimo que está triste, angustiado o deprimido u otro compromiso similar…

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Para memorizar y rezar durante el mes 

¡María de Guadalupe, ayúdanos a ir más allá de la justicia, con la misericordia y el perdón!

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La misericordia en los santos

Senta Teresita del Niño JesúsSanta Teresita del Niño Jesús (1873-1897). Jesús hace dulce hasta lo más amargo.

Cuenta la misma Santa Teresita: “Un día, en la recreación, me dijo con aire muy satisfecho más o menos estas palabras:-¿Querría decirme, hermana Teresa del Niño Jesús, qué es lo que la atrae tanto en mí? Siempre que me mira, la veo sonreír. ¡Ay!, lo que me atraía era Jesús, escondido en el fondo de su alma… Jesús, que hace dulce hasta lo más amargo… Le respondí que sonreía porque me alegraba verla (por supuesto que no añadí que era bajo un punto de vista espiritual).”

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Un cuento para pensar

El herido y el capellán

Cuentan que un capellán, se aproximó a un herido en medio del fragor de la batalla y le preguntó:

–¿Quieres que te lea la Biblia?

–Primero dame agua que tengo sed, dijo el herido.

El capellán le convidó el último trago de su cantimplora, aunque sabía que no había más agua en kilómetros a la redonda.

–¿Ahora? –preguntó nuevamente el capellán.

–Primero dame de comer, suplicó el herido.

El capellán le dio el último mendrugo de pan que atesoraba en su mochila.

–Tengo frío, fue el siguiente clamor, y el hombre de Dios se despojó de su abrigo de campaña, pese al frío que calaba los huesos y cubrió al lesionado.

–Ahora sí –le dijo al capellán.  Háblame de ese Dios que te hizo darme tu último sorbo de agua, tu último mendrugo y tu único abrigo.  ¡Quiero conocerlo en su bondad…!

Adaptación – Autor desconocido

Para disfrutar del buen cine


TÍTULO EN CASTELLANO

ORIGEN

DIRECTOR

PROTAGONISTAS

Título Original / Otro Título

AÑO

DURACIÓN

GÉNERO

CALIFICACIÓN

ROMERO

USA

John Duigan

Richard Jordan / Raul Juliá

Romero, el santo del pueblo

1989

100 min

Testimonial

SAM 14

Sonata para un hombre bueno

alemania

F. Gallenberger

Ulrich Tukur / Daniel Brühl

John Rabe

2009

134 min

draM BIOGRAF

SAM 13

Romero.  Narra la vida de Mons. Oscar Romero (Raul Juliá), arzobispo del Salvador, que se dedicó trabajar por los más pobres, a criticar la desigualdad social y a la defensa de los derechos humanos.  Mons. Romero murió asesinado, en el año 1980; precisamente, en el momento que celebraba Misa del Domingo de Ramos, como un signo preclaro de quienes entregan sus vidas a los demás y a la causa del Evangelio.

Sonata para un hombre bueno.  Basada en hechos reales, durante la invasión japonesa a China (1937-1938).  John Rabe (Ulrich Tukur) era un empresario alemán exitoso radicado en China.  Tras la invasión de China, arriesgando su vida, sus posesiones y su prestigio, libró de la muerte a más de 200.000 chinos durante la masacre de Nanking.  Su acción decidida en defensa de toda vida humana, nos muestra cómo podemos alcanzar la justicia y el perdón a través de la misericordia.

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El Señor de La Salle – Película

El Señor de La Salle – Película

La grandeza del apostolado y la visión cristiana de educador de san Juan Bautista de la Salle, conservan toda su actualidad para el mundo de hoy. Su carisma, alimentado por la contemplación asidua de Dios, Creador y Salvador, y vivido según el ideal religioso de una existencia consagrada al Señor en una vida comunitaria y fraterna, muestra que educar, enseñar y evangelizar forman un todo. La educación queda incompleta si no lleva al aprendizaje del respeto a la vida y a la libertad, del servicio a la verdad y del deseo de entrega de sí. Al anunciar el Evangelio en las escuelas, objetivo de vuestro apostolado, os dedicáis a formar a cada hombre, a formar al hombre integral.

San Juan Pablo II

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Ficha en IMDb

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Ficha cinematográfica

Tíulo: El Señor de La Salle

País: España

Año: 1964

Género: Historica

Duración: 138 min

Dirección: Luis Cesar Amadori

Producción: Tulio Demicheli

Guión: Luis César Amadori

Música: Gregorio Garcia Segura

Fotografía: Antonio Macasoli

Reparto: Mel Ferrer, Manuel Alexandre, Tomás Blanco, José María Caffarel, Roberto Camardiel, Carlos Casaravilla, Antonio Casas, Antonio Ferrandis, Fernando Rey, Alfredo Mayo.

San Juan Bautista de La Salle, con recursos audiovisuales

San Juan Bautista de La Salle, con recursos audiovisuales

Con su talento pedagógico, san Juan Bautista de la Salle fue un ilustre pionero de la educación popular de niños y jóvenes. Como verdadero apóstol, supo servir a los niños que acudían a sus escuelas, dedicándose principalmente a formar a sus maestros. Esta intuición sigue siendo fundamental también hoy, pues pone de manifiesto que la educación supone, por una parte, la transmisión de los valores humanos y cristianos, y, por otra, el testimonio de adultos que muestren a los jóvenes lo que es una vida hermosa y equilibrada. Por tanto, la educación, más que un oficio, es una misión, que consiste en ayudar a cada persona a reconocer lo que tiene de irreemplazable y único, para que crezca y se desarrolle. Al proclamar a vuestro fundador patrono de todos los educadores de la infancia y de la juventud, la Iglesia lo propone como modelo y ejemplo a imitar por todos los que tienen una tarea educativa, invitándolos a dar muestras de creatividad, paciencia y entrega, y a discernir las necesidades de los jóvenes, respondiendo así a sus aspiraciones profundas.

Beato Juan Pablo II.

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San Juan Bautista De La Salle, es el Fundador de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y Patrono Universal de de los Maestros Cristianos. Nació en Reims, Francia, el 30 de abril de 1651. Sus padres Luis De La Salle y Nicole Moet, le brindaron a Él y a sus 6 hermanos una educación fundamentada en valores cristianos.

Ingresó al Seminario de San Sulpicio a los 10 años; a los 16 años, recibió la Canonjía de la Catedral de Reims, título que se le otorgaba a las personas que pertenecían a las clases más privilegiadas.

Se ordenó como Sacerdote el 9 de abril de 1678 y recibió el título de Doctor en Teología en 1680.

Fue una persona que siempre se preocupó por la educación de los más necesitados, sustentando que la formación recibida en los primeros años de vida, era la que marcaba la existencia del ser humano.

El 24 de junio de 1684 dio inicio a la Congregación de los Hermanos de las escuelas Cristianas, posesionándose como el pionero en la implementación de Escuelas de Formación de Maestros Rurales, Escuelas especiales para jóvenes con condenas judiciales, Escuelas técnicas y Escuelas secundarias para letras y ciencias.

Murió en Ruán, Francia el 7 de abril de 1719; fue canonizado en 1900 por el Papa León XIII y el 15 de mayo de 1950, el Papa Pío XII lo proclamó Celestial Patrono de los Maestros Cristianos del mundo; y en su honor, el 15 de mayo de 1950 fue declarado el día del Educador en Colombia.

Su obra está proyectada en 86 naciones, las cuales dan fe de la importante labor educativa de nuestro Fundador. La Educación Lasallista es reconocida en las esferas nacionales e internacionales por su excelente Calidad y por ayudar al ser humano a hacer y vivir su propio proyecto de vida.

La Iglesia proclamó a San Juan Bautista De la Salle Patrono Universal de los maestros cristianos el 15 de mayo de 1950, reconociéndole de una forma aún más solemne y general su carisma educativo, por los frutos recibidos durante tres siglos y resaltando la importancia de poner a los educadores bajo el patrocinio de un pedagogo brillante y santo.

En los albores del Siglo XXI el Fundador continúa siendo un referente para los educadores; gracias a la invención de un estilo educativo que en su esencia mantiene vigencia y que mediante su carisma es capaz de dar respuesta a muchos jóvenes que quieren trabajar en beneficio de las clases pobres y en favor de la justicia.

Hoy tenemos claro que San Juan Bautista De La Salle no es propiedad privada de los Hermanos. Su Carisma es un don del Espíritu Santo a toda la Iglesia y por eso se ha convertido en Padre Espiritual de religiosos, religiosas, sacerdotes y seglares que se inspiran en su estilo de vivir el Evangelio. Esto lo sintetiza muy bien la Regla de 1986 cuando afirma: «Los dones espirituales que la Iglesia ha recibido en San Juan Bautista De La Salle desbordan el marco del Instituto que fundó».

Enlace al artículo original en delasalle.edu.co.

Obras completas de san Juan Bautista de La Salle.

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